Eh, tanto a ella como a mí se nos enseñó a no pensar mal...
No grave will hold me...
Os estoy vigilando...
viernes, 28 de agosto de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
Primus
Aturdido y mareado, el teniente coronel William Gilligan abrió los ojos, pero no le sirvió de nada.
Todo estaba oscuro.
Su mente militar entrenada y disciplinada comenzó a trabajar. Lo primero era recordar qué había ocurrido.
El primer recuerdo fue el más relevante y el primero en aparecer: la Guerra entre palestinos e israelíes. Tel Aviv. El teniente fue enviado como parte de un escuadrón del cuerpo de paz para intentar mediar con ambas partes y ayudar a remediar los daños colaterales. También recordó lo terriblemente irónico que le sonó el eufemismo “daños colaterales” en la sala de briefing del cuartel.
Recordaba el jeep, y a su copiloto y amigo Stewart McMillan. Se dirigían a un punto caliente de la contienda. Pero entonces…
Fue una explosión. Así lo confirmaba el agudo silbido que todavía zumbaba en sus oídos. Aun lo oía. Buena señal: significaba que no había estado mucho tiempo inconsciente.
Desafortunadamente ahí terminaban los recuerdos de lo ocurrido.
Intentó levantarse, pero sintió un crujido y un punzante dolor en su pierna izquierda. Posiblemente rota. Se la tanteó con una mano, pudiendo sentir la viscosa calidez de su sangre y el dolor superficial de la herida externa que ocultaba la rotura de la tibia. Aun así consiguió ponerse en pie, aunque apoyándose contra la arenosa pared de dondequiera que se encontrase,
Ese era el siguiente paso. ¿Secuestrado? No era probable. No notaba movimiento por ser transportado. No oía apenas eco al moverse, pero tampoco sentía que estuviera e un lugar cerrado. ¿Un pasillo estrecho? Miró hacia el techo y vislumbró una diminuta superficie amorfa de luz a unos veinte metros sobre su cabeza. Debió de haber sido un desprendimiento, dedujo, producido por la explosión. El hecho de que sobreviviera a la caída podría deberse a la estrechez del pozo por el que se precipitó, lo cual también explicaría el dolor disperso y las magulladuras producidas por el rozamiento con las paredes.
Una vez analizada la situación quedaba lo más duro: cómo salir de allí.
La entrada del pozo era inalcanzable y menos en su estado. Ni se planteó el gritar, al no saber qué clase de fauna de la caverna podría atraer. Sacó de su cinturón su transmisor, aunque, como supuso, la profundidad de aquel nicho arenoso no ofrecía cobertura alguna. Pero al hablar en voz alta para intentar comunicarse consiguió escuchar, de lejos, un suave eco que revelaba que el pasillo se abría en algún punto de su recorrido.
La negrura frente a él era total, a excepción de la entrada del pozo, allá lejos a lo alto. Sin embargo lo más sensato era explorar la caverna en busca de una posible ruta de escape.
William dio un paso hacia la nada más absoluta, notando que se veía obligado a cojear. Solo se oían los pasos irregulares del militar y su respiración entrecortada por el dolor de su pierna.
Su mente, por otro lado, se mantenía serena a pesar del dolor. La oscuridad, tras haber dado unos pasos, le envolvió por completo. No obstante aquello no melló su ánimo, ya que tenía un objetivo en mente. En la academia militar, años atrás, le enseñaron que cualquier tipo de meta, de motivación, una causa, una simple idea, podrían apartar de su cabeza el miedo irracional. De este modo, concentrándose en escuchar cualquier posible sonido amenazante, consiguió no enervarse.
La oscuridad tenía un extraño efecto sobre el militar, difuminando su percepción del tiempo hasta el punto de no saber cuánto tiempo había andado por el mismo corredor. A pesar de su definida lucidez, el cansancio comenzó a medrar en su compostura. Cojeando siempre apoyado una mano en la poco cambiante pared caminó a trompicones preguntándose cuando alcanzaría la caverna abierta, cuánta distancia había recorrido, cuándo saldría de allí. Qué sería de él si no lo conseguía.
Craso error. Su mente se salió por la tangente de su concentración y comenzó a imaginar las posibles calamidades que le podría ofrecer un lugar así. Intentó apartar de su cabeza las fastuosas ideas que se le estaban ocurriendo. Inanición. Infección de la herida de su pierna. Lo que sea que haya en la caverna…
“¡¡Mierda, basta ya!!”
Por fin alcanzó la abertura del corredor, confirmándolo al palpar cómo se abrían ambas curvaturas del pasillo. Su respiración se había acelerado aun más debido al nerviosismo y la adrenalina que estaba segregando hacía que el dolor de la pierna y las magulladuras pasara al segundo plano. Aunque ello no tenía por qué ser una mejora.
En absoluto.
William desenfundó su arma reglamentaria de calibre 9 milímetros para prepararse por lo que pudiera pasar al decir:
- ¿Hola?
Cometió esa aparente imprudencia por dos razones: la primera y primordial era descubrir si había en aquel lugar alguien más, humano, aparte de él; la segunda era calcular, gracias al eco, la envergadura de la caverna. Y el resultado no ayudó.
“¿Hola?”
Era incalculablemente grande, posiblemente una gran superficie y un techo elevado. Y el problema era que su voz devuelta por el eco no fue lo único que oyó.
Se trataba de un… Lo hubiera descrito como un jadeo, una respiración dificultosa, de no ser porque de ser denominado así hubiera significado que toda la cueva estaba respirando. Era un sonido primitivo, como arrastrado contra la pared arenosa, ilocalizable ya que el eco hacía que te envolviera como un manto de terror en estado puro. Cada fibra del cuerpo de William suplicaba alejarse de aquel lugar, pero un escalofrío recorrió su espina dorsal y pareció convertir en escarcha la sangre de sus piernas. Una vez más, indescriptibles imágenes dieron rienda suelta a la parte más oscura e insana de su imaginación, y cada vez que oía aquel sonido su cordura empeoraba. Tenía que pensar en algo, un plan que lo apartara de esas imágenes. Una fuente de luz, pensó, necesitaba una fuente de luz.
“Pero seré imbécil…”
Bengalas. En su cinturón llevaba un par de cilindros de plástico flexible de unos treinta centímetros de largo que presentan unos de componentes químicos que, una vez mezclados, producen una brillante luz anaranjada. Para que la mezcla se llevase a cabo era necesario agitarlos enérgicamente o darles un suave golpe. William colocó la mano que no sujetaba el arma sobre la suave superficie de la bengala pero… ¿era eso prudente?
¿Resultaba conveniente mostrarse ante lo que quiera que fuera la fuente de aquel ruido?
