No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

viernes, 28 de diciembre de 2007

Kingdom's maiden

((ADVERTENCIA: POST EROTICO-FESTIVO xD))

Miraba a través de la ventana abierta de paredes de piedra. La noche sin Luna permitía a las estrellas mostrar la valía de su brillo. Y sin embargo, él no era capaz de percibirlo. Sus oscuros ojos no miraban el cielo. Ni las praderas de color esmeralda del reino. Ni siquiera las casas cuyas ventanas aun, en algunos casos, presentaban los quinqués encendidos.

No.

Aquella noche el príncipe no miraba nada. Estaba seguro de lo que iba a hacer. Pero ello no dejaba de turbarle. La negrura de la noche no consiguió consolarle, pero le ensimismó lo suficiente como para que, a pesar de esperarlos, los tímidos golpes en la puerta de madera de su alcoba le sobresaltaran.

- A-Adelante... – balbuceó el monarca

La puerta chirrió y se abrió, y entró quien él esperaba que entrara.

- ¿Me hizo llamar, majestad? – la doncella habló con la temblorosa voz que provocaba el respeto, y temor, que inspiraba la segunda persona más importante de aquel castillo – Son horas muy intempestivas... – sonrió débilmente

- Cerrad la puerta – él habló con seguridad. Debía hacerlo. Su padre así lo hacía

La doncella hizo una reverencia con la cabeza y obedeció, con cierto rubor en las mejillas: estar a solas con el atractivo príncipe del castillo donde se alojaba la abrumaba. Su mano insegura cerró la quejumbrosa puerta lentamente. El príncipe pudo ver cómo uno de los guardas que flanqueaba la puerta le dirigía una mirada cómplice mirada a su soberano antes de perderle de vista. Éste, lejos de sentir la complicidad de lo que iba a ocurrir, apartó la mirada.

El corazón de la doncella empezó a lanzar avisos en forma de latidos veloces. Disimuló el sudor de sus manos jugando con su impoluto delantal de manera nerviosa. Él se acercó a ella lentamente y le miró a los ojos, con una mirada que exigía obediencia.

- ¿Ma... Majestad? – la doncella retrocedió un paso y acercó su mano a la puerta, para buscar el picaporte. Sin embargo, él fue más rápido.

El príncipe agarró la muñeca de la doncella y la obligó a darse la vuelta contra la pared. Ella se quejó con un repentino sollozo.

- Por favor, majestad... – su súplica se perdió con un llanto que vertió lágrimas de desesperación en sus mejillas

- Silencio – inquirió él

Sostuvo la otra muñeca de la doncella e hizo que apoyara ambas manos en la fría pared de piedra.

- No te muevas – dijo el soberano, con un deje de gentileza en su voz.

- ¿Por... favor...? – ella lo intentó una vez más, pero obedeció. La servidumbre conocía el precio de la desobediencia.

El príncipe estaba ansioso. Por ello, agarró el cuello del modesto vestido con las dos manos. Con fuerza, y acompañado con un leve grito por parte de la doncella, todo el vestido se desgarró con dos tirones. La luz de las lámparas de aceite de las paredes iluminó de manera tenue la cremosa piel de la espalda y las nalgas de la doncella. Con cierta impaciencia, el soberano acarició con firmeza los muslos de la dama. Ésta se encorvó al contacto con las cálidas manos. Su respiración se aceleraba.

Las manos del príncipe ascendieron por la espalda hasta los hombros, para apartar definitivamente el vestido deslizándolo fuera de las mangas con un sumiso movimiento de brazos. Ella guardaba silencio mientras sentía cómo su señor la abrazaba con fuerza desde atrás, apartándole la melena de las orejas para lamer con suavidad sus lóbulos.

Aquella situación la estaba sobrepasando. Todo su cuerpo temblaba de manera frenética y perceptible. Pero parecía que a él eso no le importaba. Dirigió los dedos de su mano derecha a los labios de la doncella. Tras acariciarlos, como pidiendo permiso, los introdujo en su boca, sintiendo su lengua, humedeciéndolos con su ardiente saliva. Ella sintió cierta aversión al sentir los dedos del soberano en su boca. Pero ¿qué podía hacer sino cerrar los ojos y dejarse hacer hasta que su dueño hiciera de ella lo que quisiera? Éste, una vez hubo impregnado sus dedos, los extrajo de su boca y comenzó a descender lentamente. Primero rozaron su cuello, produciendo en ella un escalofrío que no debería haber sentido. Seguidamente, los dedos rozaron uno de sus pechos. El príncipe sintió las sugerentes curvas de estos mientras ella se convulsionó levemente: le estaba haciendo cosquillas.

Y el descenso de los dedos prosiguió. Pasó por el vientre de la sofocada doncella, pero, como bien temía, y como una pequeña y oscura parte de sí deseaba, éstos no se detuvieron. Él pudo por fin notar una poco densa presencia de vello, suponiendo el preludio del tesoro que esperaba encontrar. Y así, los dedos alcanzaron su destino.

Ella se encorvó aun más, ahogando un jadeo que aprisionaba sus pulmones. Con ello no hizo sino apretar sus caderas contra las de él, notando por un instante su erecta pasión, que no se molestó en disimular. El príncipe sintió cómo el húmedo Edén entre las piernas de la doncella dejaba manar los efluvios de una mujer anhelante. Lo estaba consiguiendo. Con una voz ronca, ordenó:

- Ve a la cama

Ella apartó las manos de la fría roca y, evitando mirarle a los ojos obedeció, moviéndose con lentitud, entre sollozos y una respiración acelerada.

Él no la vio moverse. Por un instante, se quedó en el mismo lugar, con el lateral de un puño apoyado en la pared, mirando el suelo, recordando las palabras de su padre, que, entre risas, decía:

“¡Tienes que hacerlo, hijo mío! Si eres capaz de tomar a una mujer contra su voluntad y complacerla, ¡podrás complacer a un reino que esté en tu contra!”

Su padre siempre había sido sabio, a pesar de aquellas palabras. Así que accedió, con cierta reprobación.

Se dio la vuelta y contempló la enorme habitada cama adoselada que reinaba su alcoba. Se acercó, con paso pesado, y deshaciéndose de su holgada camisa y sus pantalones ocres, quedando desnudo. La doncella se había cubierto con las sábanas, y miraba la ventana para evitar mirarle a él. Antes de unirse a ella en la cama, él tiró de las sábanas que la cubrían. Con facilidad y el leve susurro del roce de la seda con la piel desnuda, éstas se deslizaron dejando ver el cuerpo de la dama, que cubría sus pechos con un brazo y su entrepierna con la mano del otro. Ella cerró los ojos al sentirse observada y completamente vulnerable.

El príncipe, finalmente se arrodilló sobre la cama, dejando las piernas de ella entre las suyas. Una vez más, tomó sus muñecas para descubrir por completo la belleza de su cuerpo, haciendo que extendiera sus brazos como si estuviera crucificada.

- No... – un leve y lastimero gemido de súplica escapó de su boca, que no hizo más que alimentar el ansia del príncipe.

Éste descendió su cuerpo hasta que entró en contacto con el de ella. Puesto que la doncella miraba la ventana, no le besó en los labios, sino que colmó de numerosos y fugaces besos su cuello de garza, descendiendo con lentitud.

Otro escalofrío y… ¿un jadeo? Ella se tapó la boca. No tendría que haber pasado.

El soberano llegó a la clavícula, la cual recorrió con sus labios hasta situarse entre los pechos de la mujer. Entonces dejó ir las muñecas de la doncella para apoyarse con más comodidad. En lugar de aprovechar sus manos libres para forcejear, la doncella mantuvo los brazos donde el príncipe los había colocado, como sujetos por grilletes invisibles. Él, lentamente, comenzó a lamer el pecho derecho, trazando una espiral con su lengua desde la aureola hasta el erecto pezón, el cual mordisqueó con una paradójica firme suavidad. Con su mano izquierda, mientras tanto, masajeaba el otro seno con deleite.

La respiración de la doncella se aceleró más aun. El deseo comenzaba a imponerse a la razón, y su cada vez más acelerada respiración enmudecía su conciencia. Entonces, una vez más, el príncipe continuó descendiendo. Ella agarró las sábanas, como si necesitara asirse a algo que la uniera a la cordura. Sabía donde se dirigía, y no se sentía preparada.

Pero eso a él no parecía importarle. Pasó sin detenerse por el ombligo de la doncella y se desvió hacia el muslo para evitar el ligeramente hirsuto Monte de Venus. Una vez hubo bajado lo suficiente, se dirigió al paraíso oculto entre las piernas de su doncella.

Primero unos sutiles besos. Otro jadeo incontrolable abandonó la garganta de la mujer. Luego el príncipe se valió de sus dedos para separar los húmedos labios y el jadeo se convirtió en un gemido. Finalmente, su lengua lamió del dulce néctar que manaba de la dama.

Ella no podía soportarlo. Los músculos de su espalda se tensaron haciendo que casi se incorporara. Sus gemidos se transformaron casi en gritos, y llegó a olvidar el lugar que le correspondía en aquel castillo enredando sus dedos en el pelo de la cabeza de su señor mientras su cuerpo se retorcía como una víbora.

Cuando el príncipe se hubo saciado de la sagrada fuente, volvió a ponerse a la altura de su doncella.

Bastó un segundo. Un segundo en el que sus miradas se encontraron. Sus bocas estaban abiertas para poder respirar al ritmo en que sus iracundos corazones marcaban. Y sus lenguas asomaron, anhelando contacto. Él se abalanzó sobre ella, y esta vez, ella no hizo nada por evitarlo. Sus labios apenas se rozaron. Aquella era una lujuriosa danza en la que tan solo sus lenguas estaban invitadas. Se entrelazaron a un ritmo vertiginoso, rozándose sin miramientos, respirando del aire que el otro espiraba.

Entonces, él se detuvo y se separó, para llevar una mano a su miembro, que a tientas buscaba la entrada de la doncella. Supo que lo había conseguido cuando un nuevo escalofrío convulsionó aquel pequeño cuerpo. Embistió con suavidad, y la respuesta fue otro gemido, nada suave. Siguió entrando en ella, motivado por las contorsiones de su cuerpo. Ella, olvidando de nuevo ante quién se encontraba, le abrazó tanto con los brazos como con las piernas. Le abrazaba con fuerza para sentirle con más intensidad. Él marcó el ritmo, y ella se subyugó inevitablemente. Ya no se besaban. Sus cabezas reposaban sobre la mejilla del otro. Escuchaban con lasciva atención cómo respiraban en sus oídos. Cómo eran capaces de pedir más deseo sin palabras.

Pero él se incorporó, y ella le miró entre resentida y arrepentida. ¿Ya había terminado todo?

No.

El príncipe tomó los muslos de la doncella a horcajadas y continuó embistiendo, esta vez, contemplando su obra en toda su gloria. Vio cómo el cuerpo de la mujer se retorcía para intensificar el contacto de sus bajos. Vio cómo el ritmo que él marcaba podía percibirse en el movimiento de la turgencia de los pechos de la doncella. Vio cómo ella movía la cabeza de un lado hacia el otro, incapaz de soportar tanto placer.

