No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

martes, 9 de septiembre de 2008

Madeleine

En aquel castillo sólo vivía un anciano. Había echado a toda la servidumbre en un arrebato de ira, probablemente debido a una creciente demencia senil.

Apenas salía de su cuarto, en lo más alto de la torre principal de la fortaleza de piedra que se alzaba sobre la apartada colina. Algunos de los sirvientes cuentan que, desde hacía meses, el viejo Mathieu se limitaba a sentarse frente al espejo de su escritorio, con la mirada perdida.

No era la mejor habitación del castillo, y sin embargo no querría ninguna otra, por alguna razón que nadie alcanzó a comprender. Era una amplia habitación, de suelo y paredes de piedra. Siendo la más alta del castillo, las últimas lluvias filtraban la humedad hasta que los pedregosos muros que la componían brillaban al reflejar la luz de la luna que atravesaba la única y enorme ventana de puertas de madera. No había mobiliario aparte del sencillo escritorio y la cama, que carecía de dosel a diferencia de las camas de las habitaciones más lujosas, y cuyas sábanas, arrugadas y hechas un ovillo, amarilleaban por el paso del tiempo al ser lavadas por las doncellas del castillo.

Aquella noche, las nubes habían engullido la Luna y sus estrellas, sumiendo a todo el pueblo en la más inquietante de las oscuridades. Ni siquiera eran nubes de tormenta, sino egoístas nimbos que clamaban la potestad del cielo con su reinado de espeso silencio. Y el anciano Mathieu, como todas las noches, se hallaba sentado frente a su escritorio, con las manos en su regazo, a la luz de los quinqués que colgaban de la pared. Y en su escritorio, atrayendo su mirada, había una pequeña cajita de madera.

Ya no recordaba cómo la hubo adquirido, tiempo atrás, y parecía que cada noche le tentara a abrirla. Miraba al espejo incorporado de su escritorio, como retándose a sí mismo. Retando a ese vetusto rostro de escaso cabello, canoso y grasiento y de ojos vidriosos y vacíos que le devolvían la mirada. Vestido con un antaño elegante batín de seda granate, ahora ajado y desgastado por los años, Mathieu acercaba sus arrugadas y temblorosas manos a la caja.

Tenía una ornada M tallada en la tapa, y parecía llamarle. Aquella iba a ser la noche, estaba decidido a abrirla. Acercó sus delgados dedos y levantó la pequeña tapa. Una pequeña bisagra hizo un leve quejido, que enseguida fue ensordecido por una melodía. Procedía de las entrañas mecánicas de la caja, y acompañaba a una pequeña figura, que representaba a un hombre y una mujer bailando, con sus trajes de novios. Se encontraban sobre una diminuta plataforma que giraba, representando el primer vals tradicional de los recién casados. Así, la caja de música funcionó como siempre debió hacerlo. Como no se le había permitido desde hace más tiempo del que el anciano era capaz de recordar.

Mathieu se sobresaltó al oír la melodía, viendo a la pequeña pareja llevar a cabo su simple pero sentido baile. Y se preguntaba si debía de traer de vuelta algún recuerdo. Sin embargo, antes de que consiguiera desenredar los enmarañados hilos de su memoria, oyó unos pasos.

La estrecha escalera de caracol, también de piedra, vomitaba el eco de unos pasos delicados pero regulares que caminaban hacia el cuarto del anciano. Absorto aunque consciente de los cada vez más cercanos pasos de alguien que había contradicho su orden de dejarle solo se acercaban a su alcoba, Mathieu seguía mirando cómo la caja de música continuaba sonando, a la inquieta espera de que alguien abriera la puerta tras de sí.

Los pasos se detuvieron. Frente a la puerta. Y quienquiera que fuera esperó unos segundos, como saboreando la creciente sensación de incomodidad que sentía el anciano.

Finalmente la puerta chirrió. Alguien la estaba abriendo lentamente. Una fría corriente entró entonces por la ventana, favorecida por la apertura de la puerta. Mathieu, con un escalofrío, observó desde el espejo cómo se abría la puerta. No se había percatado de que su frente estaba perlada de sudor.

La caja de música seguía sonando.

Se trataba de una mujer. Vestía un vestido blanco inmaculado y cuya larguísima cola sobrepasaba el rellano de la torre y descendía por la escalera de caracol: un vestido de novia. Así lo confirmaban el velo que cubría su rostro, impidiendo ver mas allá, y un ramo de flores que, pese a su exquisita manufactura, presentaba todas las flores marchitas y secas, sostenido por unas manos pálidas y de piel fina, con unas uñas largas y sugerentemente pintadas de un rojo carmesí intenso. Mathieu se levantó entonces de un respingo.

