No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

miércoles 4 de enero de 2012

The Organ (2/2)


Johan comenzó a caminar por delante de ella, hacia el ala este de la planta baja. Se detuvo frente a la única puerta doble del interior de la casa. El relieve dibujado en esta le llamó la atención a la soprano: representaba un ángel femenino con las alas extendidas y cuyo rostro carecía de ojos. Una mordaza cubría su boca. Christine quedó impresionada.

-         ¿Me estás llevando a tus mazmorras? ¿Antes de invitarme a una copa, siquiera? –  dijo.

Johan la miró con una sonrisa y le guiñó un ojo.

-         Algo así.

Sacó de su bolsillo una llave larga de cobre y la introdujo en la cerradura, que quedaba a la altura del vientre del ángel del relieve. Y lo que ocultaban aquellas puertas hizo que Christine se sobrecogiera.

Las puertas se abrieron a una estancia amplia, más larga que ancha, y con el techo alto, casi a la altura del del hall. Al contrario de la entrada, el suelo de esta cámara era de mármol gris, a excepción del camino que llevaba desde las puertas al fondo, que era de cuadros de mármol blancos y negros y estaba flanqueado por sendas filigranas doradas. Este camino llegaba hasta un órgano, tan grande como el propio de una catedral gótica, con una banqueta de madera frente a él tapizada con terciopelo granate. Sin embargo, los típicos tubos de metal que emergen sobre sus teclas para emitir el sonido se angulaban hasta alcanzar las paredes laterales de la habitación, hundiéndose en éstas. En cada una de dichas paredes un total de 4 columnas sostenían el techo. Y en todas había esculpido un cuerpo con rasgos femeninos, que daba la impresión de querer escapar desesperadamente del pilar de roca fluida. Su rostro, al igual que el de la puerta, no tenía ojos, pero tampoco cabellos, y su boca estaba abierta en una mueca que cabalgaba entre el dolor, la tristeza y la furia. Y sobre el cuerpo principal del órgano, esculpido donde se abrían los tubos de metal, un ángel similar al del relieve de las puertas pero sin mordaza, parecía entonar una nota musical sorda con los brazos abiertos a sus compañeras de los pilares. Aquella imponente figura parecía dirigir aquel singular coro. Daba la sensación de que mantenía atrapadas a las desgraciadas esculturas. Parecía ser la fuente de su dolor.

Christine se llevó una mano a la boca, atónita, mientras se adentraba en la cámara. Examinaba con detenimiento las expresiones de los cuerpos de las columnas, despacio, temiendo que el sonido  del eco de sus pasos las turbara. Finalmente, se detuvo al fondo, frente al ángel, enmudecida por su escalofriante majestuosidad. La piel de la soprano se erizó.

-         Esto es… es increíble…

-         Aun no has visto lo mejor – dijo Johan.

Dicho esto se sentó en la banqueta y la miró mientras hacía el ademán de crujirse los dedos riéndose.

Comenzó a tocar una pieza muy conocida: la segunda aria de La Reina de la Noche, posiblemente la pieza más conocida de la ópera de Mozart La flauta mágica. Pero era extraño. En lugar de oir el sonido de un órgano, aquel instrumeno sonaba con voces femeninas. Cada nota parecía sonar desde la boca de cada uno de los cuerpos de piedra que emergían de las columnas. La segunda aria de la Reina de la Noche era conocida por ser terriblemente difícil de cantar para una soprano. Las pocas que lo consiguen se denominan “de coloratura”, capaces de cambiar de nota con su voz a una velocidad pasmosa. Pero en aquel momento parecía que cada una de las mujeres de piedra esculpida de aquella sala se hubieran puesto de acuerdo para cantar aquella pieza. Christine continuaba enmudecida con el asombro. Su ensimismamiento terminó cuando Johan, repentinamente, se detuvo y chasqueó la lengua.

-         Fallan los agudos más altos… ¿Probamos con algo más grave?

La soprano no dijo nada.

Johan entonces comenzó a tocar otra pieza muy conocida: la sonata Claro de Luna, de Beethoven. Su comienzo, lento y lúgubre, sobrecogió a Christine, inundando su mente con un terror tan primitivo como irracional. Aquella sala, de paredes lisas y brillantes. Aquellas notas, de voces fantasmagóricas. Aquellas estatuas, como espectros atrapados entre dos mundos. Un hombre, prácticamente desconocido, decidido a transportarla con aquella hipnótica melodía a un lugar que parecía encontrarse entre la vida y la muerte. Aquella atmósfera parecía estar llamándola, y podría decirse que el macabro espectáculo que estaba presenciando resultaba extrañamente hermoso y atractivo. Tal vez fuera eso lo que más la aterraba.

Su pecho comenzó a acelerarse, a medida que la música continuaba y el siniestro coro entonaba su cantar. Christine era una mujer con los pies en la tierra. Sabía que, pensándolo detenidamente, no había nada que temer en aquella sala, que no había nada que fuera a hacerle daño al oír aquella sonata. Sin embargo un miedo imposible de explicar, comparable al de la más común de las fobias, la embargaba hasta el punto de necesitar salir de allí. Afortunadamente para ella, esto no pasó desapercibido para Johan.

-         ¿Christine? – dijo, dejando de tocar.

-         Yo…  – balbuceó con voz queda – Por favor, quisiera… salir de aquí.