- Mi señor… - murmuraba entre jadeos – Mi príncipe… - le miró con tristeza, alargando los brazos para intentar llegar a él – Mi…mi… ¡mi amo! – gimió, incapaz, sonrojada, de reprimir la expulsión en éxtasis de sus flujos, que él sintió satisfecho, culminando inmediatamente después, en el interior del cuerpo de su doncella.

La observó de nuevo. El movimiento de su vientre respirando fue amainando, como la tormenta que finaliza. Su cuerpo, perlado de sudor, yacía en la cama, apenas moviéndose. Él se acercó a ella de nuevo, desensamblando sus cuerpos, con un último suspiro quejumbroso por parte de la dama. El príncipe yació a su lado, besándola con ternura. Pero la doncella giró la cabeza haciendo que la besara en la mejilla ya que hubo recordado, con tristeza y humillación, cuál era su lugar en la cama.

Recogiendo una sábana para cubrir su desnudez, ella comenzó a levantarse para marcharse al cuarto del servicio, para poder llorar en soledad. Pero él la tomo por la muñeca con dulzura.

- Por favor, quedaros conmigo esta noche, mi señora

Y ella, una vez más, obedeció. Ya no sentía humillación de haber sido tomada a la fuerza, pero aun permanecía la tristeza. Tristeza ante la certeza de que aquello no volvería a ocurrir.

El Rey era sabio, y él por fin lo comprendió.

“Si eres capaz de tomar a una mujer contra su voluntad y complacerla, ¡podrás complacer a un reino que esté en tu contra!”

Había que complacer al reino hasta que llegara a necesitarte.

Había que complacer al reino hasta llegar a necesitarle.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Pañun

Adjunto en este post quizás el mejor video de quizas el mejor programa que jamás ha poblado las ondas herzianas de la tierra

Peli de tiros, del Informal. Presentado por el indomable Charlton Heston
Disfruten camaradas con el primer post no maniaco-depresivo en mucho tiempo! xD



(Y pensar que el programa que sustituyo al Informal fue Gran Hermano... ¬_¬)

viernes, 21 de diciembre de 2007

The Nether, Chapter VI: Just a Mask (II)

Dimahl la miró atónito y aterrado. Sin embargo, ella le devolvió una mirada que, aunque pícara, no revelaba ninguna maldad.

- ¿Pero cómo…?

- Debes ocultar tus manos – dijo Nirnarëth, mirándoselas. Éstas palabras calaron hondo en el Nero: son las mismas que él había usado con Nahara cuando compartieron sus almas – Los Arcángeles son muy celosos con la pureza de Guardaluz. Ocultan sus rostros demacrados por las contiendas de la misma manera que ocultan la aspereza de sus manos, provocada por el uso de sus armas. Por eso llevan máscaras, y por eso llevan las mangas de su sudario más largas. Además, tus modales son... – rió – poco comunes. Eres muy descuidado, Nero...

Dimahl se levantó y miró a su alrededor. Parcialmente aliviado al comprobar que nadie les había oído, tomó a Nirnarëth por las muñecas obligándola a levantarse.

- ¡¿Qué piensas hacer!? – bramó Dimahl, a través de la máscara

- ¡Me haces daño! – el Nero la soltó, sin dejar de mirarla, sin dejar de sentir que la amenaza se cernía más sobre él que sobre ella – Puedes estar tranquilo. Tus asuntos te conciernen sólo a ti. – ambos parecieron tranquilizarse – Además, si hubieras venido a hacer daño, yo no seguiría aquí. Y probablemente él tampoco – Nirnarëth señaló al perro. Éste se dirigió hacia ellos, moviendo la peluda cola. Al pasear la mirada de él a ella y percatarse de que le estaban mirando, abrió la boca y sacó la lengua; la mariposa prisionera emprendió de nuevo el vuelo con dificultad.

Dimahl volvió a mirarla a ella.

- Mi devenir está en vuestras manos. ¿Qué queréis de mi?

Nirnarëth no pudo evitar sonreír, mirando fugazmente de arriba abajo al Nero.

- ¿Me haríais el favor de quitaros la máscara?

Dimahl dudó un poco, y miró a su alrededor. Nadie cerca. Lentamente se llevó su mano derecha a la máscara y la retiró de su rostro. Un rostro que clavó sus ojos de ébano en los intensos ojos de aquella peculiar dama. Ella se mordió el labio, con gesto divertido, y llevándose las manos al dorso de su cintura.

- Así mucho mejor, Dimahl. – dijo ella, con un tono casi jovial - ¿Qué os trae por tierras tan lejanas a vuestro territorio?

El Nero suspiró.

- Me temo que tú – ante el gesto sorpresa y casi preocupación de Nirnarëth, Dimahl terminó la frase – y la gente como tú. Quería saber... Bueno, quería conocer el otro lado.

Ella le miró de manera condescendiente.

- ¿Y cómo podría ayudarte alguien como yo? – preguntó

Dimahl se sentó de nuevo en el suelo mullido por la densidad de flores y le tendió la mano para que se sentara junto a él (el que fuera capaz de hacer esto le extrañó ligeramente). Ella aceptó el gesto y se sentó a su vera.

- Háblame de ti, Nirnarëth. ¿Cómo fue tu vida?

Ella, a pesar de esperarse aquella pregunta, apartó la mirada de los oscuros ojos de Dimahl, con gesto de melancolía, aunque sin dejar de sonreír. Abrazó sus rodillas apoyando su mejilla en sus brazos. El susurro del roce de la tela de su vestido se confundió con un suspiro venido de los rincones de su memoria que, insegura, emergía.

- Mi vida... Pues, no sabría decirte... La verdad es que no sé si este es mi lugar. – Nirnarëth hablaba con tono entristecido

- Eso que dices es muy serio... ¿Qué razón...?

- Quise suicidarme – interrumpió tajantemente ella

Dimahl calló inmediatamente. Él, mejor que ella, sabía lo que le ocurría a aquellos que se quitaban la vida: el Juez no era indulgente con aquellos que rechazaban la vida que se les entregó.

- Pero... no lo hicisteis – repuso el Nero – no estaríais aquí si lo hubierais hecho.

Ella negó lentamente, esbozando una casi imperceptible sonrisa.

- Ochenta y cinco años – hablaba aun mirando al vacío – La verdad, me sorprendió mucho verme así – miró a Dimahl – fue la única época de mi vida que me consideré hermosa.

- Un alma se dibuja como uno quiere – inquirió él – Así es como tu esencia habitaba tu cuerpo. – el Nero apoyó su codo en su rodilla, mirándola con cierto interés – El Juez concede esa libertad a todo ser humano.

Nirnarëth acentuó su sonrisa.

- Fue muy amable conmigo – contestó

- ¿Cómo fue tu juicio? – preguntó Dimahl

- A decir verdad – repuso dubitativa ella – no podría asegurarlo. Estaba muy confusa. Había un señor muy extraño que nos vomitó sin más que estábamos muertos a mí y a una multitud más y antes de querer darme cuenta estaba frente a Él. La verdad, al principio tuve miedo. Yo nunca creí en Dios y...

- Muchos cometen ese error – Dimahl se tomó la libertad de interrumpirla. A ella no le supuso ninguna molestia – Cristianos, judíos y el resto de creyentes creen que se hallan ante su figura divina. Y realmente – dejó escapar una leve risa – algunos no andan muy desencaminados. A Él nunca le importó como le llamaran.

- Lo sabía todo de mí... y eso que...

- Él lo ve todo allí arriba – el Nero se anticipó a ella.

- Sabía ver más allá de mis actos... – su voz comenzó a quebrarse

- ¿A qué te refieres?

- Viví mi vida conforme a los demás... – Dimahl la miró intrigado. Ante ello, Nirnarëth prosiguió – Quiero decir, siempre hacía lo que se supone que está bien. Y eso suponía, muchas veces, una máscara.

>> Nací en el seno de una familia bien avenida, nunca pude quejarme de eso. Fui la más joven de tres, dos hermanos y yo. Ellos siempre me chinchaban diciéndome que fui el accidente de última hora... – hizo una pausa para sonreír – En mi colegio se metían conmigo siempre con cualquier excusa... Si no era por mis gafas era por coletas; en fin, hubo un tiempo en el que me eso me importaba. Pero me abrí paso hasta el instituto, donde me di cuenta que no quería ser como los demás que no tenía por qué. Conseguí llegar a la universidad, conservando apenas un par de buenos amigos. Pero fue en esa época donde uno se da cuenta de muchas cosas.

>> Es ahí donde te percatas de que ya no quedan muchos cambios en tu vida, que estás en el umbral de ser la persona que seguirás siendo el resto de tus días. Y yo no dejaba de ser mediocre... Apenas destacaba en clase, nunca atraía a los chicos y... y empecé a agobiarme.

>>Todos los días, desde que abría los ojos por las mañanas, me planteaba si realmente valía la pena. Cada bocanada de aire que tomaba salía de mis pulmones en forma de suspiro. Y sentía... sentía que con cada uno de ellos una parte de mí se me escapaba. Una parte de mi que quería vivir. Y así día tras día.

>>Día tras día, hasta que no pude soportarlo más – Nirnarëth cerró los ojos, con la voz completamente quebrada – Una noche subí al tejado de mi edificio y... – De repente, guardó silencio.

Dimahl escuchaba sus palabras completamente absorbido. Como mecido por su voz,
pudo verla asomada a un rugiente acantilado, con su pelo y vestido danzando tristes al compás del bramido de las olas. Con sus hermosos e intensos ojos verdes, perdidos en el cielo de una noche de luna llena, que realzaba la palidez de su piel. Pudo ver una lágrima que descendía por su mejilla, incapaz de comprender por qué había emergido de su interior. Y Dimahl pudo ver que, tras ella, la sombra de la guadaña de un Nero la acechaba, ansiosa por llevarse aquel delicado cuerpo al abismo que la esperaba si decidía dar el único paso que la separaba de la muerte. Una muerte que la apartaría de un mundo que la estaba empujando a dar ese paso.

- Uno se plantea muchas cosas estando ahí arriba, ¿sabes? – continuó – En mi vida siempre me he sentido orgullosa de mi valentía. Bueno – rió con una risa que no sonó alegre en absoluto – de pequeña era una miedica pero... digamos que fui enfrentándome a mis miedos uno a uno hasta que creí haberlos superado todos. Pero ahí estaba.

>> No salté, es evidente. ¿Pero en qué me convertía eso? Pensé que sólo necesitaba un momento, un ínfimo instante de valentía para saltar, pero dejando así entrever la paradójica cobardía de aquel acto... Así que opté por un instante de cobardía. El instante que, entre lágrimas de rabia autodestructiva, me hizo bajar de la cornisa. ¿Me convertía eso en valiente por haber seguido adelante?

Dimahl estaba completamente absorto con la historia de Nirnarëth.

- Yo... – dijo éste por fin – No lo sé, no... nunca me había planteado algo así. – se sintió terriblemente estúpido, pero para su sorpresa, ella sonrió.

- Era una pregunta retórica, bobo...

- Ah... – su sensación de estupidez se acentuó.

Ambos guardaron silencio unos instantes. El perro, que hasta el momento había estado tumbado en la hierba, con la cabeza apoyada sobre las patas, levantó su mirada oculta entre los pelos de su flequillo. De nuevo, vio que ambos lo estaban mirando y se levantó, moviendo la cola.

- ¿De dónde ha salido el bichejo? – preguntó Nirnarëth, acariciando al complacido animal. Dimahl rió levemente.

