No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

miércoles, 11 de marzo de 2009

[IFS] Sun's Fault

Dibujo: Sonia Fernández Ponte (...^^')
Relato: Andrés A. Martínez Bertomeu (Tréveron)



Gerard no estaba seguro de si había atinado a la hora de orientarse. Y eso era un incordio, porque el pueblo al que acababa de llegar ni siquiera era su destino, sino una, por así decirlo, cuidad de paso.

La nieve crujía bajo sus pies, hundidos varios centímetros bajo el manto blanco, en un suelo donde, según los padres de Gerard, era característica una cálida cama de hierbas que recubriría toda la superficie de la villa salvo sus senderos. Nada podría distar más de la imagen que se extendía ante el joven, aunque no dejaba de ser hermosa: un cielo gris y encapotado techaba el humilde pueblo de Coornacht, donde las sólidas casas construidas a base de piedra, madera y paja, brotaban de la capa de nieve como enormes e impertérritos hongos de sombrero blanco. Las gentes que lo habitaban se conocían entre ellos, pues no eran muy abundantes. Como abundantes eran las expresiones sombrías y melancólicas de sus rostros.

Gerard se rascó la cabeza confuso y miró al cielo en un instintivo gesto para orientarse. Evidentemente no era una buena idea, por lo que dejó de rascarse, convenientemente. Decidió avanzar por el pueblo y preguntarle a algún transeúnte.

Caminó con su pesado fardo de cerámica, que pertenecía a un cliente de su padre, junto a la irregular hilera de construcciones hasta que esta desembocó en una pequeña plaza salpicada con unos cuantos bancos de fría piedra y bordeada por una barrera blanca que, como Gerard supuso, se trataba de un seto cubierto de nieve y hielo. Una fuente de piedra se erguía en el centro de la plazoleta, de dos bandejas cóncavas y onduladas casi repletas de sendos charcos helados.

Un hombre anciano estaba sentado en uno de los bancos más cercanos a la fuente, mirándola con aire meditabundo y sombrío. Gerard vaciló, pero tras mirar a su alrededor decidió que era la decisión más apropiada. Se acercó al anciano con paso vivaracho y sonriente.

- ¡Disculpe, buen hombre! – el hombre pareció despertar de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa parcialmente desdentada.

- ¡Dime, muchacho!

Gerard hablaba mientras miraba a su alrededor.

- Oiga... ¿le importaría decirme dónde me encuentro ahora mismo?

- En la mismísima Coornacht, joven.

Contrariado, Gerard preguntó.

- ¿La misma Coornacht que mis padres siempre describieron como cálida y soleada?

El anciano suspiró, y su sonrisa se tornó triste.

- Sí, muchacho... Justo esa...

- Oh... – bufó – Pues vaya chasco... Oh, disculpe si le he ofendido

- No, chico, no... – seguía con esa sonrisa.

- Es solo que mis padres pasaron tiempo en este pueblo, ¿sabe usted? Y siempre me hablaron de un lugar más...

- Acogedor, acogedor, lo sé...

- Discúlpeme si le estoy importunando.

- ¡Que no, hombre! – dijo en tono afable.

Gerard dejó su carga en el suelo y puso sus brazos en jarra. Habló con tacto al suponer que era un tema delicado.

- ¿Cuándo cambió el tiempo? Quiero decir... hace muy poco tiempo que el clima era diferente.

- Oh, y casi te podría decir el día exacto en que todo cambió.

El joven se sentó junto al anciano, que apoyaba su cabeza en el dorso de sus manos, con los codos en las rodillas. Aun miraba al vacío.
Gerard no estaba seguro de si había atinado a la hora de orientarse. Y eso era un incordio, porque el pueblo al que acababa de llegar ni siquiera era su destino, sino una, por así decirlo, ciudad de paso.

La nieve crujía bajo sus pies, hundidos varios centímetros bajo el manto blanco, en un suelo donde, según los padres de Gerard, era característica una cálida cama de hierbas que recubriría toda la superficie de la villa salvo sus senderos. Nada podría distar más de la imagen que se extendía ante el joven, aunque no dejaba de ser hermosa: un cielo gris y encapotado techaba el humilde pueblo de Coornacht, donde las sólidas casas construidas a base de piedra, madera y paja, brotaban de la capa de nieve como enormes e impertérritos hongos de sombrero blanco. Las gentes que lo habitaban se conocían entre ellos, pues no eran muy abundantes. Como abundantes eran las expresiones sombrías y melancólicas de sus rostros.

Gerard se rascó la cabeza confuso y miró al cielo en un instintivo gesto para orientarse. Evidentemente no era una buena idea, por lo que dejó de rascarse, convenientemente. Decidió avanzar por el pueblo y preguntarle a algún transeúnte.