-         Por supuesto – respondió al instante, contrariado – ¿Te ocurre algo?

-         ¿Qué es este lugar? – dijo ella una vez hubieron salido. Su respiración aun era agitada.

-         Lo mandó construir mi padre hace décadas – contestó Johan –, obsesionado con su pasión por la voz de una soprano que le encandiló.

Johan hizo una seña a su mayordomo, que instantes después volvió con una pequeña bandeja de plata con dos copas de champagne. La depositó en una mesa cercana y se retiró.

-         ¿Pero cómo…?

-         Mi padre siempre me contaba un cuento por las noches. Me decía que el ángel del órgano era mi madre, que falleció cuando me dio a luz a mí. Me contó que su amor por ella era tal que consiguió atrapar su alma en aquel órgano. Mi madre era una soprano con una voz angelical, y por eso se manifestó de la forma que has visto. Pero mi padre me decía que era una mujer caprichosa y altiva, y que atrapó consigo a más almas para que cantaran con ella. Lo hizo, según parece, para poder quedar por encima de ellas por toda la eternidad.

>> Me gustaba pensar que mi madre me cantaba cada vez que mi padre tocaba y gracias a eso desarrollé la misma pasión por la música que mi él. La historia perdió un poco de romanticismo cuando descubrí que realmente no es más que un ingenioso mecanismo diseñado por mi padre. El aire despedido por las teclas del órgano es modulado por un dispositivo que se encuentra en el cuello del ángel. Si te hubieras fijado hubieras visto una pequeña compuerta que se puede abrir. Tengo que revisarlo, has notado que los agudos están empezando a fallar, ¿verdad?

Christine le escuchaba hablar, y el embeleso de oírle hablar sobre la romántica historia de aquel órgano la relajó un poco.

-         Nunca había visto nada así, ha sido… Era fascinante pero… no podía dejar de pensar en que parecían voces de otro mundo.

Johan rió.

-         No quería asustarte. Acepta mis disculpas y un sorbo de buen champagne.

El hombre cogió las dos copas de la bandeja y le ofreció una a la mujer. Ambos las alzaron para brindar.

-         Por que las voces de ultratumba no vuelvan a molestarnos – dijo él con una sonrisa.

-         Serás idiota…  – rió ella.

Tras el brindis, ambos bebieron de sus copas. Varios segundos después, Christine Betancourt cayó muerta al suelo.

Instantes después el mayordomo llegó con una mesa camilla, al tiempo que Johan dejaba su copa en la mesa y alzaba el cuerpo inerte de la soprano. Tras depositarlo en la camilla dijo:

-         Prepáralo todo, Ron.

Johan volvió a la sala del órgano, dirigiéndose con paso resuelto a la estatua del ángel. Apoyándose en el taburete, alcanzó el cuello de la escultura y abrió la pequeña compuerta. Retiró entonces un pequeño compartimiento de su interior y salió de la sala.

En el fondo del hall de su mansión, tras las escaleras, había una puerta oculta, ahora entreabierta pro el mayordomo. Esa puerta se abría a un quirófano pequeño, pero completamente equipado. El mayordomo esperaba a Johan vestido con una bata blanca y con otra igual en sus manos, que ofreció a su amo. Tras ellos, el cuerpo sin vida y desnudo de Christine yacía en una mesa se operaciones.

Johan se preparó y comenzó a operar, mientras el mayordomo se retiraba. Con un bisturí y un pulso propio de su profesión, cortó el cuello de la soprano y seccionó su laringe, extrayendo el segmento que contiene la epiglotis y el aparato fonador. Limpió bien el tejido con suero fisiológico y lo depositó en un pequeño cuenco metálico. Seguidamente tomó el compartimiento que sacó del ángel y lo abrió.

Había en su interior un segmento similar al recién extraído de Christine, pero en peor estado. Con destreza, Johan sustituyó ambos y conectó el de la soprano a los diversos electrodos que contenía el pequeño mecanismo del compartimiento. El total de la operación no llevó más de un par de horas.

Emocionado, Johan volvió a la sala del órgano, agarrando con fuerza el dispositivo que encerraba parte de la garganta de Christine Betancourt. Una vez estuvo de nuevo frente al ángel, lo depositó con delicadeza en su cuello, hasta oír el clic que confirmaba que el mecanismo había encajado. Ronald se encontraba junto al órgano.

Johan comenzó a tocar. De nuevo, eligió la segunda aria de La Reina de la Noche, y escuchó satisfecho cómo cada nota era entonada a la perfección. El coro del órgano entonaba una música extrañamente alegre que contrastaba totalmente con la atrocidad que la había hado vida.

Una vez hubo terminado, el mayordomo habló.

-         He repuesto el suero fisiológico del dispositivo, señor. El mecanismo mantendrá al tejido vivo y funcional durante varios meses más.

-         Excelente, Ronald – dijo Johan mientras se levantaba del taburete –. Vamos al jardín a celebrar el funeral de la señorita Betancourt.

Ambos hombres volvieron al quirófano a recoger el cadáver de Christine con la intención de enterrarlo.

-         Ron, dime – dijo el cirujano de camino al jardín – ¿Cuál es la siguiente ópera interesante de la temporada que viene?

-         Precisamente, señor, va a haber una representación de La flauta mágica aquí, en París, en dos meses. La cantante principal es una joven promesa del canto bello llamada Marine Cerine.