- No tengo ni idea... Me siguió desde que entré aquí. – hizo una pausa observándola atusar el flequillo del perro – Oye... ¿y qué fue de ti el resto de tu vida?

Ella miró con una sonrisa triste al perro mientras acariciaba los carrillos del animal, que aprovechó la cercanía para lamer fugazmente la punta de la nariz de Nirnarëth.

- Intenté suicidarme. Eso me marcó demasiado. Simplemente viví. - respondió

- Pero ochenta y cinco años es una vida muy larga para una humana. ¿Qué fue de ti?

Ella le miró divertida.

- Me preguntas como si fuera alienígena... – Dimahl le miró extrañado – Olvídalo... No me consideré digna de compartir mi vida con nadie.
- ¿Viviste sola toda tu vida? – le preguntó él anonadado. Rara vez conoció a un humano que fuera capaz de vivir una vida solo.

- Fui capaz de rechazar mi vida – Nirnarëth le miró con pesar – Compartirla hubiera sido un despropósito.

Dimahl miró a aquella dama con intensidad.

- Debió ser muy duro...

Aquellas palabras reverberaron en la memoria de Nirnarëth que, irónicamente, sonrió, acercándose a él.

- Bueno, mi vida terminó... – se puso de puntillas para acercar su rostro al de Dimahl, alternando su mirada entre sus ojos y sus labios – Tal vez sí debiera compartir lo que me queda... – Nirnarëth acarició suavemente la nariz de él con la suya, sin dejar de sonreír pícaramente. – Después de todo tu devenir está en mis manos, ¿no?

Dimahl retrocedió abrumado, mientras ella, riendo complacida, se dio la vuelta con gracia, empezando a caminar. Él sonrió suspirando.

- Hasta la vista, Dimahl. Ha sido todo un placer – Y Nirnarëth se alejó de él.

- El placer ha sido mío – susurró casi inaudiblemente el Nero

El perro miró cómo la mujer se alejaba de ellos, gimiendo lastimosamente y mirando a Dimahl. Éste miraba la máscara que el Arcángel le había entregado. Los vacíos ojos de aquel objeto le devolvieron las palabras de Nirnarëth. “...traicionarme a mi misma. Era como... vivir con una máscara”.

“No... Yo no lo haré”

- Eh – dijo el Nero, dirigiéndose al perro y flexionando el brazo en el que sostenía la máscara.

El animal ladró contento, saltando y luego agazapándose sin apartar los ojos de la máscara.

- ¡Atrapa!

viernes, 14 de diciembre de 2007

Memorial

Mi hermana dijo una vez:

“El Papá Andrés es eterno”

Yo era un niño. La creí.

Y al parecer, sigo siendo un niño, porque aun la creía. Quizás por eso me pilló tan de sorpresa.

Mi padre se define a sí mismo como el número uno, pero él y yo sonreíamos. Ambos sabíamos que no es así.

Lo eras tú, Papá Andrés.

Es curioso. Te conocía muy bien, y nunca he estado seguro de que porqué todos tus nietos te llamábamos así.

Y ahora te has ido...

Mi Papá Andrés es eterno, pensé, eso no puede ser.

Pero pasó. Y no hay lágrimas en el mundo que puedan explicar cómo me sintió.

Te fuiste sin sufrir, sin molestar. Lo tenías planeado, ¿verdad? Nunca te gustó molestar...

La mejor persona que jamás haya conocido. 85 añazos como 85 soles. Y un cuerpecito que, a pesar de ser pequeño y enjuto, tenía la fuerza de un roble y la vitalidad de un amanecer.

Siempre con historias que contar. Y siempre con un mensaje que dar. Por no hablar de lo manitas que eras. Todo, por estúpido o nimio que fuera; siempre tenías una solución ingeniosa para solucionarlo. Pero ahora te has ido. Y dejas tantas cosas por arreglar...

Dejas tantas cosas rotas...

Nunca había ido a un funeral... Ni siquiera al del amor de tu vida.

Allí, abrazado a tus fotos como un niño egoísta, sólo sentía rencor. Rencor hacia mí mismo por cada lágrima enjugada o por cada sonrisa que pueda esbozar durante el resto de mi vida, insultando tu pérdida. Rencor hacia el ignorante que, tras un altar, balbucea sobre tu persona sin tener ni idea de lo enorme que siempre has sido. Rencor hacia ese frío cajón de madera, que no es digno de guardarte para siempre. Rencor hacia el mundo, por seguir girando con esa cruel indiferencia. Un mundo que, tras apenas unos días sin ti, ya vale menos la pena.

Y así, dejando un legado de gente que te adorará siempre, te has ido.

En mi vida hube deseado con tanta fuerza que existiera un Dios. Un Dios que cumpliera lo que todos pensábamos: que mi Papá Andrés sea eterno. Pero no quisiera engañarme.

Si realmente existiera un Dios, no se te hubiera llevado de la tierra que tanto te ha necesitado. Que tanto te necesita. Que tanto se necesitará.

Así, el número uno se ha ido. Y nadie, jamás, podrá sustituirle.

Andrés Martínez Pérez, Andrés “El Armero”

Descansa En Paz



“¡Mi Papá Andrés es eterno!”

lunes, 10 de diciembre de 2007

Fanarts: The end [EDIT II]

Damas, Caballeros, a no ser que alguien a últimisisima hora me envie algo, el plazo para el envío de fanarts del relato "Follow the Leader" queda finiquitado.

Así pues paso a exponer los últimos (que no por ello los peores :P ) que me han llegado ((SPOILER WARNING!!!)):



De Dev (por fin alguien dibuja al chico, puñetas!!! xD)



De Deed, una artista a la hora de dibujar manos del reves.... (ruego a los lectores que si encuentran algun fallo en este dibujo me lo comuniquen: resulta terriblemente placentero echarselos en cara xDDDD ) Me ha encantado, tontorrona x)



De Darja. Sin palabras ^^



De Vorian. Por alguna razon, insiste en que el dibujo no le gusta... (algun dia la asesinaré por tal afrenta...)



Y finalmente, el de Siltha. Me ha hecho mucha ilusión que hiciera esa escena :) Por cierto, Siltha me ha pedido que publique este mensaje:

"Este es el primer fanart que hago y la verdad es que supongo que un par de personas estarán moscas conmigo por no haber participado en sus concursos, así que aprovecho para pedirles disculpas públicamente porque ellas también se merecían mi esfuerzo. Pero el problema es que yo imaginación no tengo, y esto era "simplemente" dibujar lo que había en mi mente, pero en vuestros concursos de tiras y cabeceras la cosa se complica porque en mi mente no tengo NADA y me cuesta la vida imaginar... Besitos, que os quiero aunque sea una rancia del quince a veces. Miri, no eres la única que odia los fondos."

Fin del mensaje (Siltha, es un honor ser el primero ^^)

Bueno, en principio, esto es todo. Todos recibireis una copia del relato montado y encuadernado. No os se decir concretamente cuando, pero si de algo estoy orgulloso de mi mismo es por que siempre cumplo mi palabra. Intentare que sea un bonito regalo de Navidad :)

Por último, agradeceros a todos y a cada uno de vosotros que me hayais mandado estas pedazo de obras de arte; no os haceis a la idea de la ilusion que me han hecho.

En fin, me despido!

[EDIT]

Debido a sugerencias varias y al hecho de que el dibujo de Darja resulta que ya lo habia puesto (mi mente es una cacota...) he decidido que, ya que estoy, pongo TODOS los fanarts recibidos



El de Kei, muy sentido él



El primero de Dev, uno de los que mas ilusion me hizo :)


Secun, te juro que en cuanto escanee el tuyo lo cuelgo, palabra >,<

Pote, a ver si nos animamos, puñetas...

Bueno, eso...'^^

POR CIERTO! Vorian, Siltha, me vais a tener que pasar vuestras respectivas direcciones postales, para que os mande el relato de marras... '^^ NO ACEPTARE UN NO!!

Ala, ahora ya si.. U^^

EDIT II

Por fin puedo colgar el dibujo de Secun!!!



Se trata de un resumen del relato entero. Lo curioso es que... no recuerdo haber hablado ni de los espartanos, ni de naves de la guerra de las galaxias. De Chuck Norris si que hablé, si.... xDDDD

Y tengo noticias de que Pote tambien está colaborando, asi que habra un EDIT III, supuengo.... '^^

aaaaaadiox!

lunes, 3 de diciembre de 2007

Hope is...

Caminas por una senda.

Es muy oscura, y trastabillas muy de vez en cuando. Pero no importa. Conoces el camino.

No te importa a donde lleve.

No importa lo desasosegado o desasosegada que camines.

No te importa que odies ese camino y su final.

Lo conoces.

Y lo caminas.

Imagina... imagina que de pronto, aparece una luz. Una luz hermosa.

Una luz que ilumina otro camino.

Y de repente, te da igual tu camino de siempre. Esa luz ilumina algo mejor.

Lo sabes.

Lo sientes dentro de ti.

Y sigues a esa luz.

Recorres feliz ese camino. La luz trae consigo cosas hermosas. Caminarías el resto de tu vida por ese camino, ¿verdad?

Ahora imagina... imagina que, de repente, la luz se apaga.

¿Ahora qué es de ti?

Ya no estás en tu camino.

Estas a oscuras.

Estas solo o sola.

Estas perdido o perdida.

Y no tienes ni idea de si podrás salir de allí, Volver a la normalidad.

Entonces, otra luz aparece. Otra luz, quizás aun más hermosa que la anterior.

Pero ya no te sientes ilusionado.

Es más, tienes miedo.

Ya no caminas. Ya no te sientes feliz. Ya no confías en esa luz.

Ya no sabes qué será de ti.

Por último, juguemos a algo. Pongamosle un nombre a esa luz.

Llamémosla, por ejemplo...

Esperanza.

"Aléjate de mí, te lo suplico..."

"Aléjate de mí..."

lunes, 26 de noviembre de 2007

The Nether, Chapter V: Just a Mask (I)

Dimahl se acercaba a Guardaluz.

A diferencia de Nocheeterna, no había ningún límite que te asegurara que entrabas, pero él lo estaba sintiendo.

Ya no había crepúsculo. El cielo brillaba con una intensidad que el Nero jamás podría haber aventurado. Caminaba sobre la cada vez más verde y mullida hierba con los ojos entrecerrados. Esos ojos negros que, acostumbrados durante tanto tiempo a la penumbra, se estaban resintiendo. Y eso era una lástima porque aquel lugar merecía ser observado: infinitos prados de un color verde esmeralda con flores de todos los colores imaginables; bosques de árboles tan variados e inmensos que sus copas podían cubrir el mismo cielo; lagunas y estanques de aguas tan claras como un espejo; y todo ello aderezado con una fauna distribuida de manera homogénea y en armonía con aquellos que poblaban ese edén.

Al igual que en Nocheeterna, había unas cuantas estructuras artificiales salpicando Guardaluz. Sin embargo, al contrario que en el territorio de los Nero, su arquitectura era extremadamente elaborada y exquisita. La primera que pudo otear Dimahl era un edificio blanco gigantesco de paredes lisas y con anchas columnas que sostenían es techo triangular. El Nero recordó la conversación con Nahara: “Quizás en la Biblioteca encuentre algo que nos pueda ayudar...”, suspiró, “No puedo creer que me hayáis convencido...” Dimahl sonrió y se echó para atrás en la silla de la taberna.

