No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

viernes, 21 de agosto de 2009

Primus

Aturdido y mareado, el teniente coronel William Gilligan abrió los ojos, pero no le sirvió de nada.

Todo estaba oscuro.

Su mente militar entrenada y disciplinada comenzó a trabajar. Lo primero era recordar qué había ocurrido.

El primer recuerdo fue el más relevante y el primero en aparecer: la Guerra entre palestinos e israelíes. Tel Aviv. El teniente fue enviado como parte de un escuadrón del cuerpo de paz para intentar mediar con ambas partes y ayudar a remediar los daños colaterales. También recordó lo terriblemente irónico que le sonó el eufemismo “daños colaterales” en la sala de briefing del cuartel.

Recordaba el jeep, y a su copiloto y amigo Stewart McMillan. Se dirigían a un punto caliente de la contienda. Pero entonces…

Fue una explosión. Así lo confirmaba el agudo silbido que todavía zumbaba en sus oídos. Aun lo oía. Buena señal: significaba que no había estado mucho tiempo inconsciente.

Desafortunadamente ahí terminaban los recuerdos de lo ocurrido.

Intentó levantarse, pero sintió un crujido y un punzante dolor en su pierna izquierda. Posiblemente rota. Se la tanteó con una mano, pudiendo sentir la viscosa calidez de su sangre y el dolor superficial de la herida externa que ocultaba la rotura de la tibia. Aun así consiguió ponerse en pie, aunque apoyándose contra la arenosa pared de dondequiera que se encontrase,

Ese era el siguiente paso. ¿Secuestrado? No era probable. No notaba movimiento por ser transportado. No oía apenas eco al moverse, pero tampoco sentía que estuviera e un lugar cerrado. ¿Un pasillo estrecho? Miró hacia el techo y vislumbró una diminuta superficie amorfa de luz a unos veinte metros sobre su cabeza. Debió de haber sido un desprendimiento, dedujo, producido por la explosión. El hecho de que sobreviviera a la caída podría deberse a la estrechez del pozo por el que se precipitó, lo cual también explicaría el dolor disperso y las magulladuras producidas por el rozamiento con las paredes.

Una vez analizada la situación quedaba lo más duro: cómo salir de allí.

La entrada del pozo era inalcanzable y menos en su estado. Ni se planteó el gritar, al no saber qué clase de fauna de la caverna podría atraer. Sacó de su cinturón su transmisor, aunque, como supuso, la profundidad de aquel nicho arenoso no ofrecía cobertura alguna. Pero al hablar en voz alta para intentar comunicarse consiguió escuchar, de lejos, un suave eco que revelaba que el pasillo se abría en algún punto de su recorrido.

La negrura frente a él era total, a excepción de la entrada del pozo, allá lejos a lo alto. Sin embargo lo más sensato era explorar la caverna en busca de una posible ruta de escape.

William dio un paso hacia la nada más absoluta, notando que se veía obligado a cojear. Solo se oían los pasos irregulares del militar y su respiración entrecortada por el dolor de su pierna.

Su mente, por otro lado, se mantenía serena a pesar del dolor. La oscuridad, tras haber dado unos pasos, le envolvió por completo. No obstante aquello no melló su ánimo, ya que tenía un objetivo en mente. En la academia militar, años atrás, le enseñaron que cualquier tipo de meta, de motivación, una causa, una simple idea, podrían apartar de su cabeza el miedo irracional. De este modo, concentrándose en escuchar cualquier posible sonido amenazante, consiguió no enervarse.

La oscuridad tenía un extraño efecto sobre el militar, difuminando su percepción del tiempo hasta el punto de no saber cuánto tiempo había andado por el mismo corredor. A pesar de su definida lucidez, el cansancio comenzó a medrar en su compostura. Cojeando siempre apoyado una mano en la poco cambiante pared caminó a trompicones preguntándose cuando alcanzaría la caverna abierta, cuánta distancia había recorrido, cuándo saldría de allí. Qué sería de él si no lo conseguía.

Craso error. Su mente se salió por la tangente de su concentración y comenzó a imaginar las posibles calamidades que le podría ofrecer un lugar así. Intentó apartar de su cabeza las fastuosas ideas que se le estaban ocurriendo. Inanición. Infección de la herida de su pierna. Lo que sea que haya en la caverna…

“¡¡Mierda, basta ya!!”