El militar reflexionó unos instantes y pensó en algo. Con cuidado para no hacer ruido enfundó su arma y sacó las dos bengalas. Con un rápido movimiento las chocó entre sí y las lanzó a dos puntos distintos, ambos frente a sí. Veloz, dio un par de pasos a un lado para volver a ocultar su posición en la oscuridad y volvió a desenfundar su arma para apuntar hacia la luz.
Deseó no haberlo hecho.
La visión superaba con creces cualquier horror que la más macabra de las mentes pudiera llegar siquiera a concebir
Había algo, algo muy grande, en el centro de la cavidad cavernosa. Y si bien era racionalmente imposible pensar que algo siquiera parecido podría ser posible, hubiera jurado que aquello que vislumbraba gracias a la luz de las bengalas fue antaño un torso humanoide gigante. No podía ser. Debía ser una estatua, un coloso. Una caprichosa forma rocosa formada por miles de años de erosión y maltrato…
El militar siguió mirando, hipnotizado, aterrorizado.
Y la razón se fue al carajo.
Se trataba de una criatura enterrada hasta la cintura, dejando ver un torso monstruosamente grande. William apenas se atrevió a estimar una decena de metros de altura. Su piel, si la situación permitía el indiscriminado uso de ese término, era aparentemente de un color marrón oscuro, quizás algo verdosa, podrida aquí y allá, tirante en algunos puntos debido a la corrupción y la descomposición. Sus manos, las manos de “aquello” estaban cruzadas a la altura de la cabeza y tenían unos dedos largos y delgados, tensos, también llenos de heridas y con uñas descuidadas y sucias. Había algo raro en aquellas manos, y era que al contrario que en un humano convencional, la criatura presentaba un número mayor de dedos, desigual según la mano. El militar pudo contar siete dedos en una y hasta nueve en otra, si bien alguno de ellos no era más que un muñón carcomido. Además las muñecas de aquella monstruosidad presentaban algo más: grilletes. Con unas cadenas de eslabones tan altos como William y el doble de anchos, y cuyas cadenas de hierro oxidado y ennegrecido se unían a desproporcionadas argollas en el suelo por un lado, y por el otro se perdían en la impenetrable oscuridad del techo de la caverna. Se veía, escondida tras las manos, una cabeza rala, sin pelo, también herida y con las formas redondeadas de un cráneo humano.
Efectivamente el pecho de la criatura se movía al compás del ruido de respiración que resonaba por toda la estancia.
Las piernas del teniente coronel temblaban y su boca se abría y cerraba incapaz de decir nada. No podía ni quería creer aquello que veían sus ojos, sin parar de decirse a sí mismo que no era sino una quimera de su imaginación, desbocada por la claustrofóbica sensación de terror que le producía aquel lugar. Pero por más que mirara e intentara ver algo a través de la oscuridad, aquella criatura permanecía allí.
El monstruo entonces, para el horror de William, comenzó a levantar lentamente la cabeza. El militar retrocedió un paso y le apuntó con su arma, que temblaba de manera frenética y casi convulsiva en sus manos. No quería que se moviera, no quería que le mirara. No quería mirarle. Pero la criatura ya le había visto.
Su rostro era la viva imagen de la pesadilla, intensificada por el efecto de las bengalas al proyectar las sombras de sus facciones faciales. Sus ojos, descomunales, carecían de párpados pupilas o iris y no llegaban a llenar unas cuencas ovadas y profundas. No se veían en su cabeza oídos o nariz; dos orificios componían la entrada de sus conductos auditivos y un par de rasgaduras hacían las veces de fosas nasales. Su boca, carente también de labios, dejaba ver una cantidad anormal de dientes de diferentes formas, aunque todos deteriorados por el paso del tiempo.
- La… luz…
Su voz era como su respiración, antigua y potente. Una vez más William quedó paralizado por puro miedo aunque hubiera sido incapaz de gritar ya que su garganta estaba seca como un desierto.
- La luz… Hacía ya mucho tiempo… No recordaba… lo que duele…
Pasó un rato en el que el teniente primero se taimó un poco para pensar su próximo movimiento. Debido a que no intuyó una amenaza inmediata decidió hablar, sin poder disimular el tartamudeo tembloroso:
- ¿Q-Q-Qué eres tú?
La criatura movió la cabeza con lentitud y, pese a que William estaba oculto tras un manto espeso de tinieblas, estaba seguro de que le estaba mirando directamente a él.
Aquel engendro habló con lentitud y dificultad, denotando la falta de hábito. Habló durante largo tiempo y su relato era espeluznante así como difícil de creer, pero hacía ya tiempo que la situación no andaba por derroteros muy diferentes. Habló de Dios. Dijo que él creó todo lo que existe pero que, a diferencia de lo que se cree, Él cometió un error. El único error. Creó el universo, el cielo y la tierra, la luz y la oscuridad, los mares, las montañas y, por fin, la vida. Dios no cabía en sí de gozo cuando tuvo ante sí su creación, que no era más que una masa intangible de vida, que algunos prosaicos definirían incluso como un alma. Dibujó e hilvanó después, con finos trazos invisibles, una mente y una voluntad independientes, capaces de sentir, crear, amar. Y fue tras esto cuando cometió su último fracaso: creó, en último lugar, el cuerpo.
Aquel engendro describió con dolorosa precisión cómo nervio a nervio un amasijo de carne y huesos fue envolviendo la mente y el alma primigenios. Dios quiso crearlo grande, a su imagen, pero en aquel momento incluso Él era joven e inexperto, y no pensó en la agonía que hizo pasar a su vástago, al moldear unos miembros que ya eran capaces de sentir el dolor de músculos rotos, huesos astillados y carne rasgada. La criatura recordaba la cara de horror de su creador, desesperado recreación tras recreación, decepcionado por el resultado. Así, el Primero fue creado, traído a un universo de dolor por un Maestro inexperto y torpe. Y de la misma manera, el Primero fue desterrado. Aprisionado por enormes cadenas y oculto a los ojos de su arrepentido hacedor bajo toneladas de arena y piedra. Por los siglos de los siglos.
También dijo que pudo sentir a su Maestro creando vida de nuevo, eones después, subsanando su error y creando moldes de barro de los cuerpos antes de insuflarles el hálito de vida. Sabía que lo había hecho, esta vez, comenzando por los seres más pequeños y fáciles de crear, y que poco a poco se fue creciendo y perfeccionando su obra hasta que ésta alcanzó su cenit con la raza humana, apenas un boceto de cómo fue el Primero. Dijo por último que tiene que pasar el resto de los días de la creación recordando el dolor no solo físico, que era abundante e infinito, sino también el producido al ver, entre lágrimas de agonía, el rostro decepcionado de su creador.
Pidió a William que le dejara solo, que le dejara olvidar. Le increpó resentido por haberle hecho recordar su pasado que tan lejos debería haber permanecido y, finalmente, le suplicó que volviera al mundo que fue creado para él. El militar, que no había dejado de sentir pavor aunque fue capaz de moverse de nuevo, volvió al pasillo estrecho por donde había amanecido a la caverna al tiempo que las bengalas se apagaban sumiendo a la criatura en la oscuridad. Una vez más.