No tardó en comenzar a ver a los habitantes de Guardaluz: los inmaculadamente ataviados Bianco y los, al igual que en Nocheeterna, variados huéspedes. Dimahl no podía dejar de sentirse algo ajeno a todo aquello a medida que comenzaba a introducirse en aquel paraíso prístino.

Pero antes de que se introdujera en la escasa multitud, un ruido extraño sobresaltó al Nero.

- “¿Guau?” – interpretó Dimahl, deteniéndose y arqueando una ceja, extrañado.

El sonido volvió a repetirse. Dos veces. Y cada vez se oía más cerca.

- ¿Pero qué...? – miró a su alrededor y descubrió la fuente de ese sonido.

De una pequeña laguna cercana, una criatura cuadrúpeda corría hacia Dimahl, galopando con la boca abierta y la lengua fuera, ondeando al viento. Se trataba de un animal de tupido pelaje blanco, con una enorme mancha gris en un lado de su lomo. A cuatro patas medía casi un metro de altura, y corría a toda velocidad hacia el guardián moviendo su peluda cola. Dimahl, sorprendido por ese aparente ataque, adoptó una posición de guardia.

- Maldita sea, ¡Mi guadaña! – el Nero apretó los puños, echando en falta su arma. Miró a su alrededor rápidamente: nadie se había percatado de ellos.

Sus posibilidades ante un posible ataque de aquella criatura eran dos: transustanciarse en Nero para defenderse y delatarse estrepitosamente o pedir ayuda y quedar en ridículo. Ninguna de las dos opciones le gustaba en absoluto, y para cuando quiso pensar una alternativa, le bestia se había detenido ante él.

El enorme perro estaba sentado frente a él, moviendo el rabo con efusividad, con la lengua fuera y jadeando ruidosamente. El guardián se quedó inmóvil, desconcertado, mirando a los inexistentes ojos del animal, ya que se los tapaba su flequillo.

- Ehm... ¿Hola? – Dimahl habló casi por instinto, a sabiendas que obtener respuesta era obviamente imposible.

Como “respuesta” el perro gimió levemente ladeando la cabeza. El Nero suspiró dejando caer sus brazos hacia delante. “Empiezo a odiar este sitio...” murmuró.

- A ver, chucho – Dimahl señaló al perro al dirigirse a él. Éste levantó las orejas y guardó su larga lengua en su boca - ¡largo de aquí, estoy ocupado!

El animal se puso en movimiento una vez más, olisqueando los pies del guardián. Una vez hubo husmeado lo suficiente, se alzó sobre sus dos patas traseras, apoyando las delanteras en el pecho de Dimahl y ladrando ruidosamente.

- ¡Te huele el aliento, bestia inmunda! – el Nero retrocedió te inmediato con cara de repulsión - ¿¡Pero qué diablos te pasa!?

El perro siguió mirándole por debajo de su peludo flequillo moviendo el rabo con euforia. De nuevo, el guardián suspiró.

- Esto es una pérdida de tiempo... – se dio la vuelta y reemprendió la marcha.

Muy a pesar de Dimahl, el perro no dejaba de seguirle. A través de los floridos campos de Guardaluz, el animal no dejaba de correr a su alrededor, ladrándole y llamando su atención.

- Maldita sea...

El Nero apretó los dientes mirando a su alrededor: el perro no sólo había conseguido llamar su atención, sino la de todo aquel que les rodeaba. A cada paso que daba más y más ojos se clavaban en ellos. Los de las almas residentes de Guardaluz, con curiosidad. Los de los Bianco, miraban de manera inquisidora. Dimahl se veía obligado a bajar la mirada demasiado a menudo para ocultar sus ojos al resto de guardianes. Pero algo iba mal: el perro había dejado de ladrar, tan solo le seguía, y cada vez más Bianco le miraban de manera acusadora. Apenas levantaba los ojos del suelo, eso no le podía estar delatando. Entonces, ¿por qué...?

De repente, Dimahl se detuvo en seco, sorprendido de su propia estupidez. Sus ojos, abiertos como platos, miraban el vacío más absoluto, ya que una idea apareció en su mente, ocupándola por completo. Una idea arrolladora como una tromba.

“La cicatriz...”

No se había molestado en ocultarla. No sabía como justificarla ante los demás. Nahara no le advirtió. Había sido descubierto sin tan siquiera haber empezado.

“No... No... ¡No!”

Miraba con nerviosismo a su alrededor, donde cada vez más ojos se clavaban en su rostro marcado. Sabía lo que les ocurría a aquellos que desobedecían decretos del Juez, y él había faltado al más estricto de todos. Su mente se nubló. Fue inundada por horrorosas ideas que obnubilaron sus sentidos. Su cabeza funcionaba a toda velocidad. Debía buscar una escapatoria segura. ¿Para él? No... Nahara también estaba. “¡Maldición!” Debía ser una escapatoria para ambos. Si no hubiera sido por él, ninguno de los dos estaría metido en aquel embrollo. Dimahl, sin darse cuenta, cayó en una espiral de pensamientos que le estaba ahogando. Debía huir de allí. Ir a Nocheeterna. Avisar a Nahara. Pero para cuando lo intentara tendría a todos los Bianco en su contra y los oídos del Juez estaban por todas partes.

Finalmente, alguien se dirigió a él, sacándole de su angustia actual para, quizás, sumergirle en otra peor.

- Eh, vos. ¿Por qué vais así?

La voz procedía de su espalda. Cuando se dio la vuelta, un Bianco le miraba. Sin embargo, no le miraba directamente: lo hacía a través de una máscara. Se trataba de un óvalo blanco tan prístino como sus ropajes, con los pómulos, nariz, labios y frente de un inexpresivo rostro en relieve. Además, también había algo más diferente en él. Los Bianco campaban por Guardaluz con un talante solemne pero despreocupado, relajado incluso. Sin embargo, éste se alzaba con una pose orgullosa, observando a Dimahl con la cabeza gacha, dejando ver así una mata de pelo rubio oscuro corto. Sus manos estaban ocultas en las mangas de su sudario, que eran más largas de lo habitual.

- Arcángel, ¿por qué no lleváis vuestra máscara?

“¿Arcángel...?” Dimahl ya había oído aquel nombre antes. “Ah...” hubiera sonreído para sus adentros de no ser por la situación en la que se encontraba “Así que sois vosotros los que se encargan de enviarnos vuestra escoria...” De repente, una revelación “¡Un momento! ¡¿Creen que soy uno de ellos!?” Debía actuar, rápido.

- Ehm... – titubeó – La perdí en las puertas de Nocheeterna – intentó hablar de la manera más solemne que pudo, sonando casi forzado. La mención del territorio de los Nero hizo estremecer a algunos de los presentes. El perro paseaba su mirada sin ojos entre ambos Bianco

El Arcángel observó a Dimahl tras las cuencas de su máscara unos instantes en silencio. A continuación, lentamente, introdujo una mano en la manga contraria y extrajo una máscara idéntica a la suya. Con un rápido movimiento, la lanzó al Nero, que la atrapó en el aire. Era más pesada de lo que aparentaba y su tacto era frío. Al parecer, estaba hecha de madera muy trabajada.

- Guardaluz es perfecto. No lo mancilléis con vuestra impureza.

Incluso el perro, que hasta el momento no había dado muestras de vida, gruñó al Arcángel. Dimahl tuvo que ponerse rápidamente la máscara, para poder ocultar así una mueca de ira ciega. En Nocheeterna, aquella injuria le hubiera costado ser ensartado por la hoja de su guadaña. Sin embargo, en lugar de invocar su arma y darle su justo castigo, el guardián hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y se dobló en una sutil reverencia.

- Pido disculpas. Fue un error que no se repetirá de nuevo – dijo, entre dientes.

El Arcángel le observó en silencio unos segundos y dio media vuelta, caminando hasta desaparecer de la vista. Los mirones que habían estado prestando atención a lo sucedido volvieron a sus respectivos quehaceres. El perro observaba a Dimahl bajo su flequillo. Al verle con la máscara, ladeó la cabeza y gimió de manera interrogante. El Nero chasqueó la lengua y caminó sin rumbo, con el animal siguiéndole de cerca.

Era consciente, muy consciente de que su suerte había sido mayúscula. Sin embargo, se sintió humillado como hacía mucho tiempo que no lo hacían. El frío tacto de la máscara y el tener que ver a través de las cuencas de ésta se le antojaba como algo terriblemente extraño y, pese a que su cicatriz había sido definitivamente cubierta, aún algunos ojos seguían escrutándole a su paso.

Estaba realmente alterado. Sin darse cuenta, se había inmerso en un campo de amapolas cuya escarlata superficie estaba suavemente mecida por el viento, haciéndola oscilar como si fuera mercurio carmesí. Apenas había nadie paseando por allí, así que Dimahl se dejó caer y se tumbó en la suave cama de hierba y flores. El perro se tumbó junto a él apoyando su hocico en el vientre del Nero. Éste, suspirando, le acarició la cabeza y el lomo. Su tacto le resultó extrañamente agradable.

Pensó en Nahara. Cuando creyó haber sido descubierto, realmente se dio cuenta de las posibles consecuencias derivadas de aquel trato.

“Vas a pasarte el resto de la eternidad a medias. Te estoy ofreciendo una oportunidad de que conozcas la verdadera esencia de aquellos a los que tienes en tal alta estima” Eso le había dicho.

Nahara suspiró. Después de todo, su necesidad pudo con ella. “Muy bien... Tú ganas...”

- ¡Maldita sea! – susurró Dimahl. Había sido una insensatez.

- Disculpad, ¿Os importa que me siente aquí?

El guardián se sobresaltó, incorporándose súbitamente, lo cual asustó al perro, que también se alzó. Pero Dimahl cuando se giró para mirar a quien le solicitaba, tornó su sobresalto en apabullamiento. “¿¡Una Nero aquí!?”

Era una joven, muy delgada, pero de una belleza indiscutible. Al estar inclinada hacia él, sus largos y lisos cabellos, negros como el ala de un cuervo, colgaban livianos bajo su cuello hasta su cintura, dibujando ondas en el aire al son del viento. Vestía un largo vestido también azabache con un ceñido corsé de múltiples lazos, volantes en las mangas y una gasa de rejilla ornada con bordados de rosas oscuras que cubría la falda. En su rostro, unos ojos verdes intensos y con una lágrima negra maquillada le escrutaban, y en su boca unos finos labios también pintados en negro esbozaban una sonrisa.

Quizás fuera más por la sonrisa que por el hecho de estar en Guardaluz, que Dimahl desechó la idea de que fuera una Nero. Aquella dama aun esperaba respuesta.

- Ehm, sí, por qué no... – Balbuceó él, a desgana.

Ella se sentó a su lado en la hierba y posó sus manos en sus rodillas mientras miraba a la nada. El Nero permanecía sentado, importunado por aquella presencia pero sin ganas de molestarse en echarla. El perro perseguía distraídamente una mariposa.

- Ignoraba que a los Arcángeles se os permitiera tener mascota. – ella rompió aquel incómodo silencio, mirando con una cálida sonrisa al can

- No es mío – contestó él fríamente

Ella le miró, con un deje de tristeza.

- ¿Quiere...? – Su voz se estaba empezando a quebrar – ¿Quiere que me vaya...?