- ¡¿Quién eres?! – masculló con su voz grave y ronca.

- ¿No me recuerdas, mi amor?

Su voz era como un susurro. Pero un susurro que reverberaba en la roca, retumbando por toda la habitación. Como si un vulgar cuerpo no se dignara a oírlo y, por tanto, lo oyera directamente la misma alma. Su aliento ondulaba la fina tela opaca del velo, haciéndolo bailar con sus palabras.

Mathieu contuvo la respiración, al tiempo que la novia dio un par de pasos para atravesar el umbral de la puerta. El roce del tejido de la cola en los peldaños de la escalera producían el sonido de una lejana brisa. Unos muslos turgentes y sensuales se intuían bajo el vestido, movidos por un caminar cadencioso e insinuante.

- Madeleine... – susurró el anciano.

- ¿Entonces me recuerdas, mi amor? ¿Recuerdas lo que me hiciste?

Mathieu balbuceó. La caja de música seguía sonando.

Madeleine extendió sus brazos. La mano que sujetaba el ramo de flores lo dejó caer. Éste, al entrar en contacto con el suelo, se convirtió en cenizas que danzaron al son de la corriente de aire que recorría la alcoba.

- Me aprisionaste en la mazmorra, mi amor, cuando solo era una doncella. – las muñecas de Madeleine entraron entonces en el halo de luz de los quinqués.

La piel blanca de sus manos estaba cuarteada a la altura de las muñecas. Roces y llagas purulentas y ensangrentadas manchaban la piel de la novia en el inicio del antebrazo. Mathieu retrocedía, horrorizado. En su mente aparecieron imágenes de una doncella, de rubios cabellos, desnuda y arrodillada en un cubículo de piedra angosto, oscuro y húmedo. Sus muñecas sangraban y su piel estaba mugrienta. No osaba mirarle.

- Me querías solo para ti, mi amor... Fue tan romántico... – su susurro tenía entonces un tono algo soñador – Y poco después me desposaste. – Madeleine suspiró, y su suspiro resonó aun más en las paredes – ¿Recuerdas lo que hiciste entonces, mi amor...?

Sus manos entonces se dirigieron hacia su velo y lo alzaron un poco, lentamente. Una perfecta boca, de labios carnosos impecablemente pintados de rojo sonreía con dulzura, mostrando unos dientes blancos como perlas. Sendos mechones de un cabello rubio brillante caían con suavidad a ambos lados de su cuello.

- No querías que te viera envejecer, mi amor... – continuó – Te avergonzabas de tu aspecto y querías que presenciara tu deterioro. Siempre te decía que no tenía importancia, que era natural. Pero no me escuchaste.

Y terminó de levantar el velo. Donde debían estar sus ojos, dos cuencas vacías le observaban, como dos pozos de noche y horror. La sangre que una vez manó de sus ojos arrancados permanecía coagulada, seca y ennegrecida en sus mejillas, cayendo hasta cerca de las comisuras de sus labios. Seguía sonriendo.

Más imágenes poblaron la mente de Mathieu. Tantos espejos rotos ante su rostro, que envejecía con el paso de los años. Una cuchara de sopa y el rostro horrorizado de Madeleine. De su hermosa Madeleine. Sus ojos eran azules. A pesar de ello, ennegrecieron en el fuego de la hoguera, cuyo crepitar se ahogó bajo los gritos de su esposa.

- No querías que te dejara de querer, mi amor... Fuiste tan considerado... – de nuevo el tono soñador en su voz – Mmmmh... – murmuró con placer – Y no te quedaste ahí, mi vida... Tú siempre me hacías sentir querida...

Se echó hacia atrás y su espalda se combó. Cuando volvió a erguirse, Mathieu volvió a retroceder, conteniendo una arcada.

El cuello de Madeleine estaba torcido en un ángulo imposible e insano, observando a Mathieu con sus cuencas vacías. Su lengua, anormalmente larga, relamió sus labios en un gesto de obsceno deseo.

- No querías que nadie más pudiera tomarme...

Mathieu volvió a tener una visión. Madeleine tenía la mitad superior de su rostro vendada y se encontraba junto a las escaleras de caracol, en silencio. Junto a él. Un sirviente se cruzó con ambos y miró a Madeleine con lástima, pero él malinterpretó aquella mirada. Mathieu estaba muy furioso, la culpaba a ella. Discutieron. Empujó a su esposa. La escalera estaba demasiado cerca.