Caminó con su pesado fardo de cerámica, que pertenecía a un cliente de su padre, junto a la irregular hilera de construcciones hasta que esta desembocó en una pequeña plaza salpicada con unos cuantos bancos de fría piedra y bordeada por una barrera blanca que, como Gerard supuso, se trataba de un seto cubierto de nieve y hielo. Una fuente de piedra se erguía en el centro de la plazoleta, de dos bandejas cóncavas y onduladas casi repletas de sendos charcos helados.

Un hombre anciano estaba sentado en uno de los bancos más cercanos a la fuente, mirándola con aire meditabundo y sombrío. Gerard vaciló, pero tras mirar a su alrededor decidió que era la decisión más apropiada. Se acercó al anciano con paso vivaracho y sonriente.

- ¡Disculpe, buen hombre! – el hombre pareció despertar de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa parcialmente desdentada.

- ¡Dime, muchacho!

Gerard hablaba mientras miraba a su alrededor.

- Oiga... ¿le importaría decirme dónde me encuentro ahora mismo?

- En la mismísima Coornacht, joven.

Contrariado, Gerard preguntó.

- ¿La misma Coornacht que mis padres siempre describieron como cálida y soleada?

El anciano suspiró, y su sonrisa se tornó triste.

- Sí, muchacho... Justo esa...

- Oh... – bufó – Pues vaya chasco... Oh, disculpe si le he ofendido

- No, chico, no... – seguía con esa sonrisa.

- Es solo que mis padres pasaron tiempo en este pueblo, ¿sabe usted? Y siempre me hablaron de un lugar más...

- Acogedor, acogedor, lo sé...

- Discúlpeme si le estoy importunando.

- ¡Que no, hombre! – dijo en tono afable.

Gerard dejó su carga en el suelo y puso sus brazos en jarra. Habló con tacto al suponer que era un tema delicado.

- ¿Cuándo cambió el tiempo? Quiero decir... hace muy poco tiempo que el clima era diferente.

- Oh, y casi te podría decir el día exacto en que todo cambió.

El joven se sentó junto al anciano, que apoyaba su cabeza en el dorso de sus manos, con los codos en las rodillas. Aun miraba al vacío.

- ¿Qué quiere decir, que hay algo que provocó todo esto?

- Dime, chico, ¿crees en las supersticiones?

Gerard no se esperaba esa pregunta y le pilló desprevenido.

- Pues hombre, no sé...

El anciano rió con una franca carcajada.

- Tranquilo ehm... ¿cómo dices que te llamas?

- Gerard, caballero.

- Gerard, soy tan consciente como viejo de que las nuevas generaciones no creen en algunas cosas que no se pueden explicar por métodos racionales pero... Bueno, así es este lugar.

- ¿Y qué se supone que causó este frío capaz de cortarle a uno en pedazos?

- La joven Nanami.

El joven le miró atónito.

- ¿Una persona causó todo esto? – señaló a la plaza helada.

- Fue hace no mucho tiempo, unos diez años, más o menos. La pequeña Nanami era el primor de este pueblo, la niña más bonita en la que una persona jamás pueda posar nadie sus ojos. Tenía unos 15 años cuando todo ocurrió.

>> En nuestro pueblo, como bien sabes, siempre lucía un espléndido Sol, y en su calidez se sustentaba el porvenir de Coornacht. Fue en uno de esos despejados días cuando Nanami conoció a un jovencito de su edad, que visitaba el pueblo con su padre y su madre. Éstos procedían de zonas frías de la comarca, por el norte, y querían sentir nuevos aires. Todo muy típico.

>> Yo estaba en este mismo banco mirando hacia el campo de margaritas que había por aquella zona – el anciano señaló a una superficie nevada que abarcaba centenares de metros –. Chico… tendrías que haber visto como se miraban.

Gerard escuchaba ensimismado y empático, ya que él mismo había sentido el abrazo de un amor juvenil.

- Pocos días tuvieron que pasar para que ambos comenzaran a cogerse de la mano a escondidas, e incluso la chiquilla le confesó a este viejo el día en que compartieron su primer beso.

La voz del anciano sonaba quebradiza. Seguía con la mirada perdida.

- Un día el joven marchó con su familia a dar una vuelta por los campos circundantes. Nanami no pudo acompañarle ya que su amor aun era secreto y no querían involucrar a sus padres. Ella me contaba que algún día lo harían. Pronto, me decía. Tendrías que haber oído el tono de ilusión de su voz – se frotó los ojos –.

>> Estaba aquí conmigo, hablándome de los planes de fuga que habían maquinado si sus padres no aprobaban su relación, cuando estos volvieron. No habían llevado agua en su paseo, y el día era especialmente caluroso.

>> Llevaban a su hijo en brazos, con la palidez de alguien que… – el anciano tosió – Fue una insolación, y Nanami se enteró estando en este mismo banco. Aquel grito me acompañará hasta el día en que me vistan con el pijama de madera, chico…

- Pero cómo… Quiero decir, es una historia trágica, desde luego. Pero qué tiene que ver con… - su interlocutor le hizo una seña respetuosa para que le dejara continuar.