-         ¡Perfecto! Recuerda reservar un palco, ¿quieres?

-         ¿Le mando un ramo de flores de su parte a la señorita Cerine?

-         Tú siempre tan atento, Ronald.

jueves 29 de diciembre de 2011

The Organ (1/2)


La ópera de Madame Butterfly terminó, y el público se alzó de sus butacas de terciopelo rojo para bramar con un atronador aplauso. Los artistas del canto bello se alinearon frente a los oyentes para recibirlo, conmovidos y agasajados en su última actuación de la temporada.

Sin embargo todos ellos sabían, con sana envidia, que ninguno de ellos recibiría más aplausos que la soprano principal de la obra, Christine Betancourt. Bendecida con una voz que acariciaba los sentidos como una sábana de seda, la hermosa cantante había ascendido a la cumbre tras una meteórica carrera. Aristócratas, nobles y melómanos de la gente llana caían a sus pies desde la primera nota sin importar qué opera protagonizara.

Su interpretación impecable se caracterizaba por una empatía total con el personaje a quien poseía. Christine era capaz de contagiarte sus lágrimas o de hacerte sentir el ardiente fulgor de la ira. Y así es como encandiló a Johan Laplace.

Ella no sabía su nombre, pero sabía quién era. Aída en Munich, El Barbero de Sevilla en Madrid. Nueva York, Sydney, Moscú… Después de cada actuación, durante la celebración de los actores, llegado cierto punto de la noche, siempre ocurría lo mismo. El camarero de turno le ofrecía una copa de buen champagne, “de parte del caballero de aquella mesa”. Cada vez que Christine miraba, un apuesto hombre le sonreía desde una mesa cercana al tiempo que levantaba su copa. Ella siempre bebía su copa mientras le devolvía una sonrisa con sorna, para después ignorarle y seguir con la fiesta.

La soprano estaba acostumbrada a gestos así. Se trataba de una mujer muy hermosa, de rasgos orientales por parte de su madre, un largo y liso cabello moreno y una piel fina como la porcelana. Su camerino antes y después de las actuaciones parecía una selva debido a los numerosos ramos de flores que recibía procedente de sus admiradores. Al comienzo de su carrera no dejaba de sorprenderse y emocionarse, pero la fuerza de la costumbre endureció su carácter, algo que no acababa de gustarle del todo. De todas maneras, pese a su constante rechazo, el misterioso caballero que la invitaba a champagne nunca cejaba en su empeño, si bien tampoco insistía. La soprano no pensaba en él más de lo que se molestaba pensar en la más banal de las anécdotas.

La ópera de Madame Butterfly tuvo lugar en París, y la trouppe lo celebró aquella misma noche en un discreto local cercano a los Campos Elíseos. Christine estaba agotada, pero sus compañeros no tenían mucha intención de terminar pronto. No iban a volver a trabajar juntos hasta pasados varios meses y, si bien los miembros mayores de los artistas ya se habían retirado, los más jóvenes pretendían disfrutar de la noche al máximo. Christine casi fue llevada a rastras por sus compañeras Marine y Beatrice.

La velada transcurrió de manera agradable. La música sonaba y las copas fluían. Marc, uno de los barítonos del grupo, se le declaró a Christine, rodilla en suelo, más movido por el alcohol que por el sentimiento. Teatral, la soprano se llevó las manos al pecho fingiendo desconsuelo y le rechazó entre sollozos fingidos y las risas del resto de compañeros. El muchacho, persistente, lo intentó después con Marine, que también llamaba la atención por sus penetrantes ojos y sus carnosos labios, pero ésta fue menos condescendiente. Le lanzó su bebida a la cara alegando que no era el segundo plato de nadie. Los chicos de la trouppe sorprendieron después a Marine con un ramo de rosas, para despedirse de ella ya que en la siguiente temporada pasaría a protagonizar óperas como soprano con un elenco distinto.

Entre risas y lágrimas de emoción, la noche avanzó, y Christine se dio cuenta, sorprendida al verse algo desilusionada, que el apuesto caballero que la seguía de obra en obra no había aparecido aquel día. Melancólica y algo exhausta se pidió una copa de champagne en la barra del local y se sentó en un taburete. Miró la copa y suspiró.

-         Otra para mí por favor – oyó tras de sí.

No necesitó conocer la voz para saber de quién se trataba. Su apuesto seguidor hizo su entrada, esta vez más cerca de lo habitual, pero todavía manteniendo las distancias. Sonreía, sabiéndose reconocido sin mirarla.

-         Me estaba empezando a preguntar cuándo aparecerías – rió Christine.

-         ¡Oh, así que estás ahí! – fingió él de manera exagerada.

Ambos se observaron en silencio. Él vestía como siempre, con un elegante traje que en aquel local destacaba por ser demasiado sofisticado. Su pelo era castaño y corto, y sus ojos verdes la observaban a través de unas gafas de monturas al aire. Ella, por el contrario, vestía de manera más informal, acorde con la ocasión. Unos pantalones vaqueros y una camiseta de tirantes negra y escotada, cubierta por una blusa blanca.

Ella acercó su taburete.

-         ¿Cómo te llamas?

-         Johan. Johan Laplace. ¿Puedo preguntar qué ha cambiado para que por fin pueda estar hablando contigo?