Ahora, la mente del teniente coronel volaba, después de que todo aquello en lo que había creído desde que nació se desmoronara delante de sus mismos ojos. Llegó al punto de partida, el lugar en el que, si miraba hacia arriba, veía el punto de luz ahora más tenue por el que había caído. Se apoyó contra la pared opuesta al pasillo no sólo para descansar su pierna malherida, sino para alejarse todo lo posible de la guarida y prisión de aquella…forma de vida. Miraba hacia donde se supone que se encontraba la boca de la caverna e imaginaba, pese a que sólo veía negrura, a la criatura liberándose de sus cadenas, alargando su gigantesco brazo, usándole a él como cabeza de turco para vengarse de la humanidad y de su creador. La imaginaba constriñendo su frágil cuerpo humano con una fuerza y resentimiento sobrehumanos, y se veía a sí mismo muriendo asfixiado incapaz de respirar mientras todos los huesos de su cuerpo crujían y cedían. Fue entonces cuando la mente del joven William Gilligan, por fin, se colapsó. Una sensación de ansiedad subió desde su estómago hasta su garganta, convirtiendo unos cada vez más acelerados jadeos finalmente en gritos desesperados.
Ignoraba cuánto tiempo había pasado desde su llegada a aquel lugar maldito en el momento en el que por fin fue rescatado por fuerzas aliadas alertadas por su compañero Stewart. Éste decía que habían sido atacados por un fuego cruzado en el que alguno de los bandos había usado explosivos cuando un perturbado William le interrumpió gritando que jamás nadie debía volver a aquel lugar, que debía ser sellado como fuera. Un psiquiatra militar, de vuelta en el campamento, diagnosticó un posible síndrome de estrés post-traumático junto con un delirio producido por la claustrofobia.
Con el paso del tiempo, el militar pensó que era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación.
Con el paso de todavía más tiempo, llegó a desear que así fuera.
___________________________________
Perdón por el peñazo xP pero era un realto que me apetecía mucho escribir y que me inspiró "La bestia de al cueva" de H. P. Lovecraft, leído en un libro de este hombre que me regaló mi Churri y que también me recomendó Basterrak. ¡Espero que os haya gustado y emparanoyado!
Todo estaba oscuro.
Su mente militar entrenada y disciplinada comenzó a trabajar. Lo primero era recordar qué había ocurrido.
El primer recuerdo fue el más relevante y el primero en aparecer: la Guerra entre palestinos e israelíes. Tel Aviv. El teniente fue enviado como parte de un escuadrón del cuerpo de paz para intentar mediar con ambas partes y ayudar a remediar los daños colaterales. También recordó lo terriblemente irónico que le sonó el eufemismo “daños colaterales” en la sala de briefing del cuartel.
Recordaba el jeep, y a su copiloto y amigo Stewart McMillan. Se dirigían a un punto caliente de la contienda. Pero entonces…
Fue una explosión. Así lo confirmaba el agudo silbido que todavía zumbaba en sus oídos. Aun lo oía. Buena señal: significaba que no había estado mucho tiempo inconsciente.
Desafortunadamente ahí terminaban los recuerdos de lo ocurrido.
Intentó levantarse, pero sintió un crujido y un punzante dolor en su pierna izquierda. Posiblemente rota. Se la tanteó con una mano, pudiendo sentir la viscosa calidez de su sangre y el dolor superficial de la herida externa que ocultaba la rotura de la tibia. Aun así consiguió ponerse en pie, aunque apoyándose contra la arenosa pared de dondequiera que se encontrase,
Ese era el siguiente paso. ¿Secuestrado? No era probable. No notaba movimiento por ser transportado. No oía apenas eco al moverse, pero tampoco sentía que estuviera e un lugar cerrado. ¿Un pasillo estrecho? Miró hacia el techo y vislumbró una diminuta superficie amorfa de luz a unos veinte metros sobre su cabeza. Debió de haber sido un desprendimiento, dedujo, producido por la explosión. El hecho de que sobreviviera a la caída podría deberse a la estrechez del pozo por el que se precipitó, lo cual también explicaría el dolor disperso y las magulladuras producidas por el rozamiento con las paredes.
Una vez analizada la situación quedaba lo más duro: cómo salir de allí.
La entrada del pozo era inalcanzable y menos en su estado. Ni se planteó el gritar, al no saber qué clase de fauna de la caverna podría atraer. Sacó de su cinturón su transmisor, aunque, como supuso, la profundidad de aquel nicho arenoso no ofrecía cobertura alguna. Pero al hablar en voz alta para intentar comunicarse consiguió escuchar, de lejos, un suave eco que revelaba que el pasillo se abría en algún punto de su recorrido.
La negrura frente a él era total, a excepción de la entrada del pozo, allá lejos a lo alto. Sin embargo lo más sensato era explorar la caverna en busca de una posible ruta de escape.
William dio un paso hacia la nada más absoluta, notando que se veía obligado a cojear. Solo se oían los pasos irregulares del militar y su respiración entrecortada por el dolor de su pierna.
Su mente, por otro lado, se mantenía serena a pesar del dolor. La oscuridad, tras haber dado unos pasos, le envolvió por completo. No obstante aquello no melló su ánimo, ya que tenía un objetivo en mente. En la academia militar, años atrás, le enseñaron que cualquier tipo de meta, de motivación, una causa, una simple idea, podrían apartar de su cabeza el miedo irracional. De este modo, concentrándose en escuchar cualquier posible sonido amenazante, consiguió no enervarse.
La oscuridad tenía un extraño efecto sobre el militar, difuminando su percepción del tiempo hasta el punto de no saber cuánto tiempo había andado por el mismo corredor. A pesar de su definida lucidez, el cansancio comenzó a medrar en su compostura. Cojeando siempre apoyado una mano en la poco cambiante pared caminó a trompicones preguntándose cuando alcanzaría la caverna abierta, cuánta distancia había recorrido, cuándo saldría de allí. Qué sería de él si no lo conseguía.
Craso error. Su mente se salió por la tangente de su concentración y comenzó a imaginar las posibles calamidades que le podría ofrecer un lugar así. Intentó apartar de su cabeza las fastuosas ideas que se le estaban ocurriendo. Inanición. Infección de la herida de su pierna. Lo que sea que haya en la caverna…
“¡¡Mierda, basta ya!!”
Por fin alcanzó la abertura del corredor, confirmándolo al palpar cómo se abrían ambas curvaturas del pasillo. Su respiración se había acelerado aun más debido al nerviosismo y la adrenalina que estaba segregando hacía que el dolor de la pierna y las magulladuras pasara al segundo plano. Aunque ello no tenía por qué ser una mejora.