- Salió corriendo, más lágrima que niña, hacia los campos de margaritas. Dicen los que estaban allí que gritó al Sol, que le culpaba. Dicen que Nanami desafió al astro rey, y que no apartó la mirada de él exigiendo una excusa por la que no hizo nada por impedir lo que había ocurrido. Lo maldijo, sin dejar de mirarlo. Las lágrimas que recorrían su rostro enrojecieron, mientras sus ojos comenzaban a resentirse de aquel castigo.

>> Volvió abatida, tambaleándose y con los ojos marchitos y blanquecinos: quedó ciega desde entonces. Y desde entonces tenemos este clima.

- Pero… ¿acaso insinúa que…?

- Hay varias teorías – interrumpió el anciano –. Algunos dicen que el Sol, culpable y avergonzado, se cubrió de nubes para no tener que volver a ver a la pobre Nanami. Otros dicen que el Sol que corresponde a Coornacht habita en los ojos de la chiquilla. El caso es que no ha dejado de hacer frío desde aquel día, y el Sol sigue sin aparecer.

- ¿Y qué fue de ella?

- Oh, sigue viviendo aquí, solo que… No sale mucho. Sólo se la ve algunas noches.

- ¿Y nadie la culpa por lo que aparentemente hizo?

- ¡Por Dios, no! ¡No somos monstruos! – exclamó sin ofensa – Todos nos resentimos del tiempo, pero nadie se atrevería a culparla jamás.

- Es una historia triste…

- Lo es, chico, lo es… Pero es lo que ocurrió.

El joven se levantó y volvió a asir el fardo de cerámica.

- Bueno caballero, de veras ha sido un placer escucharle – dijo con educación –.

- El placer ha sido mío, Gerard. Si necesitas reposar mi esposa y yo regentamos una posada justo allí – señaló a una de las construcciones más elevadas –. Dile a mi esposa Lucilda que vas de mi parte y te ofrecerá una habitación gratis. Por escuchar a un viejo – le dijo sonriente –.

Gerard le estrechó la mano con efusividad.

- Muchísimas gracias, de verdad.

Aquella noche la escarcha dificultaba la obertura de los ventanucos de madera de la habitación que asignaron a Gerard. Sorprendido y conmovido por la historia que el posadero le había relatado. Pensativo, el joven golpeó las dos pequeñas puertas que componían las ventanas para poder abrirlas ya que, a pesar del penetrante frío de Coornacht, éste seguía siendo un lugar hermoso y Gerard quería volver a disfrutar del paisaje nocturno de aquel lugar antes de marcharse por la mañana.

La ventana daba a la plaza donde él y el anciano habían estado hablando.

Y allí estaba ella.

Descalza y apenas vestida con un fino camisón de noche, la joven de negros y largos cabellos caminaba lentamente y sin dirección, sujetándose las faldas para que no se humedecieran. Sus ojos estaban cerrados y alzaba una mano a los cielos, con gesto suplicante.

Gerard alcanzó a discernir que sus labios parecían estar musitando algo.

Si alguien estuviera en aquella plaza, en aquel momento, si la joven Nanami se considerara digna de que alguien estuviera junto a ella mientras miraba a un cielo sin Sol, ese alguien hubiera oído cómo susurraba:

“Lo siento…”


“Lo siento…”

________________________________

Otro más, damas y caballeros. Una hostoria romanticona que buscaba una excusa para ser escrita ;P. Recordad, ¡no dejéis de participar!

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Dios...que bueno...:P:P & no lo digo porque sea mi dibujo xD aunque si es la primera vez que comento (no lo suelo hacer por pereza).Muchas gracias por el relato! ^^

hellsamu dijo...

un bonito y romantico relato si señor... pero... sea cual sea de las 2 teorias de porque no hay sol que ilumine el pueblo, la solución es facil y sencilla...

MATARLA

Pícara dijo...

Qué bonito y triste... ninguna pareja que se quiera de verdad debería verse separada así >_< por eso creo que el sol se escondió avergonzado...

Deed dijo...

es una historia preciosa...

supongo que por cosas así prefiero los cielos encapotados y las noches frías ^^

Jardius dijo...

Qué bonito... El dibujo está muy chulo y mucho más cuando conoces su historia n_n

Muy bueno, Trev

Basterrak dijo...

Buen relato.

PD: hellsamu qué bestia eres: no hay que matarla solo arrancarle los ojos.

PD2: si es que las niñas de 15 años son muy peligrosas...

PD3: google te cerrará el blog por poner "niña/15 años/camisón/mojado" en el mismo post.

PD4: apuesto a que en la segunda parte Gerard se lía con la ciega.

PD5: apuesto a que Gerard es negro.

PD6: apuesto a que el viejo era como el abuelo pervertido de padre de familia. "mmm coge un caramelito que tengo en el bolsillo..."

Sr_Dralnu dijo...

umm... no debería comentarte, ya que tu apenas me comentas... pero bueno.

SOlo decirte, que tarde o temprano, yo tb te pasaré algún dibujito :P