-         Pues que ahora mismo, si te digo la verdad, estoy muy cansada para desdeñarte – dijo con una media sonrisa; los párpados le pesaban al pestañear.

-         Mi plan entonces ha funcionado – contestó él tras una carcajada, alzando su copa.

Ella ladeó la cabeza, de modo que su cabello se balanceó, reflejando los focos de colores del local.

-         ¿Cómo debería de tomarme eso? ¿Eres una especie de acosador? – en su tono de voz denotaba que no estaba preocupada por ello.

-         No…  – dijo él – Nada de eso. Tan solo soy un admirador paciente.

-         ¡Desde luego! Paciente y con dinero – añadió Christine mirando su traje y recordando verle en distintos países – Tal vez incluso me convengas – bromeó.

Conversaron durante un largo rato mientras la noche seguía desenvolviéndose a su alrededor. Johan Laplace era cirujano. Parisino, al igual que ella, llevaba siguiéndola desde la primera vez que apareció como cabeza de cartel, haría ya más de un año. A pesar de que ganaba un buen dinero en su trabajo, había heredado de su padre, un prestigioso empresario, tanto la fortuna que le permitía viajar a su antojo como la pasión por la música. El padre de Johan había sido mecenas de un pequeño grupo de cantantes de ópera y fueron numerosas las noches en las que llevaba a su familia con él a escuchar sus representaciones.

-         Mi padre – dijo ella – también era como el tuyo. De hecho, me llamo Christine por Christine Daaé.

-         ¿El personaje principal de El Fantasma de la Ópera? – rió él.

-         ¡No te atrevas a reirte! Me siento muy orgullosa de mi nombre– repuso ella con media sonrisa. Él hizo un ademán de cerrar la boca.

Amaneció. Muchos de los compañeros de Christine se retiraron, no sin antes dedicarle una pícara sonrisa por su conquista de aquella noche, a las que ella respondía con un simple gesto de mano. Su conversación se tornó más íntima cuando John hizo alusión al hecho de que la fama de la soprano posiblemente le facilitaría las cosas con los hombres. Ella sonrió.

-         No me hace falta ser famosa para seducir a un hombre – respondió.

Ambos rieron, y al cabo de unos segundos se sorprendieron mirándose a los ojos en silencio.

-         Creo que no puedo más – dijo ella –. Estoy exhausta…

-         Es tarde – dijo él – pero no quisiera que esta velada acabase tan pronto. ¿Podría invitarte a cenar esta noche?

Puede que fuera el cansancio, o quizás porque realmente había sido una noche agradable, pero Christine aceptó.

-         Si quisieras decirme dónde te hospedas… – comenzó a decir Johan.

-         He aceptado a cenar contigo, Casanova, no creas que te diré dónde vivo tan fácilmente – interrumpió ella entre risas.

Él la ignoró guiñándole un ojo.

-         … enviaré a mi mayordomo a recogerte, pongamos… ¿a las ocho y media?

-         ¿Aun están de moda los mayordomos? – hizo una pausa en la que se sorprendió mordiéndose el labio – Tiene usted una cita, caballero.

Ella cogió una servilleta y sacó un bolígrafo de su bolso. Una vez escribió en el frágil pedazo de papel, se lo pasó a Johan.

-         “Frente al ascensor de la Torre Eiffel” – leyó él – ¿Tan malo es tu sueldo? – rió.

-         Te he dado una dirección. Y tendrás suerte si me presento… – dijo ella con sorna.

-         Señorita – respondió él a modo de despedida.

Johan entonces se levantó y le besó la mano gentilmente. Ella respondió con fingida indiferencia y, acto seguido, él se marchó.

-         ¡Llevo casi dos horas esperándote en la barra así que me lo vas a contar absolutamente todo, arpía descarada!

Marine esperó lo suficiente como para asegurarse de que Johan no la oiría, y gritó todo lo que una noche de jolgorio le permitió a su garganta.

-         Te cuento que me voy a dormir, señorita… –  dijo Christine mientras se levantaba.

-         ¡Oh, no! ¡No te atrevas!

Christine la ignoró a propósito conteniendo la risa, mientras oía cómo su amiga despotricaba desde la puerta del local, que se negaba a abandonar a pesar de que los primeros rayos de sol iluminaban la ciudad.

La soprano vivía en un lujoso apartamento en el casco antiguo de París. Sin embargo, aquel día se hospedaba en el hotel donde también se alojaban sus compañeros. Le encantaba aquella vida. Quería aprovechar hasta el último día de los hoteles y servicios antes de volver a su hogar, donde todo estaba como lo recordaba. Donde nada era nuevo para ella. Aquel era el aspecto que más le gustaba de su trabajo, viajar. Conocer el mundo así como conseguir que el mundo la conozca a ella.

Su día transcurrió tranquilo. Hizo subir comida a su habitación mediante el servicio de habitaciones y comió en la cama, viendo una película de pago. Después de ello descansó, para compensar las pocas horas de sueño de aquella noche. No podía evitar levantarse temprano sin importar lo que trasnochara, ya que su reloj biológico aun estaba adaptado al horario de ensayos, pruebas y actuaciones.

Antes de su cita, con tiempo suficiente, Christine se dio un baño de burbujas en la amplia bañera de su habitación. Encendió un par de velas y apagó las luces antes de desnudarse y meterse en el agua caliente. El sonido del crepitar de la espuma inundó sus oidos y se sumió en un profundo estado de relajación.