Dimahl suspiró y la miró a través de la máscara.

- ¿Cómo os llamáis? – respondió él, sin suavizar su tono. Por respuesta, ella se levantó

- Olvídelo… - Comenzó a alejarse de él

Dimahl chasqueó la lengua y se levantó tras ella. De la manera más suave que pudo, la agarró de la muñeca.

- Por favor. Realmente quiero saberlo. – Ésta vez el Nero sonó sincero. Ella no se dio la vuelta. Sin embargo, respondió.

- Nirnarëth… - se zafó del agarre y se dio la vuelta, mirándole con ojos rencorosos

- Vaya, tenéis un – carraspeó – un nombre muy hermoso

Nirnarëth le miró con ojos ya no rencorosos, sino extrañados, entrecerrados.

- ¿Gracias...? – respondió, sin poder dejar de reprimir una risa de incredulidad ante el aparente intento de Dimahl por enmendar su grosería

Éste permaneció unos instantes observándola en silencio y se volvió a sentar. Ella hizo lo propio y se sentó junto a él de nuevo.

- Todavía no sé su nombre – inquirió Nirnarëth

- Dimahl. Y por favor, tutéame. No soporto las formalidades

- P-pero… si has sido tú quien primero se dirigía a mi como “vos”…

Dimahl la miró furtivamente

- Creo que ya hemos dejado clara esa parte de nuestra relación, ¿no crees…?

Ella entrecerró de nuevo los ojos. Y murmuró inaudiblemente. Seguidamente, habló.

- ¿Qué trae a un Arcángel a este rincón tan apartado? – Preguntó Nirnarëth, sonando indiferente

- Descanso – respondió Dimahl, observando al perro que, a su vez, observaba agazapado a la mariposa que perseguía

- ¿Mucho trabajo?

- No lo sabes tú bien…

- ¿Y la guadaña?

- He de esconderla, no pued… - la cabeza se le nubló de repente, dejando ver tan solo un pensamiento:

“Imbécil…”

sábado, 24 de noviembre de 2007

Carnival of Rust

Hacía mucho que no colgaba una buena canción, y últimamente determinadas personajillas me han bombardeado a música, así que tenía donde elegir.

Sin más, cuelgo una canción preciosa del grupo Poets of the Fall: Carnival of Rust (como siempre, adjunto letra y traduccion)

Nosmalmente os diría ue el videoclip da igual, que oigais la cancion y punto, pero es que el videoclip tambien se sale. Os ruego que le deis una oportunidad y lo oigais entero (Gracias Dev por pasarmelo :3 ):



Lyrics:

D' you breath the name
of your savior in your hour of need
n' taste the blame
if the flavor should remind you of greed
of implication, insinuation and ill will
till' you cannot lie still
in all this turmoil
before red cape and foil
come closing in for a kill

CHORUS:
Come feed the rain
cos i'm thirsty for your love
dancing underneath the skies of lust
yea, feed the rain
cos without your love my life
ain't nothing but this carnival of rust

it's all a game, avoiding failure
when true colors will bleed
all in the name of misbehavior
and the things we don't need
I lust for after no disaster can touch
touch us anymore
and more than ever
I hope to never
fall, where enough is not the same it was before

CHORUS:
Come feed the rain
cos i'm thirsty for your love
dancing underneath the skies of lust
yea, feed the rain
cos without your love my life
ain't nothing but this carnival of rust

Don't walk away, don't walk away, oh
when the world is burning
Don't walk away, don't walk away, oh
when the heart is yearning
Don't walk away, don't walk away, oh
when the world is burning
Don't walk away, don't walk away, oh
when the heart is yearning

Traducción:

Susurras el nombre
De tu salvador en tu tiempo de necesidad
Y saboreas la culpa
Si el sabor te recuerda la avaricia
De la implicación, insinuación y un deseo malsano
Hasta que no puedas mantenerte en pie
En todo este tumulto
Ante la capa roja y el brillo
Se acerca para matar

ESTRIBILLO:
Ven, alimenta la lluvia
Porque estoy sediento por tu amor
Bailando bajo los cielos de la lujuria
Si, alimenta la lluvia
Porque sin tu amor, mi vida
No es más que este carnaval de óxido

Es todo un juego, evitar el fracaso,
cuando los verdaderos colores sangren
Todo en nombre del mal comportamiento,
y las cosas que no necesitamos
Ansío para que ningún desstre pueda tocarnos
Tocarnos nunca más
Y más que nunca
Espero nunca
Caer, donde suficiente no sea lo mismo que fue antaño

ESTRIBILLO:
Ven, alimenta la lluvia
Porque estoy sediento por tu amor
Bailando bajo los cielos de la lujuria
Si, alimenta la lluvia
Porque sin tu amor, mi vida
No es más que este carnaval de óxido

No te vayas, no te vayas, oh
Cuando el mundo arda
No te vayas, no te vayas, oh
Cuando el corazon se desespere
No te vayas, no te vayas, oh
Cuando el mundo arda
No te vayas, no te vayas, oh
Cuando el corazon se desespere
__________________________________


Como veis, sigo en mi línea de canciones tristes... '^^

Espero que os haya gustado

Anniversary

Cuando uno llega a la nada despreciable cantidad de 50 entradas, solo tiene una cosa que decir:



Gracias a todos


Gracias a ti


A ti


A ti



...





No, a ti no

martes, 20 de noviembre de 2007

sábado, 17 de noviembre de 2007

Just a matter of balance...


(El Kanji significa "Vida")

jueves, 15 de noviembre de 2007

Three Moons

Tres lunas ya...

Tres lunas han contemplado mis pasos desde que quedé vacío...

Tres lunas han brillado con arrogancia ante mi creciente languidez. Ante la antagonista oscuridad que se cernía sobre mí.

Tres lunas me han visto sangrar sin tener ninguna herida. Me han visto gritar a pleno pulmon con mis labios sellados. Me han visto caer de rodillas mientras caminaba día a día.

Luna de soledad

Que me viste derramar las primeras y más amargas lágrimas. Que retiraste el velo de mis ojos, mostrandome la más cruel de las verdades. Tu brutal sinceridad me arrebató lo que más preciaba. Tu macabra conspiración me dejó yacer sobre mi lecho de angustia. Maldita seas, por ser la primera de las Lunas que me vio caer.

Luna de miseria

Que me iluminaste con tu dolorosa luz. Que me cegabas con tu resplandor y me sumías en tinieblas sin él. Tú, que no dejabas de orbitar sobre mí, recordándome lo ocurrido. Que invadías el sagrado santuario de mis sueños, empañando mis sábanas con lágrimas. Maldita seas por turbar mi cordura.

Luna de sangre


Tú... la más retorcida de todas, que me llevaste de nuevo ante mi destino. Que me obligaste a admitir mi derrota. Tú, que eclipsaste la luz de los astros que traían luz a mi camino. Que amenazas con destruirme, que amenazas con hacerme verla de nuevo.

Maldita seas tu sobre todas las demás, por permitirme seguir contando Lunas

miércoles, 14 de noviembre de 2007

The Nether, Chapter V: Just a Mask [Preview]

Dimahl se acercaba a Guardaluz.

A diferencia de Nocheeterna, no había ningún límite que te asegurara que entrabas, pero él lo estaba sintiendo.

Ya no había crepúsculo. El cielo brillaba con una intensidad que el Nero jamás podría haber aventurado. Caminaba sobre la cada vez más verde y mullida hierba con los ojos entrecerrados. Esos ojos negros que, acostumbrados durante tanto tiempo a la penumbra, se estaban resintiendo. Y eso era una lástima porque aquel lugar merecía ser observado: infinitos prados de un color verde esmeralda con flores de todos los colores imaginables; bosques de árboles tan variados e inmensos que sus copas podían cubrir el mismo cielo; lagunas y estanques de aguas tan claras como un espejo; y todo ello aderezado con una fauna distribuida de manera homogénea y en armonía con aquellos que poblaban ese edén.

Al igual que en Nocheeterna, había unas cuantas estructuras artificiales salpicando Guardaluz. Sin embargo, al contrario que en el territorio de los Nero, su arquitectura era extremadamente elaborada y exquisita. La primera que pudo otear Dimahl era un edificio blanco gigantesco de paredes lisas y con anchas columnas que sostenían es techo triangular. El Nero recordó la conversación con Nahara: “Quizás en la Biblioteca encuentre algo que nos pueda ayudar...”, suspiró, “No puedo creer que me hayáis convencido...” Dimahl sonrió y se echó para atrás en la silla de la taberna.

No tardó en comenzar a ver a los habitantes de Guardaluz: los inmaculadamente ataviados Bianco y los, al igual que en Nocheeterna, variados huéspedes. Dimahl no podía dejar de sentirse algo ajeno a todo aquello a medida que comenzaba a introducirse en aquel paraíso prístino.

Pero antes de que se introdujera en la escasa multitud, un ruido extraño sobresaltó al Nero.

- “¿Guau?” – interpretó Dimahl, deteniéndose y arqueando una ceja, extrañado.

El sonido volvió a repetirse. Dos veces. Y cada vez se oía más cerca.

- ¿Pero qué...? – miró a su alrededor y descubrió la fuente de ese sonido.

De una pequeña laguna cercana, una criatura cuadrúpeda corría hacia Dimahl, galopando con la boca abierta y la lengua fuera, ondeando al viento. Se trataba de un animal de tupido pelaje blanco, con una enorme mancha gris en un lado de su lomo. A cuatro patas medía casi un metro de altura, y corría a toda velocidad hacia el guardián moviendo su peluda cola. Dimahl, sorprendido por ese aparente ataque, adoptó una posición de guardia.

- Maldita sea, ¡Mi guadaña! – el Nero apretó los puños, echando en falta su arma. Miró a su alrededor rápidamente: nadie se había percatado de ellos.

Sus posibilidades ante un posible ataque de aquella criatura eran dos: transustanciarse en Nero para defenderse y delatarse estrepitosamente o pedir ayuda y quedar en ridículo. Ninguna de las dos opciones le gustaba en absoluto, y para cuando quiso pensar una alternativa, le bestia se había detenido ante él.

El enorme perro estaba sentado frente a él, moviendo el rabo con efusividad, con la lengua fuera y jadeando ruidosamente. El guardián se quedó inmóvil, desconcertado, mirando a los inexistentes ojos del animal, ya que se los tapaba su flequillo.

- Ehm... ¿Hola? – Dimahl habló casi por instinto, a sabiendas que obtener respuesta era obviamente imposible.

Como “respuesta” el perro gimió levemente ladeando la cabeza. El Nero suspiró dejando caer sus brazos hacia delante. “Empiezo a odiar este sitio...” murmuró.

- A ver, chucho – Dimahl señaló al perro al dirigirse a él. Éste levantó las orejas y guardó su larga lengua en su boca - ¡largo de aquí, estoy ocupado!

El animal se puso en movimiento una vez más, olisqueando los pies del guardián. Una vez hubo husmeado lo suficiente, se alzó sobre sus dos patas traseras, apoyando las delanteras en el pecho de Dimahl y ladrando ruidosamente.

- ¡Te huele el aliento, bestia inmunda! – el Nero retrocedió te inmediato con cara de repulsión - ¿¡Pero qué diablos te pasa!?

El perro siguió mirándole por debajo de su peludo flequillo moviendo el rabo con euforia. De nuevo, el guardián suspiró.