En absoluto.
William desenfundó su arma reglamentaria de calibre 9 milímetros para prepararse por lo que pudiera pasar al decir:
- ¿Hola?
Cometió esa aparente imprudencia por dos razones: la primera y primordial era descubrir si había en aquel lugar alguien más, humano, aparte de él; la segunda era calcular, gracias al eco, la envergadura de la caverna. Y el resultado no ayudó.
“¿Hola?”
Era incalculablemente grande, posiblemente una gran superficie y un techo elevado. Y el problema era que su voz devuelta por el eco no fue lo único que oyó.
Se trataba de un… Lo hubiera descrito como un jadeo, una respiración dificultosa, de no ser porque de ser denominado así hubiera significado que toda la cueva estaba respirando. Era un sonido primitivo, como arrastrado contra la pared arenosa, ilocalizable ya que el eco hacía que te envolviera como un manto de terror en estado puro. Cada fibra del cuerpo de William suplicaba alejarse de aquel lugar, pero un escalofrío recorrió su espina dorsal y pareció convertir en escarcha la sangre de sus piernas. Una vez más, indescriptibles imágenes dieron rienda suelta a la parte más oscura e insana de su imaginación, y cada vez que oía aquel sonido su cordura empeoraba. Tenía que pensar en algo, un plan que lo apartara de esas imágenes. Una fuente de luz, pensó, necesitaba una fuente de luz.
“Pero seré imbécil…”
Bengalas. En su cinturón llevaba un par de cilindros de plástico flexible de unos treinta centímetros de largo que presentan unos de componentes químicos que, una vez mezclados, producen una brillante luz anaranjada. Para que la mezcla se llevase a cabo era necesario agitarlos enérgicamente o darles un suave golpe. William colocó la mano que no sujetaba el arma sobre la suave superficie de la bengala pero… ¿era eso prudente?
¿Resultaba conveniente mostrarse ante lo que quiera que fuera la fuente de aquel ruido?
El militar reflexionó unos instantes y pensó en algo. Con cuidado para no hacer ruido enfundó su arma y sacó las dos bengalas. Con un rápido movimiento las chocó entre sí y las lanzó a dos puntos distintos, ambos frente a sí. Veloz, dio un par de pasos a un lado para volver a ocultar su posición en la oscuridad y volvió a desenfundar su arma para apuntar hacia la luz.
Deseó no haberlo hecho.
La visión superaba con creces cualquier horror que la más macabra de las mentes pudiera llegar siquiera a concebir
Había algo, algo muy grande, en el centro de la cavidad cavernosa. Y si bien era racionalmente imposible pensar que algo siquiera parecido podría ser posible, hubiera jurado que aquello que vislumbraba gracias a la luz de las bengalas fue antaño un torso humanoide gigante. No podía ser. Debía ser una estatua, un coloso. Una caprichosa forma rocosa formada por miles de años de erosión y maltrato…
El militar siguió mirando, hipnotizado, aterrorizado.
Y la razón se fue al carajo.
Se trataba de una criatura enterrada hasta la cintura, dejando ver un torso monstruosamente grande. William apenas se atrevió a estimar una decena de metros de altura. Su piel, si la situación permitía el indiscriminado uso de ese término, era aparentemente de un color marrón oscuro, quizás algo verdosa, podrida aquí y allá, tirante en algunos puntos debido a la corrupción y la descomposición. Sus manos, las manos de “aquello” estaban cruzadas a la altura de la cabeza y tenían unos dedos largos y delgados, tensos, también llenos de heridas y con uñas descuidadas y sucias. Había algo raro en aquellas manos, y era que al contrario que en un humano convencional, la criatura presentaba un número mayor de dedos, desigual según la mano. El militar pudo contar siete dedos en una y hasta nueve en otra, si bien alguno de ellos no era más que un muñón carcomido. Además las muñecas de aquella monstruosidad presentaban algo más: grilletes. Con unas cadenas de eslabones tan altos como William y el doble de anchos, y cuyas cadenas de hierro oxidado y ennegrecido se unían a desproporcionadas argollas en el suelo por un lado, y por el otro se perdían en la impenetrable oscuridad del techo de la caverna. Se veía, escondida tras las manos, una cabeza rala, sin pelo, también herida y con las formas redondeadas de un cráneo humano.
Efectivamente el pecho de la criatura se movía al compás del ruido de respiración que resonaba por toda la estancia.
Las piernas del teniente coronel temblaban y su boca se abría y cerraba incapaz de decir nada. No podía ni quería creer aquello que veían sus ojos, sin parar de decirse a sí mismo que no era sino una quimera de su imaginación, desbocada por la claustrofóbica sensación de terror que le producía aquel lugar. Pero por más que mirara e intentara ver algo a través de la oscuridad, aquella criatura permanecía allí.
El monstruo entonces, para el horror de William, comenzó a levantar lentamente la cabeza. El militar retrocedió un paso y le apuntó con su arma, que temblaba de manera frenética y casi convulsiva en sus manos. No quería que se moviera, no quería que le mirara. No quería mirarle. Pero la criatura ya le había visto.
Su rostro era la viva imagen de la pesadilla, intensificada por el efecto de las bengalas al proyectar las sombras de sus facciones faciales. Sus ojos, descomunales, carecían de párpados pupilas o iris y no llegaban a llenar unas cuencas ovadas y profundas. No se veían en su cabeza oídos o nariz; dos orificios componían la entrada de sus conductos auditivos y un par de rasgaduras hacían las veces de fosas nasales. Su boca, carente también de labios, dejaba ver una cantidad anormal de dientes de diferentes formas, aunque todos deteriorados por el paso del tiempo.
- La… luz…
Su voz era como su respiración, antigua y potente. Una vez más William quedó paralizado por puro miedo aunque hubiera sido incapaz de gritar ya que su garganta estaba seca como un desierto.
- La luz… Hacía ya mucho tiempo… No recordaba… lo que duele…
Pasó un rato en el que el teniente primero se taimó un poco para pensar su próximo movimiento. Debido a que no intuyó una amenaza inmediata decidió hablar, sin poder disimular el tartamudeo tembloroso:
- ¿Q-Q-Qué eres tú?
La criatura movió la cabeza con lentitud y, pese a que William estaba oculto tras un manto espeso de tinieblas, estaba seguro de que le estaba mirando directamente a él.
Aquel engendro habló con lentitud y dificultad, denotando la falta de hábito. Habló durante largo tiempo y su relato era espeluznante así como difícil de creer, pero hacía ya tiempo que la situación no andaba por derroteros muy diferentes. Habló de Dios. Dijo que él creó todo lo que existe pero que, a diferencia de lo que se cree, Él cometió un error. El único error. Creó el universo, el cielo y la tierra, la luz y la oscuridad, los mares, las montañas y, por fin, la vida. Dios no cabía en sí de gozo cuando tuvo ante sí su creación, que no era más que una masa intangible de vida, que algunos prosaicos definirían incluso como un alma. Dibujó e hilvanó después, con finos trazos invisibles, una mente y una voluntad independientes, capaces de sentir, crear, amar. Y fue tras esto cuando cometió su último fracaso: creó, en último lugar, el cuerpo.