Entonces fantaseó. Pensó en Johan y en su cita de esa noche. A pesar de que era un hombre de un atractivo arrebatador y un carisma magnético, en su opinión, Christine no solía entregarse a un hombre fácilmente. Y muy rara vez en una primera cita. Sin embargo, en aquel momento estaba sola, sumergida en un agua cálida bajo un mar de burbujas y bañada por una luz ténue. Cerró los ojos y, lentamente, comenzo a acariciar su cuerpo fingiendo que sus manos eran las de Johan. Amparada por la oscuridad, sin ninguna prisa. Sus jadeos y suspiros se perdieron entre las burbujas. El agua ahogó un grito de éxtasis. La intimidad de aquel baño apenas iluminado por las titilantes velas guardaría su secreto para siempre.

Muy relajada, y habiendo eliminado algo de tensión por la cita, salió del baño, se secó y comenzó a vestirse. Se decidió por un vestido largo de seda de color azul marino. Una vez se hubo recogido el pelo y maquillado ya estaba lista para su peculiar encuentro.

Desde su habitación Christine solicitó a la recepción del hotel que un taxi la recogiera en la entrada. Una vez lo cogió, le dijo al taxista que le llevara a los Campos de Marte, donde se sitúa la Torre Eiffel.

El taxi se detuvo en la entrada y su conductor le preguntó si quería que la acercara a algún punto en concreto de los Campos. Ella negó con amabilidad, ya que le apetecía caminar un poco. Tras pagar al taxista y dejarle una sustanciosa propina, se bajó del vehículo. La Torre se erigía en el extremo de los Campos de Marte más cercano a la , orilla del Sena, y se encontraba iluminada ya que estaba anocheciendo. No hizo falta acercarse mucho para poder otear la enorme limusina que se encontraba en el tramo de carretera más cercano a su base.

Cuando Christine se acercó al larguísimo vehículo se abrió la puerta del conductor. No hacía falta mirar dos veces a la persona que salió de la limusina para identificar a un mayordomo prototípico: traje negro con camisa blanca, pelo blanquecino, porte británico y aire taciturno. Christine no pudo reprimir una sonrisa.

-         ¿Señorita Betancourt?

-         Esa soy yo – dijo, sin dejar de sonreír.

El mayordomo procedió entonces a abrirle la puerta de los pasajeros. La cabina era amplísima y contaba con un minibar y una televisión, pero no había nadie.

-         ¿Y Johan?

-         El señor me ha enviado para que la lleve a su mansión, señorita – dijo con voz grave.

“Esto se pone cada vez mejor…” pensó ella. Seducida por el lujo, entró en la limusina y el mayordomo la cerró tras ella. Una vez dentro pudo escuchar un hilo musical tenue. Segundos después la puerta del conductor se cerró y el vehículo comenzó a moverse.

El trayecto duró unos veinte minutos. El mayordomo abrió en un par de ocasiones la ventana que separaba la zona de pasajeros de la cabina del conductor, para recordarle que podía servirse la bebida que gustase y usar la televisión a placer. Sin embargo, Christine se relajó y disfrutó de la opulencia de aquella limusina, observando el paisaje urbano de París a través de los cristales tintados.

La limusina se detuvo, y el mayordomo le abrió la puerta. Una vez salió, la soprano observó la imponente mansión en la que vivía Johan. Unos farolillos iluminaban el jardín que precedía a la casa en sí. Y en la entrada de esta se encontraba Johan, sonriente, que comenzó a atravesar el jardín en dirección a la puerta principal. La arquitectura de la mansión era antigua, pero no demasiado, y se podían observan en su fachada elementos modernos tales como antenas parabólicas, cámaras de seguridad o extractores de aparatos de aire acondicionado. Cuando Johan llegó hasta ellos, abrió la puerta metálica de la entrada.

-         Me alegro de que al final haya venido, Señorita Betancourt.

-         Cuidado, Casanova, todavía puedo decirle a…  – miró al mayordomo, cuyo nombre aun no conocía.

-         Ronald, señorita – dijo éste, aludido.

-         Aun puedo decirle a Ronald que me lleve a casa.

Johan tomó la mano de Christine para que le permitiera besársela. Ella accedió con una sorna que no pasó desapercibida.

-         Me temo que le pago demasiado como para que no haga lo que yo le digo, ¿verdad, Ron?

Como cabía esperar, la expresión del mayordomo permaneció impertérrita.

Los dos hombres flanquearon a la mujer a través del jardín al interior de la casa. La puerta era doble y de madera, de varios centímetros de espesor. El ruido que hizo al abrirse sobre sus goznes de hierro reververó por el hall de la casa. Estaba muy iluminado, era de paredes blancas y suelos de madera. Unas escaleras se situaban al fondo y llevaban al segundo piso.

-         ¿Tienes hambre, Christine? – preguntó Johan.

-         La verdad es que no mucha – dijo ella.

-         Perfecto, me moría de ganas de enseñarte algo.



jueves 15 de diciembre de 2011

Jogging



Se trata de una tira totalmente verídica. Me resulta imposible respetarle... xD

¡Por cierto, novedades!

¿Os gusta el Rock? ¿Os gusta el Metal?

¡Pues esto os encantará!