Por fin alcanzó la abertura del corredor, confirmándolo al palpar cómo se abrían ambas curvaturas del pasillo. Su respiración se había acelerado aun más debido al nerviosismo y la adrenalina que estaba segregando hacía que el dolor de la pierna y las magulladuras pasara al segundo plano. Aunque ello no tenía por qué ser una mejora.

En absoluto.

William desenfundó su arma reglamentaria de calibre 9 milímetros para prepararse por lo que pudiera pasar al decir:

- ¿Hola?

Cometió esa aparente imprudencia por dos razones: la primera y primordial era descubrir si había en aquel lugar alguien más, humano, aparte de él; la segunda era calcular, gracias al eco, la envergadura de la caverna. Y el resultado no ayudó.

“¿Hola?”

Era incalculablemente grande, posiblemente una gran superficie y un techo elevado. Y el problema era que su voz devuelta por el eco no fue lo único que oyó.

Se trataba de un… Lo hubiera descrito como un jadeo, una respiración dificultosa, de no ser porque de ser denominado así hubiera significado que toda la cueva estaba respirando. Era un sonido primitivo, como arrastrado contra la pared arenosa, ilocalizable ya que el eco hacía que te envolviera como un manto de terror en estado puro. Cada fibra del cuerpo de William suplicaba alejarse de aquel lugar, pero un escalofrío recorrió su espina dorsal y pareció convertir en escarcha la sangre de sus piernas. Una vez más, indescriptibles imágenes dieron rienda suelta a la parte más oscura e insana de su imaginación, y cada vez que oía aquel sonido su cordura empeoraba. Tenía que pensar en algo, un plan que lo apartara de esas imágenes. Una fuente de luz, pensó, necesitaba una fuente de luz.

“Pero seré imbécil…”

Bengalas. En su cinturón llevaba un par de cilindros de plástico flexible de unos treinta centímetros de largo que presentan unos de componentes químicos que, una vez mezclados, producen una brillante luz anaranjada. Para que la mezcla se llevase a cabo era necesario agitarlos enérgicamente o darles un suave golpe. William colocó la mano que no sujetaba el arma sobre la suave superficie de la bengala pero… ¿era eso prudente?
¿Resultaba conveniente mostrarse ante lo que quiera que fuera la fuente de aquel ruido?

El militar reflexionó unos instantes y pensó en algo. Con cuidado para no hacer ruido enfundó su arma y sacó las dos bengalas. Con un rápido movimiento las chocó entre sí y las lanzó a dos puntos distintos, ambos frente a sí. Veloz, dio un par de pasos a un lado para volver a ocultar su posición en la oscuridad y volvió a desenfundar su arma para apuntar hacia la luz.

Deseó no haberlo hecho.

La visión superaba con creces cualquier horror que la más macabra de las mentes pudiera llegar siquiera a concebir

Había algo, algo muy grande, en el centro de la cavidad cavernosa. Y si bien era racionalmente imposible pensar que algo siquiera parecido podría ser posible, hubiera jurado que aquello que vislumbraba gracias a la luz de las bengalas fue antaño un torso humanoide gigante. No podía ser. Debía ser una estatua, un coloso. Una caprichosa forma rocosa formada por miles de años de erosión y maltrato…

El militar siguió mirando, hipnotizado, aterrorizado.

Y la razón se fue al carajo.

Se trataba de una criatura enterrada hasta la cintura, dejando ver un torso monstruosamente grande. William apenas se atrevió a estimar una decena de metros de altura. Su piel, si la situación permitía el indiscriminado uso de ese término, era aparentemente de un color marrón oscuro, quizás algo verdosa, podrida aquí y allá, tirante en algunos puntos debido a la corrupción y la descomposición. Sus manos, las manos de “aquello” estaban cruzadas a la altura de la cabeza y tenían unos dedos largos y delgados, tensos, también llenos de heridas y con uñas descuidadas y sucias. Había algo raro en aquellas manos, y era que al contrario que en un humano convencional, la criatura presentaba un número mayor de dedos, desigual según la mano. El militar pudo contar siete dedos en una y hasta nueve en otra, si bien alguno de ellos no era más que un muñón carcomido. Además las muñecas de aquella monstruosidad presentaban algo más: grilletes. Con unas cadenas de eslabones tan altos como William y el doble de anchos, y cuyas cadenas de hierro oxidado y ennegrecido se unían a desproporcionadas argollas en el suelo por un lado, y por el otro se perdían en la impenetrable oscuridad del techo de la caverna. Se veía, escondida tras las manos, una cabeza rala, sin pelo, también herida y con las formas redondeadas de un cráneo humano.