- Esto es una pérdida de tiempo... – se dio la vuelta y reemprendió la marcha.

Muy a pesar de Dimahl, el perro no dejaba de seguirle. A través de los floridos campos de Guardaluz, el animal no dejaba de correr a su alrededor, ladrándole y llamando su atención.

- Maldita sea...

El Nero apretó los dientes mirando a su alrededor: el perro no sólo había conseguido llamar su atención, sino la de todo aquel que les rodeaba. A cada paso que daba más y más ojos se clavaban en ellos. Los de las almas residentes de Guardaluz, con curiosidad. Los de los Bianco, miraban de manera inquisidora. Dimahl se veía obligado a bajar la mirada demasiado a menudo para ocultar sus ojos al resto de guardianes. Pero algo iba mal: el perro había dejado de ladrar, tan solo le seguía, y cada vez más Bianco le miraban de manera acusadora. Apenas levantaba los ojos del suelo, eso no le podía estar delatando. Entonces, ¿por qué...?

De repente, Dimahl se detuvo en seco, sorprendido de su propia estupidez. Sus ojos, abiertos como platos, miraban el vacío más absoluto, ya que una idea apareció en su mente, ocupándola por completo. Una idea arrolladora como una tromba.

“La cicatriz...”

No se había molestado en ocultarla. No sabía como justificarla ante los demás. Nahara no le advirtió. Había sido descubierto sin tan siquiera haber empezado.

“No... No... ¡No!”

Miraba con nerviosismo a su alrededor, donde cada vez más ojos se clavaban en su rostro marcado. Sabía lo que les ocurría a aquellos que desobedecían decretos del Juez, y él había faltado al más estricto de todos. Su mente se nubló. Fue inundada por horrorosas ideas que obnubilaron sus sentidos. Su cabeza funcionaba a toda velocidad. Debía buscar una escapatoria segura. ¿Para él? No... Nahara también estaba. “¡Maldición!” Debía ser una escapatoria para ambos. Si no hubiera sido por él, ninguno de los dos estaría metido en aquel embrollo. Dimahl, sin darse cuenta, cayó en una espiral de pensamientos que le estaba ahogando. Debía huir de allí. Ir a Nocheeterna. Avisar a Nahara. Pero para cuando lo intentara tendría a todos los Bianco en su contra y los oídos del Juez estaban por todas partes.

Finalmente, alguien se dirigió a él, sacándole de su angustia actual para, quizás, sumergirle en otra peor.

- Eh, tú. ¿Por qué vas así?

lunes, 12 de noviembre de 2007

Ay, rezagados...

Como muchos sabreis, de mi relato "Follow the Leader" hice un concurso de fanarts y bla bla bla.

Pues bien, segun aquel post el plazo para enviarme los dibujoncios acababa el pasado dia 10 de Noviembre, pero como ha habido pocos interesados en participar (ajiem...) y gente como Siltha o Deed han ido escasas de tiempo libre, voy a ampliar el plazo un mesesico mas. Así, el dia 10 de diciembre se recopilarán todos los fanarts y se entregaran los resultados a los que hayan participado (la verdad es que quedaria bien como regalo de navidad x) ). Espero que a los recien llegados a mi blog, lean el relato y se animen, que hay regalo seguro :P

Como colofón final, adjunto el dibujo que me ha pasado Darja y que, por cierto, me encanta!!



Todo dibujo que se envie, sin importar su calidad será puesto en la preparación final (creedme, cualquier garabato hace muchisima ilusion). Espero que mucha gente se anime!!!

P.D. Secun, tu fanart tambien es genial y lo escanearé proximamente, te doy mi palabra
x)

domingo, 11 de noviembre de 2007

Ya no hay vuelta atrás: Somos frikis

Pote hizo una reflexion que me gustó mucho:

"Ser friki es como la religión cristiana:

- Cuando somos pequeños, está el bautismo, es decir, crecer con Dragon Ball
- Cuando crecemos, ir habitualmente a Ateneo y llevar la vida que llevamos es el equivalente a la comunion
- Pero la confirmacion... La confirmacion es el Salon del Manga"

Jodidamente de acuerdo

Efectivamente, "esa gemte" en su mayoria y unos cuantos agregados hemos ido al salon del Manga 2007 (véanse posts varios en los respectivos blogs xD). Yo no iba a ser un borrego menos si no pusiera los pertinentes videos y chorradas varias.

Bien, contextualicemos:

Debido a problemas de organzacion varios y vuyos responsables no vienen a cuento, verdad?, Pote y yo fuimos a un hotel distinto al del resto de mortales. (Video pendiente). En cualquier caso, procedimos a los cosplayamientos, cosplayaciones y cosplayadeces:





Tres comentarios posibles al respecto:

1: Echo en falta a Bertin Osborne
2: A veces me doy miedo a mi mismo
3: Somos mas chulos que un ocho

El cosplayarnos, dio lugar a reflexiones varias, del calibre de:

(Traduccion de la voz en off: "Entonces, si me estoy poniendo hasta las trancas, me estoy comiendo a la fuerza?")

El siguiente paso: pasearnos por el jodido hotel con el cosplay a cuestas:



- Cosplay: Varios euros
- Tren: 3x raiz de pi euros
- Hotel: chorrosopotocientos euros
- Ver la cara del recepcionista, al vernos a Pote y a mi acercarnos cosplayadisimos para dejar la llave...NO TIENE PRECIO

Pero aun quedaba otro trance... el metro para llegar al salon propiamente dicho:



Por la calle tambien nos decian cosas: algunos nos tarareaban canciones de star wars, bakalas decian "lashdfóihwar´vlnso´ñgivnqwrv", esas cosas...

Pero tuvo que ocurrir...

Pote es un Jedi

Yo soy un Sith

Tenia que ocurrir



Inciso 1: reconozcase nuestro merito, fue completamente improvisada
Inciso 2: espero que no se notara mucho el momento en que MI ESPADA QUEDA COMPLETAMENTE DOBLADA por un instante
Inciso 3: maldigo a esos que paseaban tranquilamente, jodiendo el climax, por no hablar de la musiquilla... >.<'
Inciso 4: lo de que nos levantemos tan campantemente despues de habernos matado es porque somos no-muertos, ¡¿ALGUN PROBLEMA!?

Como colofón final, la PRIMERISIMA (de un total de cuatro... >.<')foto que nos pidieron:


Gracias a Arnau Salvador Cegri por enviarmela!

Nótese que cubria mi cara con la capucha para evitar que la camara reventase...

En fin, eso ha sido parcialmente todo...

No me/nos juzgueis!!

ñaaaaa...

Sé que hace más de lo debido que no posteo nada, pero es que ultimamente mi cerebro es una piedra solida, inerte e infertil... Pero que sepais que sigo rumiando continuar mi relato y que no dejo de pensar cosas que poner por aqui, ahora que parece que mas gente empieza a leerme (Vorian, Koopa, eso va por vosotros, que querais o no, hace una ilusion de la jostia) En fin, me despido, no sin antes...


(Pulsar para ampliar, que se ve un poco ñaja... >.<')

martes, 23 de octubre de 2007

The Nether, Chapter IV: Poetry

Nocheeterna.




Donde lo único que brilla es la luna reflejada en las guadañas de los Nero.

Cualquier descripción hablada se quedaba corta en la presencia de aquel lugar.

Las enormes puertas de piedra estaban ornadas con macabros grabados de pequeños demonios torturando a humanos en cuyos rostros se reflejaba quizás demasiado bien su sufrimiento. Tanto es así, que Nahara hizo una mueca de dolor cuando las puertas se abrieron, ya que el chirrido del rozamiento de éstas evocaban gritos y gemidos de agonía.

“¡¿Ir a Nocheeterna!?” Recordó la propuesta de Dimahl, para intentar saber cuando hubo sido convencida para aquella locura.

Nahara atravesó las puertas, cubierta casi enteramente por la parca, como le aconsejó el Nero, y sosteniendo firmemente su recién adquirida guadaña. Otros dos miembros de ese mismo clan flanqueaban la entrada de su territorio. “Esos inútiles sólo cruzarán sus guadañas cuando quieras salir de allí”, dijo Dimahl. Efectivamente, los Guardianes tan sólo siguieron a Nahara con sus ojos cubiertos bajo sus respectivas capuchas.

“Esto funciona así” las palabras de Dimahl resonaron de nuevo en su mente, “Yo voy a Guardaluz y tu a Nocheeterna, ¿qué te parece?”

“Me parece que habéis bebido demasiado...” respondió ella “¿Sabeis lo que nos puede ocurrir si el Juez nos descubre?”

Dimahl se inclinó sobre la mesa, con una macabra sonrisa “Pequeña, yo mismo me he encargado de ajusticiar a aquellos que han desobedecido las sentencias del Juez”

“Razón de más pues. Es una locura” Nahara creyó concluir aquella conversación, pero el Nero no lo creía así.

Nahara avanzó dubitativa por los arenosos terrenos de Nocheeterna cubiertos de niebla, vislumbrando las escasas, aunque horriblemente siniestras estructuras de aquel lugar. La primera y más vasta de todas era una gigantesca torre de arquitectura amorfa e irregular que se alzaba a unos quinientos metros de las puertas de Nocheeterna. Se trataba de una colosal estructura más ancha en su base que en su cima, como si fuera un dedo podrido de la misma tierra que intentara escapar de su corrupción. Había, además, algo peculiar en aquella torre: toda la niebla de Nocheeterna parecía concentrarse en su cima, si bien no se podía percibir a ciencia cierta si la niebla entraba por la torre o salía de ella. “La Torre de la Redención”. De nuevo, Dimahl volvió a ser recordado. “No te recomiendo empezar tu visita por ahí, pequeña... Demasiado...” se pensó unos instantes el final de esa frase “fuerte, quizás... para una primeriza” y el Nero esbozó aquella irritante sonrisa que le caracterizaba una vez más.

Nahara pasó de largo, siguiendo el consejo se su particular socio. Tuvo que esquivar a algunos miembros del clan Nero que iban y venían de la Torre, todos cubiertos con su parca por completo. Nadie, para el alivio de Nahara, pareció percatarse de su presencia en absoluto.

“El concepto que tienes que los mortales es bastante equivocado, Nahara. No tienes ni la más remota idea de lo que son capaces de hacer aquellos a quien sirves con tanta devoción” Dimahl seguía apoyado sobre la mesa, mirando de manera penetrante a la Bianco.

“¿Y qué se supone que ganas tú...? Se os ve demasiado interesado...” repuso ella, escéptica.

Dimahl se echó hacia atrás recostándose sobre la silla y se cruzó de brazos, apartando la mirada. “Yo quiero saber si realmente una vida puede llegar a valer la pena. Es sólo eso”

La Bianco se extrañó de no ver apenas a nadie por ninguna parte, salvo a algún que otro Nero que iba de un lugar a otro en un silencio sepulcral. “No esperes ver reos en cualquier parte”

“¿Reos?”, respondió ella

“Así llamamos a las almas que nos envían, ¿qué esperabas?” Nahara miró perpleja a Dimahl no tanto por el despectivo nombre que les daban a los habitantes de su territorio sino por la brutal indiferencia con la que éste se refería a ellos.