Como colaborar en 859.345 sitios NO ES SUFICIENTE, desde hace un par de semanas colaboro en el podcast Club de Coleguitas, de mi ídem Álex Berlanga. Copresento con él un programa lleno de buena música y buen rollo. ¡Seguro que os gustará! Dejaré el link en el sidebar en la sección "Sitios en los que Colaboro". También podéis pulsar la siguiente imagen.




¡A cuidarse!

sábado 26 de noviembre de 2011

No granny




Es lo que tiene ser el hombre más sexy del universo occidental.
A veces es una carga, no os creais.
Pero generalmente no.

jueves 17 de noviembre de 2011

Erased

¿Qué puede hacer alguien tan sediento de venganza que piensa que matar no es suficiente? Afortunadamente la época en la que me encuentro me ofrece una alternativa.

Y nunca mejor dicho.

El teletransporte me trasladó al interior del recinto que llevaba al Túnel de Gusano. El complejo estaba casi desierto, salvo por los dos desganados guardas designados a proteger el recinto de intrusos. Afortunadamente para mí, yo no era un intruso allí. Eso me facilitó la tarea de librarme de ellos con mi arma aturdidora.

Me dirigí al ascensor que llevaba al Túnel con mi, a falta de una palabra mejor, carga. Sus pataleos e intentos de resistencia fueron a menos a medida que la droga que le administré en la cápsula de teletransporte hacía su efecto. Mi carga no era una persona muy corpulenta, así que no tuve mayor problema para arrastrarle a la cámara del Túnel. Una vez dentro del ascensor le quité el pedazo maltrecho de tela con el que le cubrí la cabeza.

El rostro de Jethro Similian era un mapa. Un ojo amoratado, una ceja partida, la nariz doblada en un ángulo poco común y varios dientes de menos. Le cogí de la pechera y le alcé mientras sonreía. Estaba desorientado por la droga, pero aun consciente porque yo le quería mantener así.

- ¿Puedes oírme, Jethro?

- ¿Qué…? – balbuceó – ¿Qué quieres de mí…?

- Te voy a contar por qué estamos aquí. Sé a lo que te has estado dedicando desde hace más de tres años. ¿Y sabes por qué lo sé? Porque vengo del futuro, Jethro. ¡Y traigo buenas noticias! Tuviste éxito, jodido hijo de perra.

Dicho esto le propiné un puñetazo y le dejé caer. El ascensor tardaría aun unos minutos en llegar a la cámara, ya que estaba a varios kilómetros de profundidad, hundido en la astenosfera de la Tierra. Se supone que la presión que se genera de este modo ayudaba a mantener estable el mecanismo del túnel.

- Lo conseguiste – proseguí –, el ADN que intentas sintetizar llegó a ser estable y a poder transmitirse de una bacteria a otra. He de decir que se trataba de una obra de arte. El plásmido que transmite tu secuencia de ADN otorga al organismo unicelular que lo reciba la capacidad de generar toxinas específicas que reconocen los anticuerpos generados por las células de organismos humanos criados en las condiciones que se dan en la Tierra. ¿Sabes cómo se denominó a lo que ocurrió después, Jethro? El Genocidio.

Hice una pausa. Me miraba boquiabierto desde el suelo. Pude ver que parte de su sorpresa no era por la situación en la que se encontraba, sino por ser consciente de la certeza de que en el futuro conseguiría su propósito.

- ¿Sabes cuántas personas terrícolas habrá dentro de cinco años? Trece mil millones, Jethro. Y a esa cantidad de gente hay que sumarle los no pocos habitantes de Marte originarios de la Tierra. En el año 3483 te convertirás en el mayor asesino de la historia mientras te ríes a carcajadas desde tu laboratorio en Marte. Dos años después morirás, asesinado por alguien bastante menos enfadado contigo que yo.

La puerta del ascensor se abrió a la cámara de control del dispositivo del Túnel. Hará más de cuatrocientos años, a principios del siglo XXX, se consiguió dominar la tecnología del teletransporte, gracias a los avances de la física cuántica y a la mejora en los ordenadores, que fueron desarrollados para soportar los billones de petabytes de información que se debía procesar para reconocer todos los átomos de un organismo, así como la posición de todos y cada uno de sus electrones. De este modo los mecanismos de teletransporte podían desintegrar las moléculas de un ser vivo en un lugar y transmitir toda esa información a otro. Esto facilitó la colonización del planeta rojo, una vez la Tierra llegó al punto crítico de capacidad y recursos.

Esta tecnología dio origen a la investigación de algo mucho más ambicioso. Aquello que el ser humano siempre había deseado desde que fue consciente de la posibilidad: el viaje en el tiempo. La velocidad de la luz siempre había sido una traba que se interponía a la hora de plantear un experimento factible sobre el viaje temporal. Se podían generar motores capaces de superar los tres cientos mil kilómetros por segundo, gracias al descubrimiento de no una, sino tres tipos de partículas que viajan a una velocidad mayor que la luz: la Tríada Chornos. Pero siempre quedaba la misma cuestión en el aire: para viajar en el tiempo se requería superar la velocidad de la luz, sí, pero se necesitaba espacio para desarrollar tamaña proeza. Preferiblemente una línea recta, como una pista de aterrizaje de trillones y trillones de kilómetros. Evidentemente, esto dificultaba ligeramente el desarrollo de los viajes en el tiempo.