La caja de música seguía sonando. Su repetitivo y tintineante vals acompañaba a las angustiosas imágenes que recorrían la mente de Mathieu.

Ella se acercó a él. La piel de su cuello balanceaba la cabeza de manera inconcebible. Ya no había nada de cadencioso en su caminar. Ahora, como si su cuerpo hubiera recordado los agravios sufridos, renqueaba hacia su esposo. Se movía como si un torpe titiritero la manejara con unos hilos que amenazaban con romperse. Aun así, seguía sonriendo con dulzura.

- Ahora he vuelto, mi amor... – susurraba – Estoy contigo, mi vida.

Él no podía retroceder más. Sintió el borde de la ventana de su cuarto tras de sí.

- ¡Aléjate de mí! – gritó Mathieu, al borde de la locura.

- Ven, mi querido Mathieu... – respondió ella, mientras seguía avanzando con torpeza – Bésame, esposo mío.

- ¡¡NO TE ACERQUES A MÍ!! – Mathieu se subió al alféizar de la ventana, mirando aterrorizado la vertiginosa caída que tenía tras él.

Pero ella seguía avanzando.

- Hazme el amor... – pidió ella – Te lo suplico... Vuelve a hacerme sentir... – apenas dos metros les separaban, ella suspiró de nuevo – ...deseada.

La caja de música, de repente, calló.

Y lo hizo en el preciso instante en que Mathieu se dejó caer.

El viento rugía en sus oídos mientras él respiraba aliviado. Pronto todo terminaría.

Dos cuervos, posados perezosamente en la rama de un árbol cercano, se habían percatado del inminente banquete que caía del cielo y observaban atentos.

Entonces Mathieu recordó algo, y no pudo evitar comenzar a reír a carcajadas repentinas y maníacas mientras caía, ante la ironía de lo sucedido.

Él jamás había estado casado.

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Mi primer (y espero que no único) relato de terror, espero que os haya gustado :P

Y propongo una cosa: ¿Alguien se atreve a dibujar a Madeleine? >:3 Aquellos interesados que manden el dibujo al mail que hay en el sidebar. Si se recibe algun fanart, será colgado en un post conmemorativo xD ¡Espero participación, ninios y ninias!

¡Cuidaos!

11 comentarios:

Deed dijo...

me encanta ese toque macabro-decadente que desprende el cuento ^^

y lo de los ojos con la cuchara... genial!

(¿es sano que me guste esto?... xD)

JJ dijo...

mola

JJ dijo...

me gusta la ironia del final....
el nunca habia estado casado....
pero bien k se fo******** ********, *******, ********** ******* y ******* a las doncellas del lugar.

hipocrita

Noe-Chan dijo...

Macabro, bien redactado, buena trama...

Confirmado, Treveron, te acabas de ganar una fan ^__^

Creo que voy a intentar hacer algun dibujo de Madeleine. Si consigo terminarlo te lo pasare.

Matta Ne!!!!

P. D: Palabra de verificacion: geymykl XDDD (¿Que? A mi me hace gracia la palabreja)

Tréveron dijo...

Pues es de agradecer conseguir fans por cosas que no sean tiras.... xDDD

Zanthia Khalá dijo...

woooooh asombroso, terrorífico, escalofriante! tienes más?! *-*

Daialian dijo...

No te voy a mentir,no he llegado al final pero por falta de tiempo xD
Deberias de registrar las cosas que escribes por gores que puedan llegar a ser

Sdk0 dijo...

¿Te gusta Poe? Tienes su toque, aunque el tejido no sea igual usais el mismo hilo.
Y por cierto, esa morbosa ironía es como la guinda del pastel ^^
A ver si hay tiempo de intentar crear algo que mandarte...
Jane!

Tréveron dijo...

que si me gusta Poe!?

ADORO A POE!!!

El gato negro, el cuervo, el barril amontinado, la máscara de la muerte roja, el pozo y el péndulo, Hop Frog......AAAAAARGH!!!! xD

Delerium dijo...

yo kiero dibujarla pero...

ke coño??? si no es su esposa kien demonios es??


si, vale, puede ke no lo haya pillado


u.u si...no lo he pillado :'(

LiDiSaN dijo...

joer que chulada! lo que mola de estos relatos cortos es que no voy atrasada xDDD

Sigue escribiendooo!!!! que estan muy chulos!!!