Nahara siguió caminando sin vacilación, para no levantar sospechas, hacia donde el Nero le había recomendado ir primero. “Allí estarás bastante... tranquila.” La Bianco llegó hasta la entrada de un recinto cerrado de paredes grises cuya anchura era imposible limitar a simple vista. En su entrada, flanqueada por dos antorchas que ardían furiosas, había un único Nero, cuya guadaña cruzaba la puerta, impidiendo tanto la entrada como la salida. Sin embargo, cuando éste vio aproximarse a Nahara, apartó su arma de la entrada y asintió levemente. Ella le devolvió el gesto y, sin dudar un instante, entró. El interior de aquel lugar la desconcertó un poco.

Aparte del árido suelo, y de los habitantes de Nocheeterna, si bien Nero o reos, no había nada más.

“El Abismo del Desesperado”, así lo llamó Dimahl. “No te dejes engañar por lo que veas. Aquello, para los reos, es un maldito laberinto.” Nahara se adentró, observando curiosa a su alrededor. Y lo que vio la sobrecogió.

Había unos cuantos Nero aquí y allá, y el resto, que superaban a los guardianes en diez contra uno, se hallaban distribuidos de manera mas o menos homogénea por aquel lugar. Pero, contrariamente a la solemnidad y la quietud de los Nero, los reos presentaban comportamientos muy dispares e inquietantes. “Allí son enviados aquellos que ya no pueden ser torturados más de lo que ya están”, explicó Dimahl. “Esto es, los chalados” Al parecer, según le contó a Nahara, aquel lugar era para aquellos cuya propia mente ya se consideraba tortura suficiente para toda la eternidad. Así, donde los Nero veían un solar completamente abierto, los cautivos veían un laberinto de acechantes paredes donde vagarían ahogándose en su propia desesperación hasta el fin de los tiempos.

Algunos de los reos golpeaban las paredes, invisibles para Nahara, sin dejar de gritar incoherencias. Otros corrían histéricos de un lado para otro, golpeándose entre ellos y contra las paredes. Los había también completamente quietos, en estado catatónico, o hechos un ovillo en el suelo o acuclillados abrazados a sus rodillas y balanceándose hacia delante y hacia atrás, repitiendo mecánicamente una única frase o palabra. Por otra parte, los Nero simplemente observaban, impasibles a los gritos y las increpancias de los reos, que les tildaban de demonios o de encarnaciones de la muerte. A medida que Nahara avanzaba, incluso podía oír alguna risa gutural y burlona procedente de los guardianes.

La Bianco comenzó a mirar a su alrededor en busca de alguien para empezar su particular investigación. Así, no tardó en fijarse a quien presentaba un comportamiento menos compulsivo aunque no menos extraño. Se trataba de un hombre que rondaría la cuarentena, de escaso pelo negro azabache. Estaba sentado en el suelo, rodeado por una larguísima tira de pergamino de varias decenas de metros, en cuya superficie no había más que renglones tachados de palabras ininteligibles para Nahara. El hombre parecía estar escribiendo de forma compulsiva pero cíclica: escribía, gruñía por lo que acababa de escribir, lo tachaba, y volvía a empezar. Cuando la guardiana se acercó, apenas le dirigió una rápida e indiferente mirada.

- Largo. Espantáis mi inspiración. – la voz del hombre era grave pero temblorosa, y su insolencia hizo que Nahara recordaba irremediablemente a Dimahl.

- ¿Quién sois, reo? – la Bianco intentó sonar con la misma indiferencia de los Nero.

- Higfried es mi nombre, la poesía es... fue mi vida... – al reo hacer esa mención pareció molestarle.

- No parece... – Nahara observó la interminable tira de pergamino – que se os diera excesivamente bien, poeta. – Higfried miró ofendido a la guardiana durante un instante, y volvió a su quehacer. – Contadme vuestra historia.

- ¿Y si no lo hago...? – la respuesta del reo sonó muy desafiante, a pesar de que no hubiera apartado el rostro de su pergamino.

La respuesta de Nahara fue más contundente: con un firme movimiento, puso la hoja de su guadaña en el cuello del poeta, de manera que, además de suponer una más que obvia amenaza, impidiera al reo ver su pergamino. Éste dejó caer la pluma con la que escribía y se alzó y dirigió curioso sus ojos marrones hacia la guadaña y la Nero.

- Está bien... - Suspiró y comenzó a hablar - Desde pequeño, siempre admiré las palabras de un poeta. Devoraba libros hasta altas horas de la mañana, lo cual siempre turbaba a mis padres, pero a mí me daba igual. Cuántas lágrimas derramadas ante los versos de quienes eran capaz de plasmar imposibles emociones en un pedazo de papel... – había un deje de melancolía en la voz de Higfried – Estudié Literatura y Bellas Artes en la universidad, donde creció mi inquietud por la palabra escrita, al conocer a algunos de mis autores predilectos, para los cuales tuve el inmenso honor de ser su alumno.

>> Allí, además, conocí al amor de mi vida... – en su expresión apareció por un instante una sonrisa de añoranza – Se llamaba Isabella y, podría definir nuestro primer encuentro como un flechazo. La enamoré con mis mejores versos, por los cuales yo era capaz de pasar noches en vela. Aún recuerdo nuestro primer beso... – cerró los ojos unos instantes y los volvió a abrir – La vida parecía sonreírme: estaba con la mujer amada y comencé a trabajar para una editorial interesada en mi obra. Pero... como muchos de los autores que leí durante mi vida escribieron, la felicidad puede ser tan fugaz como el latido de un corazón.

>> Y poco después de que contrajéramos matrimonio y comenzáramos a vivir juntos, ocurrió. – Higfried cerró de nuevo los ojos, aunque esta vez con amargura – Mi inspiración me abandonó por completo. Era incapaz de completar una sola estrofa decente. La editorial amenazaba con despedirme si no cumplía con los plazos de entrega de mis obras y ello me sumió en una terrible depresión. Y mi esposa, la persona a la que más amaba en este mundo no parecía inmutarse por ello. Cada vez la notaba más fría y distante hasta que... – apretó los puños sobre los trozos de pergamino – la encontré en nuestro lecho marital con otro hombre.

>> Él consiguió escapar por la ventana, dejándome a solas con mi adúltera esposa, que se cubría la desnudez con mis propias sábanas. Ciego de rabia, corrí hasta la cocina y tomé el cuchillo de la carne. Cuando volví a nuestro cuarto ella estaba vistiéndose – Higfried rió con ironía – Con el cuchillo en la mano la cogí del cuello y la tiré en la cama. La hice mía una última vez, a la fuerza, motivazo por sus gritos desgarradores. Y luego – la expresión de su rostro se tornó en una mueca macabra; Nahara, que hasta entonces escuchaba con atención, se estremeció – clavé el cuchillo en su garganta.

>> La sangre manaba a borbotones... – la macabra sonrisa de la cara del poeta se acentuó – Y de repente – su voz se suavizó considerablemente – volví a sentirme inspirado... Fue así de simple... Corrí a por mis retazos de papel, pero descubrí que no tenía tinta. – Volvió a sonreír – El siguiente paso fue bastante obvio... Volví a al cuarto, con varios tarros vacíos de tinta y cogí a mi difunta esposa por el pelo para que su infecta sangre se derramara sobre los tarros. Poco a poco. ¿Sabéis? – dirigió su macabra sonrisa hacia Nahara – aún agonizaba cuando los llenaba. – dicho esto, Higfried rió con sorna.





>>Oh, aquel poema fue tan hermoso... a la editorial le encantaron mis nuevos versos – prosiguió, con melancolía - ¿Cómo eran...? “Por ti. Porque me envenenaste desde el primer momento” – se quedó pensativo unos instantes – “Acabaste con el amor de quien, con toda seguridad, más te quiso como quien patea un guijarro dispuesto en su camino” Ah, no lo recuerdo bien... – Higfried hizo un gesto de indiferencia. – Aquellos payasos de la editorial ni siquiera se preguntaron por qué la tinta era roja. – se sonrió – “El poeta carmesí”, así me apodaron, y así titularon mis libros a partir de ese momento.

>>Lo más divertido es que mi particular tinta se acabó. Abusé demasiado de ella, aparentemente... Así que tuve que, digamos, reponerla. Las damas se mueren por los poetas, ¿sabéis? – volvió a dirigirse a la estupefacta Nahara – Siempre las tomé, con o sin su permiso... Siempre con un cuchillo en la garganta... Siempre siguen vivas cuando lleno los tarros... – Higfried rió de nuevo – y bueno, acabaron descubriéndome... Bah, me suicidé en la cárcel.

Nahara observaba al poeta carmesí completamente absorbida por su espeluznante relato, sin sentirse capaz de pronunciar una sola palabra.

- Sois... sois despreciable... Un maldito asesino... – consiguió decir la Bianco
Higfried dio un paso hacia ella. Nahara alzó la guadaña de nuevo.

- Y vos – el reo clavó su mirada en los ojos de ella – sois muy hermosa... Vuestras manos tiemblan, ¿sabéis? – con un rápido movimiento, Higfried agarró la guadaña e hizo fuerza para arrebatársela a Nahara – Hace décadas que no escribo un poema decente... – una vez más, aquella macabra sonrisa se dibujó en el rostro del poeta, mientras conseguía empujar a la guardiana hasta hacer que cayera al suelo, quedándose él con la guadaña en las manos – Me pregunto... – Higfried se relamió – qué escribiré con vuestra sangre...

Nahara observaba, paralizada por el terror, cómo el poeta avanzaba hacia ella, con su propia arma, sin saber cómo hacer para que ésta la obedeciera.

De repente, Higfried se detuvo y dejó caer la guadaña.

Y su rostro se torció en una mueca de dolor. Agachó la cabeza para mirar a su vientre: había sido atravesado por la hoja de una guadaña. El reo se convulsionó, y antes de que cayera al suelo, la hoja se retrajo de su estómago y el Nero que la blandía apareció tras él. Éste, con un rápido movimiento, se dispuso frente a Higfried, dándole la espalda, y le golpeó con una fuerza brutal con el mango de la guadaña. El reo cayó varios metros tras el Nero. Cuando llegó al suelo, su cuerpo se disolvió en neblina.

Nahara observó lo ocurrido atónita, y seguidamente miró al autor del ajusticiamiento con, si cabe, aun más temor: iba a ser descubierta.

El encapuchado Nero que la había salvado y condenado al mismo tiempo permaneció unos segundos en la misma postura con la que había golpeado al poeta. cuando se irguió de nuevo, parte de su rostro se hizo visible. Nahara pudo ver el extremo de una cicatriz en la comisura izquierda de los labios del guardián.

- Pobre pequeña insensata...

- No... – Nahara no se lo podía creer

El Nero apartó su capucha. Dimahl miró severamente a la Bianco.

- ¿¡Es que no sabéis escuchar!?

- Dimahl... – la voz de ella se había convertido en un sollozo.

Nahara corrió hacia él y se abalanzó a sus brazos. Dimahl, al principio un poco confundido por aquel inusual gesto por su parte, acabó suspirando y sonriendo.

- No os hagáis ilusiones... No os voy a volver a besar... – el Nero rió suavemente

Cuando ambos se separaron, Dimahl pudo ver cómo un par de lágrimas de plata se escapaban de los ojos de Nahara. Suavemente, los enjugó con su dedo y se separó de ella. La Bianco no se atrevía a mirarle a los ojos.