Entonces surgió la idea del Túnel de Gusano. El planteamiento era simple: una pista de aterrizaje infinita, mediante la combinación de dos terminales de teletransporte en línea. Así, el dispositivo de viaje temporal atravesaría uno de ellos, apareciendo en el otro para llegar de nuevo al primero en ciclos infinitos y conservando el momento de inercia y manteniendo la aceleración.

El siguiente paso era el desarrollo de una aleación que no se desintegrara al alcanzar y superar la velocidad de la luz. Eso llevó a más de un siglo de investigación y quebraderos de cabeza, pero finalmente se logró construir una mezcla de metales a una presión suficiente como para, no solo soportar el castigo de superar el límite de la luz, sino también para contener en su interior a organismos vivos y a salvo. La cápsula que se desarrolló era de pequeño tamaño, poco más que una carcasa para el motor en sí y para llevar a un máximo de dos personas.

Una vez el proyecto del Túnel de Gusano fue finalmente puesto en práctica, el gozo de lo que parecía ser el zénit de la capacidad humana cayó en saco roto. Se vio que el viaje a través del tiempo era únicamente viable a épocas que presentaran el Túnel de Gusano, ya que viajar a tiempos anteriores a éste planteaba el problema que dio origen a su tecnología. Por otro lado estaba el tema de las paradojas temporales. Aquel era un asunto delicado, ya que se trataba del desconocimiento de las consecuencias que podría traer consigo rasgar el tejido espacio-temporal. Se paralizó cualquier proyecto que incluyera un viaje en el tiempo por miedo a las paradojas. Ese era mi campo de especialidad.

Y estaba a punto de realizar el experimento que confirmaría mi hipótesis más elaborada. Cómo no, con la ayuda inestimable de Jethro.

Le apunté con mi arma aturdidora a sabiendas de que él no sabía que con ella no podría matarle.

- Levanta.

El efecto de la droga que le administré sólo duraba unos minutos. No necesitaba más. Lo justo para meterle en el dispositivo de teletransporte y llevarle hasta el Túnel sin que opusiera demasiada resistencia.

- Yo… No he hecho nada… – se atrevió a decirme.

- Sí lo has hecho de donde vengo yo. Eso es suficiente. He dicho que te levantes.

A punta de pistola le llevé frente a la pequeña cápsula a la entrada del Túnel.

- ¿Qué me vas a hacer? – preguntó.

- Tengo que agradecerte tu dedicación, Jethro. Conseguiste formar parte de una empresa de investigación importante, la que le dio al mundo los viajes en el tiempo, nada menos. La misma empresa que me empleó a mí. Trabajaste duro para conseguir tu propio laboratorio y, mientras ofrecías a tu jefe pequeños éxitos que no te satisfacían, trabajaste en secreto en tu obra maestra.

¿Por qué una persona iba a querer asesinar a miles de millones de personas? La respuesta es sencilla y a la vez compleja. La humanidad no ha cambiado en su esencia en más de treinta siglos. Los coches voladores, el teletransporte o los viajes en el tiempo no han eliminado los viejos prejuicios de siempre, o nuestra capacidad de crear prejuicios nuevos.

Con la colonización de Marte vino la idea de la antinaturalidad de los nacidos allí. Y con ella, el resentimiento de los marcianos. Jethro era marciano y odiaba con todo su ser a los terrícolas. Simple.

Mi esposa embarazada era natural de la Tierra.

Apoyé mi arma en su frente mientras, con la otra mano, operaba los controles que abrían la puerta de la cápsula.

- Eres el mayor monstruo de todos los tiempos y pagaste por ello con tu vida. Pero me sorprendí a mí mismo odiándote más allá de tu muerte. Así que pensé en esto. Espero que te guste tu creación. Ahora date la vuelta.

Abrí la puerta de la cápsula y le propiné una patada para que se diera de bruces en su interior. Inmediatamente después cerré la compuerta y bloqueé los controles manuales a los que Jethro podía acceder desde dentro.

Suspiré, en parte por alivio, y en parte por nervios. Ahora quedaba ver si mi hipótesis era correcta.

En aquel momento me encontraba en el año 3478. Manipulé los controles para enviar a Jethro al 3483, de donde procedía yo. Las compuertas de seguridad del Túnel se cerraron, y pude ver una última mirada de terror de aquel hombrecillo patético antes de que la maquinaria se pusiera en funcionamiento. Le llevaría unos minutos mandar a Jethro a mi presente.

En teoría, enviarle a un futuro creado por él suponía, en sí, una paradoja. No podía haber terminado su investigación y culminar así el Genocidio si no estaba en ese pasado. Y ahí es donde entraba en juego mi hipótesis.

Una vez el ensordecedor zumbido de la máquina hubo terminado, suspiré aliviado.

Denominé a mi teoría, meses atrás, el Ancla Temporal. Mi presencia en el pasado era una prueba de la existencia de mi presente, donde había enviado a Jethro. Un presente en el que toda la población de la Tierra había sido asesinada. Yo era el ancla que mantenía la existencia de mi universo, de mi dimensión, a salvo de la paradoja que suponía sacar del 3478 a Jethro. Por lo tanto, podía estar seguro de que en aquel momento se encontraba prisionero de lo que era mi presente, el año 3483. Era el prisionero de una época que no era la suya, donde su investigación había cumplido su enfermizo propósito.