Efectivamente el pecho de la criatura se movía al compás del ruido de respiración que resonaba por toda la estancia.

Las piernas del teniente coronel temblaban y su boca se abría y cerraba incapaz de decir nada. No podía ni quería creer aquello que veían sus ojos, sin parar de decirse a sí mismo que no era sino una quimera de su imaginación, desbocada por la claustrofóbica sensación de terror que le producía aquel lugar. Pero por más que mirara e intentara ver algo a través de la oscuridad, aquella criatura permanecía allí.

El monstruo entonces, para el horror de William, comenzó a levantar lentamente la cabeza. El militar retrocedió un paso y le apuntó con su arma, que temblaba de manera frenética y casi convulsiva en sus manos. No quería que se moviera, no quería que le mirara. No quería mirarle. Pero la criatura ya le había visto.

Su rostro era la viva imagen de la pesadilla, intensificada por el efecto de las bengalas al proyectar las sombras de sus facciones faciales. Sus ojos, descomunales, carecían de párpados pupilas o iris y no llegaban a llenar unas cuencas ovadas y profundas. No se veían en su cabeza oídos o nariz; dos orificios componían la entrada de sus conductos auditivos y un par de rasgaduras hacían las veces de fosas nasales. Su boca, carente también de labios, dejaba ver una cantidad anormal de dientes de diferentes formas, aunque todos deteriorados por el paso del tiempo.

- La… luz…

Su voz era como su respiración, antigua y potente. Una vez más William quedó paralizado por puro miedo aunque hubiera sido incapaz de gritar ya que su garganta estaba seca como un desierto.

- La luz… Hacía ya mucho tiempo… No recordaba… lo que duele…

Pasó un rato en el que el teniente primero se taimó un poco para pensar su próximo movimiento. Debido a que no intuyó una amenaza inmediata decidió hablar, sin poder disimular el tartamudeo tembloroso:

- ¿Q-Q-Qué eres tú?

La criatura movió la cabeza con lentitud y, pese a que William estaba oculto tras un manto espeso de tinieblas, estaba seguro de que le estaba mirando directamente a él.

Aquel engendro habló con lentitud y dificultad, denotando la falta de hábito. Habló durante largo tiempo y su relato era espeluznante así como difícil de creer, pero hacía ya tiempo que la situación no andaba por derroteros muy diferentes. Habló de Dios. Dijo que él creó todo lo que existe pero que, a diferencia de lo que se cree, Él cometió un error. El único error. Creó el universo, el cielo y la tierra, la luz y la oscuridad, los mares, las montañas y, por fin, la vida. Dios no cabía en sí de gozo cuando tuvo ante sí su creación, que no era más que una masa intangible de vida, que algunos prosaicos definirían incluso como un alma. Dibujó e hilvanó después, con finos trazos invisibles, una mente y una voluntad independientes, capaces de sentir, crear, amar. Y fue tras esto cuando cometió su último fracaso: creó, en último lugar, el cuerpo.

Aquel engendro describió con dolorosa precisión cómo nervio a nervio un amasijo de carne y huesos fue envolviendo la mente y el alma primigenios. Dios quiso crearlo grande, a su imagen, pero en aquel momento incluso Él era joven e inexperto, y no pensó en la agonía que hizo pasar a su vástago, al moldear unos miembros que ya eran capaces de sentir el dolor de músculos rotos, huesos astillados y carne rasgada. La criatura recordaba la cara de horror de su creador, desesperado recreación tras recreación, decepcionado por el resultado. Así, el Primero fue creado, traído a un universo de dolor por un Maestro inexperto y torpe. Y de la misma manera, el Primero fue desterrado. Aprisionado por enormes cadenas y oculto a los ojos de su arrepentido hacedor bajo toneladas de arena y piedra. Por los siglos de los siglos.