- Me marcho de aquí. Tened cuidado, no me apetece tener que estar detrás de ti todo el rato. Tengo una reputación que mantener. – Dimahl dibujó su típica sonrisa socarrona antes de darse la vuelta

- Gr-Gracias... – Nahara apenas susurró esa palabra cuando el Nero ya hubo dado unos cuantos pasos.

Dimahl se detuvo unos instantes, sin darse la vuelta, dubitativo. Pero decidió seguir andando sin responder.

Nahara, aun sobrepasada por lo sucedido, se agachó para recoger su guadaña, recordando un retazo más de la conversación con el Nero en la taberna.

“Ándate con ojo. A veces lo único que nos diferencia de los reos es que nosotros llevamos guadaña y ellos no. Así que trágate esa estúpida arrogancia de Bianco que tienes y mira por donde andas.”

“¿O cómo te crees que me hice esta cicatriz...?”

domingo, 21 de octubre de 2007

Torn Veins

Cada vez resulta más dificil alzarse del lecho

Sigues ahí, muy a mi pesar

Si te veo, todo mi cuerpo clama venganza... contra sí mismo

Si noto tu ausencia mi mente la llora amargamente

Esto debe ser lo que llaman "amor" supongo...

Pero qué poco compensa

Aunque a lo mejor soy sólo yo, quién sabe...

Quizás el peso de lo sucedido nubla mi juicio...

El hecho de que la felicidad de los demás la tome como una burla contra mí...

Debe de ser cosa mía, ¿no es así?

Aunque juro, de todo corazón...

Que me duele más sentirme así por aquellos que se preocupan de mí que por mí mismo

Y ello hace que me sienta peor...

Y así, la espiral da otra vuelta más

Y así ha sido, dese hace más tiempo del queme interesaría recordar

Vueltas, vueltas y más vueltas a un mismo punto

Tantas vueltas, que uno se marea

Y cae

Y se abren heridas

Algunas son solo rasguños

Otras más bien no

Otras son profundas y sangran profusamente

El dolor es muy fuerte a veces, y te impide dar la siguiente vuelta

Otras veces consigues dar el siguiente paso

Entonces, lo dificil es no resbalar con tu propia sangre

Y en el suelo, uno ha de levantarse

Entonces, surge otra coyuntura

Porque puede llegar a surgir que no puedas levantarte nunca más

Aunque, a veces, lo que sucede

Es que dejas de querer levantarte

miércoles, 17 de octubre de 2007

Time-stopper's deed



Y así son las clases de Edafología habitualmente...

(Basado en hechos reales)

martes, 16 de octubre de 2007

El Herbario, Capítulo 1: ¡Champi-Squad!














Si... The End... y un güito.....


Pues no nos queda ni nah...


Chu Bi Continui

domingo, 14 de octubre de 2007

Chapter III: A Deal

Latvian se arriesgó y ganó. Llevaba ya demasiado tiempo patrullando Nocheeterna y un día decidió cambiar.

Le encantaba su trabajo, pero con el tiempo había acabado siendo tedioso para él. Además, se dio cuenta de que en su existencia no había más que una constante vigilancia del territorio del clan Nero y que así se sentían muchos de sus compañeros. Latvian había conocido a muchas almas en pena en aquel agujero, y muchas veces (más de una a contra voluntad) había oído sus historias. Y llegó un tiempo en el cual había hablado con tantos y tantos borrachos que habían matado, violado, robado o que se suicidaron, que decidió que tal vez sería una buena idea abrir una taberna.

Un día solicitó una audiencia ante el Juez, para solicitar su permiso. Sorprendentemente, éste accedió, estando de acuerdo en que los Guardianes también merecían un descanso de vez en cuando. La única condición fue que el establecimiento en cuestión debía ser tanto para los Nero como para los Bianco. Ello no agradó mucho a Latvian, pero no dejaba de ser un trato justo. Así pues, tras oír a todos aquellos beodos acerca de sus néctares preferidos, Latvian poseía el conocimiento necesario para destilar sus propias bebidas. De nuevo, solicitó al Juez que le dejara extraer los ingredientes en cuestión de los jardines de Guardaluz, argumentando que la mayor parte de las tierras de Nocheeterna eran yermas. Una vez más, éste accedió y por primera vez a un Nero se le permitió entrar en Guardaluz, no sin cierta reticencia por parte de los Bianco. En cuanto a las herramientas para la destilería, a Latvian le resultó curioso cuán útiles llegaron a ser algunos de los instrumentos de tortura de las mazmorras de Necheeterna (el aplasta-cráneos dio muy buenos resultados con los racimos de uvas).

Así, con la “voluntaria” ayuda de algunas almas esclavas de su territorio, construyó un modesta pero bien avenida taberna en la Bifurcación del Río de las Almas.

Aquella noche estaba especialmente llena, mayoritariamente miembros de los Nero. Al parecer había habido una sublevación de almas de antiguos Cruzados que alegaban que aquel no era lugar para ellos, que merecían el “paraíso”. A Latvian siempre le hicieron gracia aquellos devotos perdedores que llegaban con la esperanza de un lugar mejor tras haber acabado con decenas de vidas.

La puerta se abrió con más violencia de la habitual. No hizo falta apartar la mirada de las jarras que el tabernero estaba limpiando para saber quién había entrado.

“Maldito Dimahl...”

El descarado Nero irrumpió en la taberna y lanzó con un gesto firme la guadaña hacia su derecha, quedando ésta ensartada en la pared, justo al lado de unos Bianco que protestaron y, como venía siendo habitual en Dimahl, fueron completamente ignorados. Éste fue derecho a la barra del recinto y se puso frente a Latvian. El tabernero era algo mayor que Dimahl, y así lo demostraba su canoso pelo y su barba que, pese a sobresalir del mentón, no era excesivamente larga, pero ello no suponía que éste le respetara más que a cualquiera.

- Sírveme algo fuerte, viejo. Hoy ha sido un día de perros... – vociferó el Nero al tiempo que se sentaba en uno de los taburetes – Esos engreídos desgraciados... ¡¿Te puedes creer que querían salir de Nocheeterna porque sí?! Que no lo merecían, decían. Yo sí les di su merecido – Dimahl sonrió.

- Mi día no esta siendo mucho mejor, niñato – le espetó Latvian mientras le sirvió la bebida en una jarra de cristal – Me estorbas en la barra. Largo.

- Oh, venga, Lat... – protestó Dimahl - ¡Todo el maldito tugurio está a reventar! ¡No tengo otro sitio donde ponerme!

- Veo uno desde aquí – el tabernero señaló con la cabeza una silla de una mesa en la que había una Bianco solitaria que miraba distraída su vaso lleno de un líquido transparente.

- Estarás de broma... - repuso Dimahl

- Largo

No había mucho que discutir al respecto. Con un chasquido de lengua y un suspiro, el Nero se levantó del taburete, jarra en mano, y se dirigió arrastrando sus pisadas hasta aquella mesa. Tomó la única silla libre y se sentó, apoyando los pies en un lateral de la mesa, ante la mirada perpleja de aquella Bianco.

- ¿Disculpad? – Tenía una voz hermosa y clara. Dirigió sus ojos aturquesados hacia Dimahl

- Yo tampoco quiero estar aquí, pequeña – bebió un largo trago de su jarra – Si tienes algún problema... – para acabar la frase, Dimahl señaló al tabernero.

- Estupendo... – pese a lo poco que le gustaba compartir su mesa, la Bianco sabía que la palabra de Latvian era ley en aquella taberna.

La velada pasó un largo tiempo en silencio en el que ambos Guardianes se ignoraron mutuamente. Todo parecía ir bien, hasta que Dimahl habló.

- ¿Cómo te llamas? – dijo tras observarla un rato sin que ella se percatara.

- No lo considero de vuestra incumbencia, Nero. – la Bianco ni siquiera le miraba, simplemente miraba al vacío.

Dimahl suspiró

- Siempre os he detestado...

Esta vez consiguió captar su atención: ella le miraba de manera fulminante, con los ojos como platos.

- ¿Cómo habéis dicho...?

- Para empezar – el Nero dejó la jarra en la mesa – ahórrate tu absurda hipocresía y tutéame. Te gusto tan poco como tu a mí. – el rostro de la Bianco se iba torciendo por momentos – Y sí, has oído bien: me dais asco.

- ¿Y puedo preguntar el motivo de vuestro... de tu disconformidad para con nosotros? – ella no salía de su asombro ante el descaro de aquel indivíduo

- Vale – Dimahl le hizo una señal con el dedo indice – no tengo ni idea de lo que acabas de decir. ¿Ves? A eso me refiero. – apoyó los codos en la mesa y miró de manera penetrante a la Bianco – vuestra arrogancia, la de todos los de tu calaña es... despreciable, cuanto menos

- Permitidme decir – ella no podía creer que estuviera participando en aquella absurda conversación – que pese a que no tiendo a tener tratos con los Nero, vuestro... tu comportamiento no dice mucho a favor de vosotros.

- Al menos nosotros no nos escondemos tras nuestra propia pomposidad... – espetó Dimahl

- Y nosotros no somos unas bestias incivilizadas que lo solucionan todo a golpe de guadaña – la Bianco había comenzado a perder la compostura

- Me gustaría veros – el Nero sonrió por no empezar a gritar y repartir golpes de jarra de manera indiscriminada – a cualquiera de vosotros en Nocheeterna, a ver cuánto aguantabais con los que van a parar allí...

- Nosotros tratamos a los nuestros enviados como se merecen. Vuestra brutalidad es injustificada.

Dimahl se echó a reír.

- ¡¿Injustificada!?

- No sé que os hace tanta gracia – la Bianco miró avergonzada a su alrededor. Las risas del Nero habían llamado la atención del resto de clientes y hubiera preferido que nadie la relacionara con él – Nuestros enviados han vivido su vida respetándose tanto a sí mismos como a los que convivían con ellos, sin cometer un solo acto atroz en su vida. Ahora viven felices la eternidad que les espera en este plano, y nosotros velamos por su bienestar. – dirigió sus cada vez más furiosos ojos a Dimahl – Vosotros disfrutáis torturándolos y... cosas peores

- La maldad de nuestro territorio es inmutable, sí – respondió éste – Sin embargo, la bondad del vuestro es tan... – miró divertido a la Bianco – relativa.

- Os equivocais. La bondad de los humanos es tan real como su maldad.

- ¿Y qué me decís de los “grises” entonces? – preguntó Dimahl, perspicaz

La Bianco abrió la boca, pero no dijo nada.

Dimahl suspiró

- El único sino de ambos clanes de Guardianes por igual es estar condenados a conocer sólo la mitad de la historia, pequeña... – su voz sonaba ahora mucho menos acusadora y agresiva, casi melancólica.

- Yo no... – ella sonaba como si se hubiera dado por vencida – no puedo imaginar a los humanos cometer actos... como los que he oído...

- Si vivierais en Nocheeterna, lo que os extrañaría sería que presentaran un mínimo de nobleza – Dimahl tampoco la miraba a ella ahora; ambos tenían la mirada perdida.

De repente, comenzó a mirar a su alrededor.

- Ya nos hemos sincerado. ¿Me concederéis el honor de saber ahora vuestro nombre? – exageró sus buenos modales.

La Bianco suspiró, agotada

- Nahara...

- Encantado, pequeña. Mi nombre es Dimahl y digamos... que tengo algo que proponerte.