Aquel engendro describió con dolorosa precisión cómo nervio a nervio un amasijo de carne y huesos fue envolviendo la mente y el alma primigenios. Dios quiso crearlo grande, a su imagen, pero en aquel momento incluso Él era joven e inexperto, y no pensó en la agonía que hizo pasar a su vástago, al moldear unos miembros que ya eran capaces de sentir el dolor de músculos rotos, huesos astillados y carne rasgada. La criatura recordaba la cara de horror de su creador, desesperado recreación tras recreación, decepcionado por el resultado. Así, el Primero fue creado, traído a un universo de dolor por un Maestro inexperto y torpe. Y de la misma manera, el Primero fue desterrado. Aprisionado por enormes cadenas y oculto a los ojos de su arrepentido hacedor bajo toneladas de arena y piedra. Por los siglos de los siglos.
También dijo que pudo sentir a su Maestro creando vida de nuevo, eones después, subsanando su error y creando moldes de barro de los cuerpos antes de insuflarles el hálito de vida. Sabía que lo había hecho, esta vez, comenzando por los seres más pequeños y fáciles de crear, y que poco a poco se fue creciendo y perfeccionando su obra hasta que ésta alcanzó su cenit con la raza humana, apenas un boceto de cómo fue el Primero. Dijo por último que tiene que pasar el resto de los días de la creación recordando el dolor no solo físico, que era abundante e infinito, sino también el producido al ver, entre lágrimas de agonía, el rostro decepcionado de su creador.
Pidió a William que le dejara solo, que le dejara olvidar. Le increpó resentido por haberle hecho recordar su pasado que tan lejos debería haber permanecido y, finalmente, le suplicó que volviera al mundo que fue creado para él. El militar, que no había dejado de sentir pavor aunque fue capaz de moverse de nuevo, volvió al pasillo estrecho por donde había amanecido a la caverna al tiempo que las bengalas se apagaban sumiendo a la criatura en la oscuridad. Una vez más.
Ahora, la mente del teniente coronel volaba, después de que todo aquello en lo que había creído desde que nació se desmoronara delante de sus mismos ojos. Llegó al punto de partida, el lugar en el que, si miraba hacia arriba, veía el punto de luz ahora más tenue por el que había caído. Se apoyó contra la pared opuesta al pasillo no sólo para descansar su pierna malherida, sino para alejarse todo lo posible de la guarida y prisión de aquella…forma de vida. Miraba hacia donde se supone que se encontraba la boca de la caverna e imaginaba, pese a que sólo veía negrura, a la criatura liberándose de sus cadenas, alargando su gigantesco brazo, usándole a él como cabeza de turco para vengarse de la humanidad y de su creador. La imaginaba constriñendo su frágil cuerpo humano con una fuerza y resentimiento sobrehumanos, y se veía a sí mismo muriendo asfixiado incapaz de respirar mientras todos los huesos de su cuerpo crujían y cedían. Fue entonces cuando la mente del joven William Gilligan, por fin, se colapsó. Una sensación de ansiedad subió desde su estómago hasta su garganta, convirtiendo unos cada vez más acelerados jadeos finalmente en gritos desesperados.
Ignoraba cuánto tiempo había pasado desde su llegada a aquel lugar maldito en el momento en el que por fin fue rescatado por fuerzas aliadas alertadas por su compañero Stewart. Éste decía que habían sido atacados por un fuego cruzado en el que alguno de los bandos había usado explosivos cuando un perturbado William le interrumpió gritando que jamás nadie debía volver a aquel lugar, que debía ser sellado como fuera. Un psiquiatra militar, de vuelta en el campamento, diagnosticó un posible síndrome de estrés post-traumático junto con un delirio producido por la claustrofobia.
Con el paso del tiempo, el militar pensó que era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación.
Con el paso de todavía más tiempo, llegó a desear que así fuera.
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Perdón por el peñazo xP pero era un realto que me apetecía mucho escribir y que me inspiró "La bestia de al cueva" de H. P. Lovecraft, leído en un libro de este hombre que me regaló mi Churri y que también me recomendó Basterrak. ¡Espero que os haya gustado y emparanoyado!
lunes, 17 de agosto de 2009
I'm Done
Pero no sólo me dedico a hacer "¡¡¡Wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!", sinó que...
(redoble)
¡He abierto galería en Deviantart!
http://treveron.deviantart.com
No prometo que sea la mejor galería del universo (todavía) pero subiré los dibujetes que mejor me salgan, así como mis pinitos con el photoshop y las tiras que no tengan juegos de palabras que se puedan perder por traducción.
¡Espero que la disfrutéis!
miércoles, 12 de agosto de 2009
Reloaded
¡El resultado salta a la vista!
Perdón por la ausencia, muchachos, pero ya sabéis, después vienen cosas mejores.
¡Gracias por seguir ahí!
viernes, 31 de julio de 2009
[IFS]: Bonsai Style
Dibujo: Israel Martínez (Basterrak)
Relato: Andrés A. Martínez (Tréveron)
¿Nunca habéis tenido un bonsái? Algunos pueden llegar a tardar décadas en brotar desde que son plantados. Podría ser un desperdicio de tiempo, pensaréis muchos.
Yo también lo pienso, por eso lo compré ya crecido. Jodidamente caro, si me permitís.
El caso es que luego cualquiera podría mirarlo y pensar “qué poca cosa de árbol”.
Sí, yo también lo pienso.
De hecho, suelo poner mi bonsái en el alféizar de la ventana y pongo mis ojos a su nivel para poder imaginar que es un gran árbol cuya copa cubre el cielo entero. Claro que sin la sombra sobre los edificios no se crea mucho efecto...
Y con esas hojitas diminutas que uno no sabe cómo narices se mantiene vivo. No es de extrañar que tarde tanto en crecer.
Pero míralo, ahí está ese pequeño bastardo. Pequeñito pero capaz de costarte cientos de... bueno, de lo que sea que se gaste uno.
En ocasiones miro los retorcidos nudos que recorren ese tronco pequeñito pero bien arraigado. Parece que esté hecho de multitud de diminutas serpientes marrones y arrugadas entretejidas entre sí para ver si consiguen que alguien las tenga en cuenta. Y las pequeñajas lo consiguen. Vaya si lo consiguen.
Hay maníacos de esos árboles diminutos. Y clubes y convenciones y tradiciones y yo qué sé más…
En fin, la cosa es que viene bien mirarlo cuando llego hasta las narices del trabajo. No porque sea relajante, ni estimulante. Simplemente me consuela ver algo más pequeño que yo.