Evidentemente mi plan no acababa ahí.

Haber trabajado en la misma empresa que él me proporcionaba acceso a ciertos datos, más aun cuando se desató el caos del Genocidio y cosas tan nimias como hachear el ordenador privado de alguien carecía de toda importancia. Saqué de mi bolsillo mi terminal de trabajo portátil, que me daba acceso a mi ordenador de empresa, desde el cual conseguí el acceso a los diarios de investigación de Jethro. Seleccioné entonces todos los archivos concernientes a su investigación genética y pulsé “Borrar”. Apareció entonces un aviso de confirmación del comando.

En el momento en el que confirmé la orden, mi plan culminó.

El Ancla Temporal, en este caso yo, es un nexo relativamente débil. Una segunda paradoja borraría la existencia de mi presente. Una segunda paradoja como eliminar todo vestigio de la investigación que daría lugar a mi presente, por ejemplo.

¿Qué puede hacer alguien tan sediento de venganza que piensa que matar no es suficiente?

Yo atrapé al causante de mi furia, le envié a un futuro que no era el suyo, y corté la cadena de acontecimientos que llevaba a dicho futuro.

Para hacerlo más simple, eliminé a Jethro de la realidad.

Lo hice a costa de quedarme atrapado en un tiempo que no era el mío. Pero era un tiempo en el que otro yo podría ser feliz, con su esposa y con sus futuros hijos. Eso es suficiente para mí. Puede que intente rehacer una vida desde cero. Incluso me he planteado el suicidio, aun no estoy seguro de qué hacer.

Pero estoy seguro de que el tiempo lo dirá.

lunes 31 de octubre de 2011

Zero



Todos necesitamos un descanso...

¡Eh! ¿Sabíais que podríais tener esta tira en forma de marcapaginas?

sábado 15 de octubre de 2011

Treveron's Paradox: MERCHANDISING

Oh, sí, habéis leído bien el título. ¿Queréis ser los orgullosos poseedores de...ESTAS RICURAS?



¿Son MARCAPÁGINAS?

¿Son TIRAS?

¡¡Son LAS DOS COSAS!!


¡Marque las páginas de sus libros/cómics/manuales/etiquetas del champú sin piedad!

¡Compre varios, abaníquese y despídase así del calentamiento global!

¡Láncelos a modo de shurikens para matar a sus enemigos... de risa!

¡O símplemente cómprelos para enriquecerme!

Las tiras de Treveron's Paradox, impresas y plastificadas con un tamaño reducido y manejable, por el módico precio de 2€ la unidad (gastos de envío no incluidos).

- Disculpe, autor local, pero no sé si ha notado que estamos en crisis...


¿Crisis? No, creo que no he oído nada al respecto. ¡Pero no importa! Porque ofrezco una oferta sempiterna de 3x2: ¡llévense 3 al precio de 2! (mi director de márqueting me sugirió que no lo hiciera al revés).

- Pero, autor local, a mí todavía no me convence su producto.


Me estás tocando las narices, ¡pero me alegra que lleguemos a este punto! Porque con la venta de marcapáginas ofrezco el hasta ahora inédito...

SERVICIO DE TIRAS A LA CARTA DE TREVERON'S PARADOX


¡Efectivamente! Podréis ser los poseedores de TIRAS EXCLUSIVAS cuya temática será elegida únicamente por VOSOTROS. Deportes, situaciones, cómics, videojuegos... ¡Lo que sea!

Para realizar los pedidos no tendréis más que mandarme un mail a mi dirección, andres_m_b@hotmail.com diciéndome qué queréis de mí. Habría tres posibilidades:

1) Que me digáis qué tiras queréis, suponiendo que tengáis en mente alguna ya existente.

2) Que me propongáis un tema para hacer la tira. Ojo, los temas tendrán que ser aprobados por mí. No admitiré temas de mal gusto o de películas/series/juegos que yo no haya visto, por razones obvias.

3) Que me pidáis un magnífico PACK SORPRESA, diciéndome simplemente un número de tiras que queráis y dejando a mi elección. Os aviso que tengo un gusto que te cagas...

Un apunte. Las tiras a pedir deben de ser de 4 viñetas. Afortunadamente, la mayoría lo son, pero si quisierais una más larga, notificádmelo para ver si se puede redibujar a dicho número de viñetas.

Una vez acordado el pedido os mandaré el número de cuenta para hacer el ingreso. OJO, me tendréis que confirmar si queréis que os haga el envío por correo ordinario o certificado y correr con los gastos pertinentes. NO ME HAGO RESPONSABLE DE PÉRDIDAS POR CORREO ORDINARIO. Lo siento, pero uno ha de cubrirse la retaguardia. Sois gente maja, seguro que lo entendéis.

- Pero, autor local...


¿He mencionado ya que todas las tiras estarán firmadas y dedicadas?

- No, si no era eso...

BIENVENIDO AL CAPITALISMO, GILIPOLLAS.

En fin, si he podido convencer a este simpático comentarista anónimo, seguro que os he convencido a vosotros.

Y recordar, LAS TIRAS-MARCAPÁGINAS DE TREVERON'S PARADOX. ¡Coleccionadlas! (DIOX, SIEMPRE HABÍA QUERIDO DECIR ESO).

Dejaré un enlace en el Sidebar para los despistados

¡Decídselo a vuestros amigos!

¡Cuídenseme!