También dijo que pudo sentir a su Maestro creando vida de nuevo, eones después, subsanando su error y creando moldes de barro de los cuerpos antes de insuflarles el hálito de vida. Sabía que lo había hecho, esta vez, comenzando por los seres más pequeños y fáciles de crear, y que poco a poco se fue creciendo y perfeccionando su obra hasta que ésta alcanzó su cenit con la raza humana, apenas un boceto de cómo fue el Primero. Dijo por último que tiene que pasar el resto de los días de la creación recordando el dolor no solo físico, que era abundante e infinito, sino también el producido al ver, entre lágrimas de agonía, el rostro decepcionado de su creador.

Pidió a William que le dejara solo, que le dejara olvidar. Le increpó resentido por haberle hecho recordar su pasado que tan lejos debería haber permanecido y, finalmente, le suplicó que volviera al mundo que fue creado para él. El militar, que no había dejado de sentir pavor aunque fue capaz de moverse de nuevo, volvió al pasillo estrecho por donde había amanecido a la caverna al tiempo que las bengalas se apagaban sumiendo a la criatura en la oscuridad. Una vez más.

Ahora, la mente del teniente coronel volaba, después de que todo aquello en lo que había creído desde que nació se desmoronara delante de sus mismos ojos. Llegó al punto de partida, el lugar en el que, si miraba hacia arriba, veía el punto de luz ahora más tenue por el que había caído. Se apoyó contra la pared opuesta al pasillo no sólo para descansar su pierna malherida, sino para alejarse todo lo posible de la guarida y prisión de aquella…forma de vida. Miraba hacia donde se supone que se encontraba la boca de la caverna e imaginaba, pese a que sólo veía negrura, a la criatura liberándose de sus cadenas, alargando su gigantesco brazo, usándole a él como cabeza de turco para vengarse de la humanidad y de su creador. La imaginaba constriñendo su frágil cuerpo humano con una fuerza y resentimiento sobrehumanos, y se veía a sí mismo muriendo asfixiado incapaz de respirar mientras todos los huesos de su cuerpo crujían y cedían. Fue entonces cuando la mente del joven William Gilligan, por fin, se colapsó. Una sensación de ansiedad subió desde su estómago hasta su garganta, convirtiendo unos cada vez más acelerados jadeos finalmente en gritos desesperados.

Ignoraba cuánto tiempo había pasado desde su llegada a aquel lugar maldito en el momento en el que por fin fue rescatado por fuerzas aliadas alertadas por su compañero Stewart. Éste decía que habían sido atacados por un fuego cruzado en el que alguno de los bandos había usado explosivos cuando un perturbado William le interrumpió gritando que jamás nadie debía volver a aquel lugar, que debía ser sellado como fuera. Un psiquiatra militar, de vuelta en el campamento, diagnosticó un posible síndrome de estrés post-traumático junto con un delirio producido por la claustrofobia.

Con el paso del tiempo, el militar pensó que era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación.

Con el paso de todavía más tiempo, llegó a desear que así fuera.



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Perdón por el peñazo xP pero era un realto que me apetecía mucho escribir y que me inspiró "La bestia de al cueva" de H. P. Lovecraft, leído en un libro de este hombre que me regaló mi Churri y que también me recomendó Basterrak. ¡Espero que os haya gustado y emparanoyado!

3 comentarios:

Deed dijo...

como ya te comenté, es muy bueno, y merecería una continuación a la altura ;)

Anónimo dijo...

Oh... alucinante... me quedo extasiado cada vez que leo un relato tuyo... tio, eres muy bueno... realmente alucinante...

El Jose dijo...

Se nota que te has documentao bien sobre la indumentaria de los cascos azules,ehhh? ^^

No está nada mal, recuerda bastante al estilo relato corto de revista de ciencia ficción americana de los sesenta, pero claro, ellos no tenían narices a cuestionar dogmas religiosos y ahora, pues como que te has desquitao.

Nene guta. (Mis escasos conocimientos en literatura me hacen puntuar así todas las obras que me parecen dignas de un sello de calidad, aunque nunca sabría decirte por qué)