Ahora bien, podemos pensar en los bonsáis como individuos. Es decir, evidentemente muchos de ellos han de estar acomplejados por ser como son. A la fuerza. Puede que incluso por eso tarden tanto en brotar. Debe de ser una especie de equivalente vegetal a salir del armario. Y los cabroncetes lo consiguen. Dicen “¡Aquí estoy yo! ¡Admiradme!”, y allá que vamos nosotros, como borregos. A admirarlos, qué si no.
A veces me miro en el espejo después de ducharme. Donde los menos parcos en palabras verían la fragilidad paradigmática del ser humano yo solo veo un cuerpo arrugado y un pito todavía más. Sí, yo tampoco es que sea una viga de alto, y tal vez no sea tampoco muy, digamos, fácil de ver, y es por eso precisamente por lo que a veces me pregunto qué sería de nosotros si fuéramos más como los bonsáis.
Sería un bonito símbolo. Mantenernos firmes en nuestros pequeños tiestos a pesar de que muchos puedan mirarnos desde lo alto, orgullosos de ser lo que somos, seamos lo que seamos.
Y no es por tirarme el rollo, pero la semana pasada me convertí en pionero de mi causa.
Veréis, como vivo en las afueras de la ciudad tengo una colina elevada cerca, a unos doscientos metros. Me decidí a plantarle cara al resto de los “mortales” saliendo como Dios me trajo al mundo a la calle, bonsái en mano para que la gente pudiera entenderme.
El problema es que esto pareció no ser suficiente para que me comprendieran. Pasé la noche en un calabozo.
Pero os prometo que es algo digno de sentir alguna vez. Por un momento, allá en la cima de la colina, la ciudad quedó por debajo de nosotros. Sólo éramos yo, en el sentido más estricto de la palabra, mi bonsái, y una agradable brisa que hacía que mi escroto aleteara con suavidad.

Deberíais probarlo.
___________________________________________
Bueno bueno, por fin seguimos con mi genialicháchido Servicio de Fanarts Invertidos, que algunos creían olvidado. Realmente he de confesar que he tardado tanto porque NO TENÍA NI IDEA de cómo convertir en relato semejante obra de arte por parte del amigo Basterrak. ¡Espero que os haya gustado y sigais participando!
Y en otro orden de cosas, lamento informar que, al igual que Deed y porque básicamente rapiño el suyo '^^, no tengo scaner, así que las tiras escasearán durante un tiempo (por lo que las visitas también escasearán '^^). En fin, ¡cuídenseme!
Relato: Andrés A. Martínez (Tréveron)
¿Nunca habéis tenido un bonsái? Algunos pueden llegar a tardar décadas en brotar desde que son plantados. Podría ser un desperdicio de tiempo, pensaréis muchos.
Yo también lo pienso, por eso lo compré ya crecido. Jodidamente caro, si me permitís.
El caso es que luego cualquiera podría mirarlo y pensar “qué poca cosa de árbol”.
Sí, yo también lo pienso.
De hecho, suelo poner mi bonsái en el alféizar de la ventana y pongo mis ojos a su nivel para poder imaginar que es un gran árbol cuya copa cubre el cielo entero. Claro que sin la sombra sobre los edificios no se crea mucho efecto...
Y con esas hojitas diminutas que uno no sabe cómo narices se mantiene vivo. No es de extrañar que tarde tanto en crecer.
Pero míralo, ahí está ese pequeño bastardo. Pequeñito pero capaz de costarte cientos de... bueno, de lo que sea que se gaste uno.
En ocasiones miro los retorcidos nudos que recorren ese tronco pequeñito pero bien arraigado. Parece que esté hecho de multitud de diminutas serpientes marrones y arrugadas entretejidas entre sí para ver si consiguen que alguien las tenga en cuenta. Y las pequeñajas lo consiguen. Vaya si lo consiguen.
Hay maníacos de esos árboles diminutos. Y clubes y convenciones y tradiciones y yo qué sé más…
En fin, la cosa es que viene bien mirarlo cuando llego hasta las narices del trabajo. No porque sea relajante, ni estimulante. Simplemente me consuela ver algo más pequeño que yo.
Ahora bien, podemos pensar en los bonsáis como individuos. Es decir, evidentemente muchos de ellos han de estar acomplejados por ser como son. A la fuerza. Puede que incluso por eso tarden tanto en brotar. Debe de ser una especie de equivalente vegetal a salir del armario. Y los cabroncetes lo consiguen. Dicen “¡Aquí estoy yo! ¡Admiradme!”, y allá que vamos nosotros, como borregos. A admirarlos, qué si no.
A veces me miro en el espejo después de ducharme. Donde los menos parcos en palabras verían la fragilidad paradigmática del ser humano yo solo veo un cuerpo arrugado y un pito todavía más. Sí, yo tampoco es que sea una viga de alto, y tal vez no sea tampoco muy, digamos, fácil de ver, y es por eso precisamente por lo que a veces me pregunto qué sería de nosotros si fuéramos más como los bonsáis.
Sería un bonito símbolo. Mantenernos firmes en nuestros pequeños tiestos a pesar de que muchos puedan mirarnos desde lo alto, orgullosos de ser lo que somos, seamos lo que seamos.
Y no es por tirarme el rollo, pero la semana pasada me convertí en pionero de mi causa.
Veréis, como vivo en las afueras de la ciudad tengo una colina elevada cerca, a unos doscientos metros. Me decidí a plantarle cara al resto de los “mortales” saliendo como Dios me trajo al mundo a la calle, bonsái en mano para que la gente pudiera entenderme.
El problema es que esto pareció no ser suficiente para que me comprendieran. Pasé la noche en un calabozo.
Pero os prometo que es algo digno de sentir alguna vez. Por un momento, allá en la cima de la colina, la ciudad quedó por debajo de nosotros. Sólo éramos yo, en el sentido más estricto de la palabra, mi bonsái, y una agradable brisa que hacía que mi escroto aleteara con suavidad.

Deberíais probarlo.
___________________________________________
Bueno bueno, por fin seguimos con mi genialicháchido Servicio de Fanarts Invertidos, que algunos creían olvidado. Realmente he de confesar que he tardado tanto porque NO TENÍA NI IDEA de cómo convertir en relato semejante obra de arte por parte del amigo Basterrak. ¡Espero que os haya gustado y sigais participando!
Y en otro orden de cosas, lamento informar que, al igual que Deed y porque básicamente rapiño el suyo '^^, no tengo scaner, así que las tiras escasearán durante un tiempo (por lo que las visitas también escasearán '^^). En fin, ¡cuídenseme!
miércoles, 22 de julio de 2009
Nene and the Skull Birds
(Secuela de Nana y los Pajaritos Calavera, de Mirian Frías Ferrer)
.jpg)
Ésta es la historia de Nana
Aunque ya sabréis de ella
Si bien no baila ni canta
Ni jamás será una estrella
Aunque deberíais saberlo
Lo contaré a continuación
Quizá os cueste creerlo
Pero carece de corazón
Caminaba como pasmada
Vagando por aquí y por allí
Y nunca decía nada
La llamada niña maniquí
¿Me creeríais, me pregunto
Si os contara la razón?
¿Porqué la pequeña no está junto
A su frágil corazón?
Mas permitidme, os lo ruego
Posponer dicha ardua tarea
Ya os la contaré luego
Ahora mirad como pasea
Observadla arrastrar los pies
Como un robot, siguiendo su camino
Mirad cómo algo que no ve
Llama la atención de su oído
Era un ruido estridente
Como de martillo contra piedra
Aunque no pudo sorprenderse
Cuando vio lo que era
Pues Nana vio a un extraño
Un niño junto una pared
Y no le pudo resultar raro
Que pudiera volverles a ver
Ahí estaban, iguales entre ellos
Mirándola de aquella manera
Volando, moviéndose o quietos:
Los Pajaritos Calavera
De esos Pajaritos se dice
O lo dicen ellos mismos
Que todo dolor predicen
Para proteger a ciertos niños
Y así hicieron con Nana
Para asegurarse a conciencia
De que nada le pasara
Ni accidente ni contienda
Y con la promesa de dolor
Abandonó a su corazón
Y aunque ellos solo advirtieron
Aun así se lo arrancó
De esta manera se explica
Sin que ninguna duda cupiera
Que la pobre, pobre chica
Sin penas ni alegrías viviera
Así los Pajaritos marcharon
Y queriendo olvidarlos por siempre
Jamás hubiera deseado
Que otro se los encuentre
Pero volviendo de nuevo al niño
Tenía heridas en los brazos
Y aunque es extraño decirlo
Se estaba dando cabezazos
Lo hacía contra una pared
De cada vez más heridos ladrillos
Estaba empezando a haber
Sangre en la frente del chiquillo
Las aves Calavera le miraban
Ya fuera sobre o frente al muro
Y aunque apenas oyera que hablaban
Le colmaban a susurros
Y entonces Nana se fijó
Que él sujetaba con fuerza
Un manchado corazón
Pero no uno cualquiera
Porque algo le decía a Nana,
Pues de recuerdos hizo acopio
Que el que el chico sujetaba
No era más que el suyo propio
El chico entonces detuvo
Sus golpes casi suicidas
Y blandió el corazón cuan escudo
Al ver a la desconocida
Pareció pensarlo mejor
Tras ya no estar escudado
- No te tengo miedo – espetó –
Ellos me hubieran avisado
Con gran indiferencia
Nana al niño se acercó
Y dijo, ignorando su presencia
- Háblame de ese corazón
Pero él, también indiferente
Como si escuchara lo que le conviene
Apenas se rascó la frente
Y dijo – Mi nombre es Nene
Nana contestó – Me da igual –
Aunque no sonaba enfadada
Y es que su sinceridad natural
Se debía a estar descorazonada
Nene no se molestó tampoco
Y respondió sin mucho empeño
Señaló con mirada de loco
- Lo encontraron antes ellos –
>> Hacía tiempo que no les veía –
Siguió contando Nene –
- Desde que mi corazón tiré a la vía
No sé cuál de ellos lo tiene
>> Porque antes les veía todo el rato
Les consideraba compañeros
Y te aseguro sin recato
Que nunca fueron traicioneros
>> Pues siempre me avisaban
De cualquier peligro inminente
Desde evitar que me hiriera y sangrara
Hasta que sufriera mi frágil mente
- Ya lo sé – interrumpió ella –
Ya que a mi misma me pasó
Dijeron, sin que a cuento viniera
La mayor fuente de dolor
- Pero lo que no mencionaron
– le dijo Nene a Nana –
Aquello que me ocultaron
Es que ya no sentiría nada
>> Sin hacer ni una pregunta
Me arranqué el corazón del pecho
Y sin dejar ni una pluma
Los Pajaritos Calavera se fueron
>>Yo les llamaba amigos
Y no dijeron ni adiós
Pero lo peor de todo, te digo
Es que apenas me importó
Arrastraba el aire a hondonadas
Mientras sus cabellos se mecían
De árboles hojas corazonadas
¡Qué curiosa ironía!
Se apartó del muro el chiquillo
Aun viendo de dolor estrellas
Cubrió sus heridas su flequillo
Y se fue acercando a ella
Nene siguió con su parrafada
Con de autómata respeto
Y Nana sintió una punzada
Dentro de su pecho hueco
- Ahora, aunque no me importe
Todos los otros se ríen de mí
Porque desde entonces me conocen –
Dijeron ambos – Niño/Niña Maniquí
Nene se detuvo, comedido
Y sus ojos se dirigieron a ella
Seguro que si hubiera podido
Hubiera sentido sorpresa
Nana no sabía como
Pero estaba sintiendo algo
Aun reprimiéndose con aplomo
Quería cogerle de la mano
- Y ayer mismo volví a verles
Volando como siempre en círculos
Lo hacían, como lo hacen siempre
Sobre un par de aurículas y ventrículos
>> Les miré sin ningún reproche
Parecieron acordarse de mí
Aunque antes de llevárselo al buche
Me dejaron traerlo aquí
>> Espero que te suene sincero
Porque aunque el dolor sea feo
Demonios… lo echo de menos
Por eso me golpeo
>> Pero por ello o por maltrecho
A comprender no alcanzo
Que no es igual corazón en pecho
Que tenerlo en la mano
Pero Nana ya apenas escuchaba
Invadida por esa sensación
Que estaba tal vez provocada
Por la cercanía de su corazón
Sentía que estaba en vilo
Sentía eso, sentimientos
Sentía que estaba en el filo
Entre el derrumbe y el contento
Y por fin cometió la osadía
Deseando que no fuera en vano
Venciendo así sus manías
A Nene le tendió la mano
Si bien él no la entendió
Tras mirarla con desconcierto
Al fin receloso le acercó
Su magullado puño abierto
De este modo se rozaron sus dedos
Ambos se miraron a los ojos
Y aunque sólo fue por un momento
Latió aquel corazón rojo
Entonces los Pajaritos se fueron
Y ni uno de ellos quedó
Porque cualquiera se percataría de aquello:
Era así un corazón para dos
.jpg)
Ésta es la historia de Nana
Aunque ya sabréis de ella
Si bien no baila ni canta
Ni jamás será una estrella
Aunque deberíais saberlo
Lo contaré a continuación
Quizá os cueste creerlo
Pero carece de corazón
Caminaba como pasmada
Vagando por aquí y por allí
Y nunca decía nada
La llamada niña maniquí
¿Me creeríais, me pregunto
Si os contara la razón?
¿Porqué la pequeña no está junto
A su frágil corazón?
Mas permitidme, os lo ruego
Posponer dicha ardua tarea
Ya os la contaré luego
Ahora mirad como pasea
Observadla arrastrar los pies
Como un robot, siguiendo su camino
Mirad cómo algo que no ve
Llama la atención de su oído
Era un ruido estridente
Como de martillo contra piedra
Aunque no pudo sorprenderse
Cuando vio lo que era
Pues Nana vio a un extraño
Un niño junto una pared
Y no le pudo resultar raro
Que pudiera volverles a ver
Ahí estaban, iguales entre ellos
Mirándola de aquella manera
Volando, moviéndose o quietos:
Los Pajaritos Calavera
De esos Pajaritos se dice
O lo dicen ellos mismos
Que todo dolor predicen
Para proteger a ciertos niños
Y así hicieron con Nana
Para asegurarse a conciencia
De que nada le pasara
Ni accidente ni contienda
Y con la promesa de dolor
Abandonó a su corazón
Y aunque ellos solo advirtieron
Aun así se lo arrancó
De esta manera se explica
Sin que ninguna duda cupiera
Que la pobre, pobre chica
Sin penas ni alegrías viviera
Así los Pajaritos marcharon
Y queriendo olvidarlos por siempre
Jamás hubiera deseado
Que otro se los encuentre
Pero volviendo de nuevo al niño
Tenía heridas en los brazos
Y aunque es extraño decirlo
Se estaba dando cabezazos
Lo hacía contra una pared
De cada vez más heridos ladrillos
Estaba empezando a haber
Sangre en la frente del chiquillo
Las aves Calavera le miraban
Ya fuera sobre o frente al muro
Y aunque apenas oyera que hablaban
Le colmaban a susurros
Y entonces Nana se fijó
Que él sujetaba con fuerza
Un manchado corazón
Pero no uno cualquiera
Porque algo le decía a Nana,
Pues de recuerdos hizo acopio
Que el que el chico sujetaba
No era más que el suyo propio
El chico entonces detuvo
Sus golpes casi suicidas
Y blandió el corazón cuan escudo
Al ver a la desconocida
Pareció pensarlo mejor
Tras ya no estar escudado
- No te tengo miedo – espetó –
Ellos me hubieran avisado
Con gran indiferencia
Nana al niño se acercó
Y dijo, ignorando su presencia
- Háblame de ese corazón
Pero él, también indiferente
Como si escuchara lo que le conviene
Apenas se rascó la frente
Y dijo – Mi nombre es Nene
Nana contestó – Me da igual –
Aunque no sonaba enfadada
Y es que su sinceridad natural
Se debía a estar descorazonada
Nene no se molestó tampoco
Y respondió sin mucho empeño
Señaló con mirada de loco
- Lo encontraron antes ellos –
>> Hacía tiempo que no les veía –
Siguió contando Nene –
- Desde que mi corazón tiré a la vía
No sé cuál de ellos lo tiene
>> Porque antes les veía todo el rato
Les consideraba compañeros
Y te aseguro sin recato
Que nunca fueron traicioneros
>> Pues siempre me avisaban
De cualquier peligro inminente
Desde evitar que me hiriera y sangrara
Hasta que sufriera mi frágil mente
- Ya lo sé – interrumpió ella –
Ya que a mi misma me pasó
Dijeron, sin que a cuento viniera
La mayor fuente de dolor
- Pero lo que no mencionaron
– le dijo Nene a Nana –
Aquello que me ocultaron
Es que ya no sentiría nada
>> Sin hacer ni una pregunta
Me arranqué el corazón del pecho
Y sin dejar ni una pluma
Los Pajaritos Calavera se fueron
>>Yo les llamaba amigos
Y no dijeron ni adiós
Pero lo peor de todo, te digo
Es que apenas me importó
Arrastraba el aire a hondonadas
Mientras sus cabellos se mecían
De árboles hojas corazonadas
¡Qué curiosa ironía!
Se apartó del muro el chiquillo
Aun viendo de dolor estrellas
Cubrió sus heridas su flequillo
Y se fue acercando a ella
Nene siguió con su parrafada
Con de autómata respeto
Y Nana sintió una punzada
Dentro de su pecho hueco
- Ahora, aunque no me importe
Todos los otros se ríen de mí
Porque desde entonces me conocen –
Dijeron ambos – Niño/Niña Maniquí
Nene se detuvo, comedido
Y sus ojos se dirigieron a ella
Seguro que si hubiera podido
Hubiera sentido sorpresa
Nana no sabía como
Pero estaba sintiendo algo
Aun reprimiéndose con aplomo
Quería cogerle de la mano
- Y ayer mismo volví a verles
Volando como siempre en círculos
Lo hacían, como lo hacen siempre
Sobre un par de aurículas y ventrículos
>> Les miré sin ningún reproche
Parecieron acordarse de mí
Aunque antes de llevárselo al buche
Me dejaron traerlo aquí
>> Espero que te suene sincero
Porque aunque el dolor sea feo
Demonios… lo echo de menos
Por eso me golpeo
>> Pero por ello o por maltrecho
A comprender no alcanzo
Que no es igual corazón en pecho
Que tenerlo en la mano
Pero Nana ya apenas escuchaba
Invadida por esa sensación
Que estaba tal vez provocada
Por la cercanía de su corazón
Sentía que estaba en vilo
Sentía eso, sentimientos
Sentía que estaba en el filo
Entre el derrumbe y el contento
Y por fin cometió la osadía
Deseando que no fuera en vano
Venciendo así sus manías
A Nene le tendió la mano
Si bien él no la entendió
Tras mirarla con desconcierto
Al fin receloso le acercó
Su magullado puño abierto
De este modo se rozaron sus dedos
Ambos se miraron a los ojos
Y aunque sólo fue por un momento
Latió aquel corazón rojo
Entonces los Pajaritos se fueron
Y ni uno de ellos quedó
Porque cualquiera se percataría de aquello:
Era así un corazón para dos
sábado, 18 de julio de 2009
Dreams, Dreams are
Deed a veces tiene sueños premonitorios... mientras que Bob solo sueña cosas raras.
No sé si lo habréis notado (es bastante difícil no haberlo hecho), pero hice esta tira hace un montón de tiempo. El caso es que cabe mencionar que esta fue una situación real, y que pese a que tanto a Deed como a mí se nos ocurió lo mismo, a ella se le ocurrió antes. El problema es que entre pitos y flautas yo lo hice y ella no pudo. Así que el derecho de la tira es suyo, solo me lo ha prestado (un rato) dado que ahora mismo hay sequía de ideas temporal.
Y un aviso, el siguiente post será una secuela del popular poema de Deed, Nana y los Pajaritos Calavera. Así que id leyéndolo, no os arrepentiréis los que no lo hayáis hecho aun ;)
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